Ella prefirió quedarse,
puesto así ni se acerca, apenas, a la verdad de la historia. Todo se deshizo en un único y solo instante evaporándose como el papel se quema. Por ceniza solo una leve sensación, un latido extra, una burbuja. Un manojo de conclusiones confluyeron en el mismo sitio y tiempo. Fue la hora de las sentencias postergadas en las somnolencias de las siestas o de las vueltas trasnochadas a pie: tarde o temprano nada es gratis. De ella, se llevó una idea rara, impar. De Micaela en cambio él se llevó el miedo. De Marta huyó; de Sole también pero por otros motivos.
María José se quedaba. Sus fantasmas y su intuición de felino la hacían detenerse ahí, habiendo pasado un tiempo plácido de una austeridad amable y sido o parecido ser parte indivisible de ese cuerpo que como el de un amante, quien lo reclama no es quien lo viviera enteramente, propio, pero antes de abortar un proyecto al que pertenecía por nacimiento o más bien por parición, buena o de la otra, plan cuyo diseño no le compito y que acataba con el afán de tomar el volante apropiándose finalmente del centro de los hechos que ahora y en nombre de un sacrificio que ya contaba para exhibir, podría conducir y darle al pergeño, y a los suyos, la oportunidad improbable de acoplarse en la historia a través de otra proyección: la vejez serena de sus padres, y usar todo eso como plataforma que justificara la propia existencia suya y le otorgara a los celestes ojos de su padre un sentido menos equívoco. María José no dejaba nada detrás, aunque fuera imposible meter tanto polvo bajo la alfombra. Con un gesto que se le haría arruga honda en la cara y que repetía como un tic juntando apenas su cabeza al mismo ombro, ponía delante de si la historia tangente que Marcelo respiró con cierta facilidad dejando ir en esa y con él la memoria de sus propias piernas, del pelo largo y negro, el calor de la arena blanda, y no más que otras dos o tres añoranzas, para asignarse como propios, como no compartidos, el resto de los casi cinco años que precedieron a la suelta de demonios como palomas que Marcelo hizo en sus últimos minutos contados desde hacía presumiblemente unos seis meses antes de irse.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario