domingo, 4 de octubre de 2009

Un Domingo a finales de Julio

Un Domingo a finales de Julio,

Alfonso estaba parado, con sus brazos de manos largas y fibrosas colgando a los costados y aspecto de presa fácil para el viento, con su hierática pose, enfundado en una ridícula gabardina alemana color crema cuyas mangas no cubrían sus muñecas y atento sin embargo, como un cazador (que intentaba ser) al menor movimiento para captarlo y luego tan solo y sin más, dejarlo ir; su inteligencia era brillante pero no lo suficientemente fuerte o compacta. No es suficiente, no se vale por sí misma, la inteligencia es un ser desvalido, es menester amasarla para que leude y hornearla para que sirva para algo; hay también en la inteligencia un componente físico, algo muscular imprescindible sin el cual se vuelve asfixiante, constriñe, como una enredadera; Alfonso no estaba respirando bien, no fijaba su atención lo suficiente para poder dar el salto y hacer la captura. La novedad lo abrumaba y atraía con un frenesí que no parecía natural, que se salía del común entre aquellos ribereños; hay de direcciones a direcciones y algunas de estas no señalan tanto un destino como un orígen del cual se quiere escapar. Lo había tenido todo, sin embargo no le resultó cómodo y a la corta no le quedó nada. Relacionar aquel todo consigo mismo, el orígen de aquello con los suyos propios y con su entorno, le resultaba una empresa que prefería abordar desde el absurdo; la intuición le bullía tanto como su gran capacidad para meterse en problemas saliéndose del pasado al cual inexorablemente volvía, como Micaela, como todos, como huye la sombra cuando la perseguimos, como nos persigue pegándosenos a los meros talones cuando le huimos. No es lo mismo jugar rápido que jugar apurados ni es clara la diferencia. No reparaba demasiado en los detalles; amante futurista de la velocidad, la máquina, las sensaciones fuertes, los colores químicos, todo lo que no tuviera nada que ver con el momento ni el lugar; no pisaba su planeta. Aquella tierra, aquellas aguas, se volvían irascibles, retrógradas en sí mismas pero no guardaban memoria de ello; en cambio ardían de confusión y cólera cuando algo a lo que no le reconocían el trote galopaba sus lomos. Poncho pasó de muchacho divertido a borracho desprolijo cuando la tierra le incautó lo que él mismo quiso que le fuera privado porque como alma viva que estaba, exigía verse cara a cara con quien le habían dicho él no era. No exigió factura pero sí que se la pasaron.

Otra importante especialidad de aquella Casa es el éxito con el cual sus habitantes fabrican y colocan minas; la producción es también muy notable. Todos saben de no más dos o tres cosas sin las cuales no hay postre; concentran su afán en algo más que los reúna espalda con espalda; todos saben hacer y colocar minas aunque nadie recuerda ni cuántas ha hecho ni dónde las ha puesto y activado, así que andar en puntas de pie o no andar se ha vuelto también una autóctona costumbre, una coartada mil veces repetida, una verdad.

Conoció la playa de la ciudad donde vivía a la vuelta de Europa desde donde se volvió porque ya le empezaba a arder en la espalda alguna imprudencia de las que se instalan para no abandonar jamás el mojón de jorobado: había hecho un hijo; hay viajes sin retorno: uno es el del espíritu, el otro el de la carne. Uno empieza a extrañar hasta al enemigo más odiado –había mentido para justificarse por la vuelta-. El aire ventila la casa y la renueva haciéndole cambiar la página; demasiado aire, sin embargo, puede barrer hasta las huellas de la reminiscencia, de los surcos, de los rastros de la ida; comerse las migajas que orientan el retorno. ¿Por qué tenemos que ir tan lejos para estar acá? Cuando conviene hay que dejar las formas abiertas para que las cosas fluyan y cuando conviene también, hay que cerrarlas para que no sigan jalando. Por eso al volver, porque ya nada jamás es igual, giró su atención a donde nunca antes y encontró un marco adecuado al sosiego al que fue impelido. Unos queriendo entrar, otros salir.

Ya conocía a unos cuantos. Con Marcelo desde la preparatoria incluso habían intentado armar un perfil, una coreografía alterna y como siempre con el Chelo el momento no fue el oportuno. No lo era para nadie en realidad, no para las certezas, no a los diecisiete años, no para la mezcla de esperanzas y traiciones que se cocinaba en aquella olla a principio de los ochenta, con aviones Cazas desgarrando el cielo y Gurkas sanguinarios masacrando niños en una lejana isla abandonada por el león y la rosa, usada torpe y obviamente como madero de un naufragio agónico de los mismos que hicieron los agujeros por donde se colaba más y más el agua y la sangre que se les fue de las manos y que ahora retornaba a ellos cubriéndoles las botas y espesándose como siénagas. Eso fue apenas el principio de un final. Tiempo atrás se juntaron los músicos por la tonada; hoy nadie canta igual que ayer, repetía y se quejaba el Jaime.

