domingo, 4 de octubre de 2009

Camposantos

Camposantos

Después de salir de allá o antes (no sé bien, no estoy seguro) dejaron de ir al sementerio. Alguna vez siendo un niño, pidió para ir, ante la cara descompuesta de mamá, “a ver a la hermanita” (entidad que sólo conocía por referencias emocionales y que en su felíz inconciencia, creía, solamente movía su curiosidad); se quedó desde entonces, con la idea de que mamá aquella vez lloró y nunca antes ni después le parecieron tan claros, redondos y hermosos sus ojos. Alguna mujer con falda lisa y oscura hasta debajo de las rodillas se interpuso inoportuna inclinando un sostén grande y puntiagudo bajo una lana de Cashmire, diciéndole que si, que luego pero que si ahora no quería ir a jugar con (quién sabe qué pendejada) pero más para allá o que si quería que lo convidara con algo y cosas por el estilo. Le gustaba ir, le gustaban los sementerios o ese en particular; no lo asociaba con la muerte sino con la realidad humana que ya empezaba a entrever en sus mayores y con la parte de tristeza que hay en el amor. No le molestaba, es más, le agradaba el olor dulce a claveles viejos y podridos de los floreros robustos o el de los cipreses húmedos con sus pequeños frutos verdes que suponía estaban ahí para que con ellos jugaran los niños. Cuando enterraron a la abuela fue en otro sementerio; ya estabamos más grandes y se pudo reconocer en el gesto nada simbólico de sellar la tapia con cemento, que se cerraba definitivamente, con la abuela, el último eslabón no sólo de aquella generación sino también la presencia de aquellos parajes. No recuerdo los claveles; tras la cripta roncaba el mar. La abuela decidió dejar de luchar con la vida que se le terminaba y que de tan perfectible le resultó buena razón para, finalmente, empezar a reír. Abandonó la amargura adulta, de casi toda su vida, por una senilidad que ahora, sospecho, no es inconciencia y que fue todo su testamento, para quien lo entendiera y lo quisiera.

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