domingo, 4 de octubre de 2009

Geografía e Historia

Geografía e Historia

El Cucho tampoco jugaba al fútbol. Su “historial clínico” era algo complejo y recurrente a la vez. Le habían hecho sonar el fuelle en las primeras de cambio y no se terminaba de decidir por la cauterización o la exposición de los raspones. Parecía estarse enderezando, mostrando cierto linaje y constitución. Descubrió, como se descubre siempre, a través de la carne y la osamenta, que el golpe es también la manera que usamos para dar con tierra al caernos del catre y para comenzar, ahora sí, con la historia. Algo tan simple, como todo lo que es simple, no resulta real o creíble; la conclusión se vuelve tan obvia que reta a la inteligencia. También tenía otros hábitos y una testarudez gallega necesaria cuando el corcho no quiere abandonar el pico; así que el Cucho descorchaba, se bañaba varias veces al día, vestía elegante, siempre rasurado, no usaba el transporte colectivo y pescaba. Quien haya ido a pescar, quien haya sido convidado a revivir el antiguo vínculo con el arcano origen, quizá pudo advertir la gran lejanía que el pescador en realidad mantiene con los peces y con todo alrededor suyo en esa especie de trance al que penetra al proyectarse en el sitio y, en cambio, la proximidad casi obsesa, fetichista, respecto a la siempre mágica caja de objetos y herramientas implicados. Poner la carnada en el anzuelo y encender un lirio pudieran ser dos y una misma operación cargadas de sentidos análogos; ver las nubes, leerlas, leer el viento, oler la brisa, advertir las corrientes y los sutiles cambios en el color del agua, recordar la hora y altura de plea y bajamar equivale a saberse las oraciones, a esa forma de comunión con el pasado. Si hubo pique o no lo hubo no se relaciona con la olla para la comida sino con la sapiencia proveniente del corazón mismo de ese pasado para ser uno con la naturaleza, con el rito, con ese borde del universo humano que el cazador de peces palpa y hurga con sus sentidos, predice y verifica con sus líneas, la orilla; ir hasta la orilla es una forma de llegar, de alcanzar el centro. Seguimos pintando en la caverna y eso no tiene relación con el bisonte, como pescar no la tiene con el pez; no se trata de firmar un cheque; el Banco no me dice lo que soy sino cuanto me queda. En la inagotable paciencia del pescador, lo que queda claro es que la lucha no es con el tiempo ni con la cantidad. Contra la pared rocosa, de cara al mar, esperamos la reverberación del eco con la esperanza vana y el corazón inocente de que en sus ancas emprenda el retorno nuestro verdadero nombre.

Del otro lado, la otra orilla. Entre ambas un río enorme, ancho; en lo ancho no hay lo profundo; hay lo desparramado, lo que no cataloga sino arrasa, barre y empapa. Con todo, dos orillas y agua es suficiente para crear un mundo, con ombligo, víceras, enfermedades congénitas y subconciente propios. Un organismo vivo que lucha por decidir si existe o no existe una línea, una decisión, y mientras tanto se especula en su existencia, otros ya se adelantan a señalar el origen de esa geometría. Unos que de aquí, otros que de allí y nunca falta el justo medio que sitúa la razón y el nacimiento en otra parte, fuera de un contacto posible, en un lugar que nos vuelve aún más sapos sin pozo; juicio que al ser pronunciado electrifica el aire y los cabellos de quienes hacen balance con sus vidas, de los que necesitan ubicar el puerto para recordar cuál era el color del bote del que se bajó su abuelo o por lo menos qué bandera tiene el barco en el que la historia ha de seguir. Ese umbral tiene la manía de traer bajo el brazo, entreverados en versos mal habidos, colores deslavados con formas primas de bordes trazados a pulso, se viste con la sonrisa de la más impecable belleza con la que monta una bruma de fascinación en la que todos caen y lloran y ya no hay faro alguno que guíe el rumbo a la otra orilla ni la vista al de al lado y bien poco importa porque ha hendido la trapera puñalada en la espalda del sentido y se escapa en la carcajada de puños apretados montando un alazán, noble potrillo, que justo en la raya afloja al llegar.

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