El agua ya le empezaba a escurrir por el cuello, Alfonso se estaba mojando en las consabidas lluvias de otro temporal de invierno sin que le pareciera importar, como si reconociera en lo líquido también el sitio al que la lluvia y él pertenecían por ahora, como si ésta no fuese agua caída del cielo de la tierra sino únicamente de ese pedazo de techo de medianoche tormentosa bajo el que estaba parado con su ridícula gabardina color crema; un agua con un tono y un olor propios de ahí, con una temperatura sin estación y una suavidad que sólo es y de la que sólo goza su enamorado, lisura que quiere más quien más la ha querido y deseado, caprichosa forma de la nostalgia empecinada en mutar lo necesario hasta colarse tesonera y pertinaz, por los poros de la añoranza.

Mientras tanto el Gordo urgaba entre su sinfín de llaves para cerrar la puerta y salir a la lluvia ventosa aquella noche en que después de llegar de Europa finalmente Poncho se decidió a emparejarse con la esperanza puesta en gentes a las que deseaba descubrir como a El Dorado.

Fue en aquel abrazo que Marcelo tuvo la primer sensación de su propio destino; de ser un organismo de barro, de cara de tierra. Marcelo nunca terminó de entender por qué algunos lo buscaban como náufragos, por qué era a él precisamente, al que acudían en busca de aquella idea de orden en la casa, de aquella especie de serenidad que parecía bajarle desde la frente y que entregaba con unas manos que siempre vió como mayores, más viejas que al resto de su cuerpo, nacidas con una edad ignota, perennes, tan hábiles y firmes a la vez, manos que cuando niño le avergonzaban un poco y prefería mantener algo ocultas y que por estas fechas comenzaban a despuntar, a disputar su partido en un juego cuyas extrañas reglas y participantes empezaba ahora a aceptar encogiéndose de ombros; manos que habían sido objeto de descubrimiento y alago de unos ojos y una boca como los que hubiera querido poder querer y que sólo pudo recién sustituír por otros tristes, color miel y otra boca de niña sola, cuando pareció que los perdía para siempre. Aquel abrazo con Poncho fue también el hallazgo de la auténtica alegría aletargada, oculta en alguna caja nunca abierta hasta entonces desde la última mudanza hacía ya diez años y del valor genuino que sólo la amistad en su agónica esperanza de humanidad verdadera, recobrada como se recupera un tiempo perdido, puede y daba a la vez el banderazo final y de largada a dos etapas cuyas conclución y apertura respectivas parecían haberse estado postergando por un siempre mal tiempo.

Una tarde en que ya nadie se acordaba que el verano aún no había terminado de partir y en la que arremetió otra tormenta menos probable aunque impune, los entonces tres pubertos descargaron algo de su energía corriendo contra el viento y el agua, pateando hasta lo más alto una pelota por el gusto de verla irse con las inclemencias y constatar sus poderes a cara descubierta, metiéndose a un mar chocolate de olas erráticas y desparejas sintiendo la inmortalidad de la piel y cargándose de una felicidad que en algún momento debió retribuir el universo a la inconciencia y al goce.

Con un brío diferente a aquél salieron tres jóvenes esta vez a un agua melliza cargando ahora un alma ya transida que los trajo rápidamente de regreso a la guarida prefiriendo la aventura de un cuento, de una literatura, que a las inclemencias tan maternales de la naturaleza. La lluvia golpeaba en síncopa rompiendo su propio ritmo sobre los enormes vidrios de la sala en penumbras apenas iluminada por los focos borrosos de la calle batidos entre el agua y los árboles locos despeinados, y desde dentro por las brasas palpitando en la chimenea. Sobre la calle negra y brillante, tras las ráfagas del aire empapado, aparecía y se volvía a sumergir el lomo irisado de un cocodrilo. Ahora eran tres australopitecinos gimiendo un cansancio somnoliento en torno a la hoguera una vez puestos al día en las geografías, los tiempos y distancias de un viaje relatado que cada quien hizo a diferentes alturas del suelo equilibrándolo con tinto, queso, chorizo, pan de ajo y un poco más de tinto.

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