domingo, 4 de octubre de 2009

El Viejo II

El Viejo II

El Viejo, que había estado todo el día esperando para compartir el descubrimiento, como un niño excitado que hubiera descubierto un nido habitado, fue directo a sacar un libro grande y pesado de entre otros tantos que prometía colores e idiomas. Su sótano amplio estaba casi todo rodeado por una cantidad enorme de libros y piezas pequeñas, simples, cuadros, esculturas y maquetas de cartón, metal o barro de vigorosa belleza, Arte Grande (gustaba llamarlos). Cargó aquel libro hasta la mesa dejándolo bajo una luz que apenas competía con la que iluminaba cenitalmente al caballete que sostenía esbozos de una frase ahora apenas legible de lo que parecía ser y sería, como todo allí, otro retazo más de su vida. El Cucho, no pudiendo hacerse el desentendido sonreía nervioso; era su reacción ante lo que, a pesar de saber, sería algo inesperado, acostumbrado a trabajar con color, que al igual que los hechos se renueva en cada toque que lo produce, como al placer. Billy pingponeaba entre el libro y el Viejo con una contención que a Marcelo le divertía y tranquilizaba prefiriendo por su parte recibir lo que vendría a través de los gestos y reflejos físicos del Viejo porque las lecciones que ahora buscaba no estaban en lo que enseñara como maestro sino en lo que de sí mismo mostraba en esa elección abofeteando una vez y otra también la realidad que testaruda y obstinadamente nos solemos presentar como obvia y carente de sentidos ulteriores, tan agnósticos, tan laicos, tan putridamente secos. Imperturvable en su niñez invasora, el Viejo abrió el libro y comenzó a buscar, supuestamente, la página; siempre niño, se entretenía en cada una con asuntos e imágenes totalmente disímiles e inconexos, o dudaba si era más adelante, más atrás, o si era aquel el libro que quería mostrar o era otro. Billy sufría; el Cucho se carcajeaba por lo bajo moviendo las ombreras de su saco pie de pull y Marcelo se deleitaba fascinado por el despliegue de las muecas sutiles que cada página provocaba en el rostro de aquel hombre que musitaba a la vez que pasaba sus dedos seguros y secos sobre las hojas satinadas haciéndole evocar en un lugar de la dermis de Marcelo al cual ahora no tenía axceso y en el que estaba involuntariamente atesorando de forma vertiginosa los recuerdos que partirían por ahí escondidos y que asaltarían el sueño unos años más tarde, al médico de cabecera de su familia cuando niño: un hombrecito frágil, ya muy grande para seguir auscultando flemas de niños demasiado inquietos y sanos a los que mantenía dóciles con una tersura de trato y una suavidad de movimientos que apaciguaba a las bestias, haciendo que finalmente toda la familia se ocupara y preocupara más por su salud que por la del supuesto enfermo, treta con la que conseguía espantar los males de los cuerpos y de las almas.

Cuando la página por fin apareció era en blanco y negro; se trataba del retrato fotográfico de un, entonces, ya viejo pintor estadounidense o algo así al que el Viejo, en realidad se parecía pero no más por coetáneo; el retrato era sencillo y magnífico, una gran foto. Si el pintor era bueno, malo o regular, si estaba acertado y claro en su propuesta o si se trataba de un completo tarado no venía en absoluto a caso ninguno. Lo que tenían por delante era la figura de un hombre que exponía en su semblante un historial de lucha interna no ya con la pintura o lo que fuera que hiciere aquel individuo de aspecto frágil, sino más bien consigo mismo en un brutal esfuerzo por salirse de su atorada y aterida carcaza, de exponerse, inútilmente obediente ante un artefacto personificante de un tiempo ya fuera del tiempo por él reconocible. Podía leerse en aquel plano americano como si se tratara de un sismógrafo la suseción de vacilaciones, resoluciones, pérdidas, las vueltas, el coraje, la codicia, las neurosis. Dejaba imaginar el posible aroma a lavanda de la ropa, las contracciones de su cara al enfrentarla al sol o la cantidad de azúcar que le pondría a su café por la mañana. Hay, por ahí, muy buenos retratos. Este venía siendo uno de ellos. Pero la elección de éste por el Viejo no era lo que lo hacía mejor que todos ni que muchos otros, pero sí lo volvía carne viva, médula atesorada en una cajita de música sobre la cómoda del cuarto de unos padres que vivieron épocas de vacas gordas. Le quería hablar, a él mismo y a aquellos tres, del tipo de franqueza sencilla y dócil, aparentemente manejable, que tras venir aún sin forma ni sentido a la mente y cuando apenas ve luz por la garganta se vuelve una miasma espesa de vértigo y volúmen humedeciendo los ojos, como si se transformara en un camino polvoriento que no lleva la dirección y sentido correcto, senda abandonada, yacente quieta, atiborrada de maleza, piedras y curvas balbuseantes y que termina contra un alambrado tumbado y fofo jamás retado ni obligado a ejercer su rol absurdo.

El Viejo estaba empezando a aceptar esa etapa de la vida como lo que era: la última, aunque esto pudiera significar durar veinte, treinta o cien años más; pero sea como sea, primero hay que aceptarlo y una vez brincada la barda del valor, hay que admitir que una nueva etapa, aún en la vejez, implica cambios y tales cambios, aunque nada más sean probables, también involucran replanteos, rediseños; el Viejo estaba buscando modelos para sí mismo con los cuales compararse, con los cuales identificarse como hemos hecho y hacemos todos todo el tiempo cuando perdemos la referencia del espejo y bregamos por el auxilio de un pasamanos. Pensaba en la muerte, volteaba a verla por encima de su ombro izquierdo; enfrentaba el diálogo, pedía opinión al mejor consejero; y concluía que quería seguir vivo; sólo la idea de la muerte da al hombre el desapego suficiente para que no pueda negarse nada; quería verse a sí mismo sin importarle mostrarse tan vulnerable, desvalido. Patético es cagarse en los calzones y silvar distraídamente creyendo ocultar la incontinencia y pretendiendo que no hay diferencia entre el olor y el sonido. Enfrentar cada etapa de la vida con el corazón en la mano es síntoma de una vida que aún cargada de ingenuidad, vive en un alma que ha valido y vale la pena cada vez más pase el tiempo. Cerrando un poco forzadas las comillas de aquella turbulenta revista, susurró, desde la siempre disfónica dulzura de un pobre anhelo, como eligiendo una mascota:
-¡Mirá qué viejo hermoso!

No hay comentarios:

Publicar un comentario