La Muralla
La ciudad escondía muchas más historias rambla arriba, tierra adentro. Sus gentes en cambio insistían aunque sin afán desdeñoso en darle la espalda desde aquella dársena, buscando las respuestas en el río, las preguntas en el termo de agua caliente y en el humo del tabaco, todo, del lado de la zurda, como un altar itinerante de ritos y ceremonias a cuestas. Poco a poco habrían de ir dándose vuelta para ser testigos de las tardes de Domingo transformando ese paseo por la rambla en el sustituto de la plaza de un pueblo, una aldea que la ciudad seguía siendo, recostados siempre en aquel barandal sagrado. La rambla con los años se fue volviendo más pulcra, más trazada, homogénea, compacta; maníaca costumbre la de subrayar los bordes, como en la escuela cuando le enseñan a uno a dibujar, y después, a pintar; primero se dibuja, se define, se ponen los límites, la forma y luego los contenidos, se rellena como a los panqueques. La rambla era trazada y vuelta a trazar y corregida, dando la sensación de que quienes en esas se entretenían y se solazan lo hacen para no animarse a meter mano a todo lo demás, a lo que ensucia, se pega y mancha; como quien cuenta las monedas para comprar no sabe bien qué, entonces vuelve una y otra vez a contarlas esperando que los números o las operaciones decidan por él; quizás crean que Neptuno abita aquel río-como-mar indeciso entre el esmeralda y la piel de león, o quizás sea por Yemanyá que maquillan y retocan tan sólo la cara que la urbe consiente en presentar a los dioses del mar como la de una dama antigua bajo cuyas enaguas florecen los visos de una mala circulación y peor alimentación. La rambla nunca ha sido un simple borde, es en gran medida el sentido mismo de la ciudad, su contenido histórico; como resaca o remanente de aquella primera vieja amurallada, una especie de proyección en el tiempo, de extensión física sustituta. El país en sí es un borde, un límite, una ubicación geográfica hasta en su propio nombre, que fue objeto de ensanches y gibarismos no para delimitarse a sí mismo dándose un cuerpo y un espesor propios, sino para fungir como borde exterior, en un juego de forma y fondo, para sus vecinos. Y sigue cumpliendo ese destino, sigue siendo un espacio abstracto, invisible a no mucha distancia del mapa de la tierra, no solamente desde el punto de vista geográfico o político sino desde cualquier ángulo con que se le aborde; a veces parecieran surcar su territorio las huellas dactilares impresas por el dedo de quien dijo, viendo a un lado y al otro del punto: Señores, hasta aquí; la impronta caló hondo; la fundación misma de la ciudad del Monte sexto de Este a Oeste obedeció a la necesidad de poner freno, de contener una insignificante impertinencia en el Sacramento de la Colonia. Los orientales del río de los pájaros pintados o de los caracoles (qué más da) de esta parte del mundo siguen obedeciendo a aquel mandato, como al que acudió la muy fiel y reconquistadora San Felipe y Santiago cuando Napoleón cruzó los Pirineos; siguen siendo el llamado a la realidad para la estentórea fantasía bonaerense y para sus manifestaciones, y por el otro lado, hacia el norte, con el gigante que se quedó con sus pies de barro, no más basta mencionar el maracanazo. Destino de arqueros, de continentes, de aguafiestas, de mesura, de táctica murciélago: todos colgados del travesaño.
domingo, 4 de octubre de 2009
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