Nuevela
El esqueleto de pescado flota rastreando la señal en la cima de la pirámide transparente que forman cuatro alambres blandos frente a las nubes inmóviles de otra tarde pálida. La permanente luna llena, metálica, parabólica pintada de gris y atornillada a otro techo hace lo propio. Los viejos, silenciosos caños cobrizos, débiles y oxidados, asomados de a par se yerguen secos sobre el muro viejo. De lado a lado el reptar quebradizo de una grieta que enmarca la ventana cuadrada muestra por debajo de sí la paciencia lacrimosa y salada del clima impresa en tonos ceniza rosáceos o amarillos tenues sobre los poros acorchados del estuco arenisco. Sones lejanos, ululando el aire, sincopan al tintinear del foco que guiña su danza del labarropas tras el yute de una pantalla al interior de la pieza, a izquierda del vano. Seis rectángulos horizontales agrupados de a tres por cada hoja del metro de ventanal centrado, en vidrios moteados de agua y polvo, sanos y estoicos, repiten el formato de la lámpara: base de arcilla en tono hueso y forma de tabique, apoyada blandamente sobre una mesa larga, baja y delgada, de madera opaca y bordes desgastados por la caducidad de las fechas, dos tablas que sirvieron como tarima en alguna construcción o exhibieron por los tianguis lo innecesario barato. Tres manchas negras: una cafetera, la lata del té y el contraluz cansado y curvo en una foto sin marco completan la ocupación del rincón, verticales, dibujando la diagonal. Una lupa encima de la billetera flaca de piel oscura sobre un libro breve se ordenan recostados. Por delante del conjunto una taza blanca. La pared interior también lo es pero no tan; la luz cálida, mortecina, rasante y silenciosa, ausculta las pulsiones del yeso y los resanes en la pared dejando verter por dentro y fuera de la taza blanca una pátina aceitosa discreta, apenas húmeda.
Olía a café cuando entré agachando la cabeza al cruzar la puerta negra de metal y lo vi sentado en la cama, quieto, la espalda recta y las manos colgando entre los muslos. Recibí la mirada ausente y la sonrisa compasiva que se entrega al verdugo, a lo idiota, lo inútil, suficiente para detenerme hasta el silencio del saludo. Expiré mi calor nasal al inclinarme para dejar su encargo sobre la mesa. No pude resistir la tentación de girar la cabeza a mi derecha y mirar la escena que él parecía estar viendo:
El esqueleto mineral de un pescado flota rastreando la señal en la sima de la pirámide transparente que forman cuatro alambres blandos frente a las nubes inmóviles de otra tarde pálida. La permanente luna llena, metálica, parabólica pintada de gris y atornillada a otro techo hace lo propio. Los viejos, silenciosos caños cobrizos, débiles y herrumbrosos asomados de a pares se yerguen secos sobre el muro viejo. De lado a lado el reptar quebradizo de una grieta que enmarca la ventana cuadrada muestra por debajo de sí la paciencia lacrimosa y salada del clima impresa en tonos ceniza rosáceos o amarillos tenues sobre los poros acorchados del estuco arenisco. Sones lejanos, ululando el aire, sincopan al tintinear del foco que guiña su danza del labarropas tras el yute de una pantalla al interior de la pieza, a izquierda del vano. Seis rectángulos horizontales agrupados de a tres por cada hoja del metro de ventanal centrado, en vidrios moteados de agua y polvo, sanos y estoicos, repiten el formato de la lámpara: base de arcilla en tono hueso y forma de tabique, apoyada blandamente sobre una mesa larga, baja y delgada, de madera opaca y bordes desgastados por la caducidad de las fechas, dos tablas que sirvieron como tarima en alguna construcción o exhibieron por los tianguis lo innecesario barato. Tres manchas negras: una cafetera, la lata del té y el contraluz cansado y curvo en una foto sin marco completan la ocupación del rincón, verticales, dibujando la diagonal. Una lupa encima de la billetera flaca de piel oscura sobre un libro breve se ordenan recostados. Por delante del conjunto una taza blanca. La pared interior también lo es pero no tan; la luz cálida, mortecina, rasante, ausculta las pulsiones del yeso y los resanes en la pared dejando verter por dentro y fuera de la taza blanca una pátina aceitosa discreta, apenas húmeda.
Del piso subía una tenue y dulce fragancia a madera.
domingo, 4 de octubre de 2009
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