domingo, 4 de octubre de 2009

Beatriz

Beatriz.

A Silvia la hubiese llamado prima, aunque era su sobrina (hija de su primahermana Alicia, treinta años mayor). Pero en realidad fue lo que debieron parecer: primas. Habían más primos y sobrinos en la misma circunstancia; los papeles se desplegaban a lo largo de todo un siglo, sellados o no en tal vez tres continentes, y ahora se entreveraban fácilmente en unas pocas parcelas y a nadie parecía importarle demasiado excepto a su hermano Marcelo, quien venía en el paquete familiar o más bien costal, igual de desfasado y mientras no diera muestras de autoridad o poder de la forma que fuere, nadie repararía en los peldaños genealógicos ni en su recelo.

Ella, Beatriz, muy blanca; cabello negro, ojos negros y grandes un poco asombrados, de mirada dura, eléctrica, reteniendo su amor y su miedo hacia adentro igual que su madre. Juan Carlos era un poco menor, también blanco, transparente, aunque rubio y muy delgado, tanto como si no hubiera ya nada que ocultar ni qué envolver excepto lo que parecía haber sido la razón de su brevedad y que llevaba como único aliento cargando en los huesos. Era, porque no tenía mucho que acababa de morir; acababa, porque agonizó casi la mitad de su vida, y murió, de cáncer o vaya uno a saber por qué, sin dejar más que recuerdos blandos y quebradizos, de espiga; yéndose sin sorprender, sin dejar casi rastros: los ojos aliviados, tristemente heroicos de sus padres y hermanas y un poco más de dureza en la mirada y en el vientre plano, tenso, en la viudez de ella; como si estuviese a punto de indagarse las manos que lentamente fue recogiendo de su abatimiento y cruzando sobre el único y solitario ombligo para sostenerse la una a la otra, tratando de encontrar algo más que recuerdos cortos, algo más perenne, de olor menos ascético, más doloroso, menos repugnante que el de los hospitales, resignante teatro de la historia, donde prácticamente había ocurrido todo: la vida corta, el amor primero, la agonía larga y la muerte lenta. Sobre la espalda de Beatriz, como peineta, un abanico de admoniciones agridulces acogidas en principio un poco escorada con suspiros contenidos; más tarde viéndose y mostrando las mismas palmas vacías sobre el regazo, los mismos estigmas de la abuela, madre orfebre de la resignación sobreviviente y un deseo hijo necio cada vez más impaciente porque la vieran a los ojos, por sembrar girasoles, porque le condonaran su soledad.

Por Octubre volverían las fechas y el calor. Cuando pasaban el puente y dejaban atrás la carnicería y la escuela y se adentraban, cruzando la explanada, otra vez, en los recuerdos grises que despiertan al encuentro con el mar, los de la ambulancia o del bolso beige de flores rojas estampadas con las mudas para dos o tres días que nunca resultaban suficientes al cumplirse una semana y que recibían refuerzos invariablemente exagerados de mamá porque Juan Carlos nos mentía siempre por no quererse ya mover nunca; siempre así, hasta que ya nunca; el reloj de Juan Carlos ya no discriminaba entre espacios ni los contaba ni tenía manecillas. Después de la primer curva, poco a poco, unos animales aburridos empezaban a sustituir los plantíos preferidos de ella: girasoles; de avena, para Marcelo o de frutales de Alfredito; Francisco no veía a los costados, prefería fijar la continuidad en la carretera, papá las piedras solas, que fantaseaba meteóricas y mamá: llegar al mar. Pero los girasoles por la mañana, cuando apenas empezaba todo a abrirse resquebrajando el cascarón de los sueños, los girasoles estaban con la carretera; y ella con ellos y con los viejos molinos, con los frutales, los sembradíos y las nubes cerrando la cúpula que dejaban atrás. Ella no se iba, desde siempre y no por Juan Carlos, apenas si salió, no se quedó y nunca se fue, así hay que entenderlo. Cuando todo esto había que estarlo quieto para poder peinarlo con raya al costado y el orgullo y la ilusión embriagaban y jugaban a las escondidas tocándonos en un ombro, agachándose y esquivándonos por uno y otro lado; cuando comenzaba aturdiendo el chirrido más fuerte de la calesita de la aventura; en medio del plumerío alborotado, ella, que se había visto en la necesidad de dar sus coordenadas ante algún precoz y tímido reproche entonces intuido proveniente de otras tierras que no de las sugeridas en los colores esgrimidos, había escrito una carta. En el asiento veintiuno al que aferraba su naufragio de tres horas o camino a la represa en espera a aturdirse con el estruendo de las compuertas abiertas y el graznido de los patos negros, bajo la floración de los Aromos de Noviembre o sobre la humedad y los hongos entre los Pinos de Mayo, desde las gradas del Aeroclub o la terraza del Parador, sobre un inocente papel que luego fue barricada, dirigió a sí misma su propio testamento valiéndose de fragmentos escogidos como nombres para cada una de las grietas que iba acumulando en el alma, sin azar; haciendo uso de evidencias acerca de lo que venía siendo una historia leída con ojos inéditos, como si fueran imágenes prestadas para poder construir una trayectoria de boomerang procurando cubrirse bajo el fantasma imposible de la objetividad o ganarse el derecho al sosiego de la distancia:

“La estructura de la casa es mi estructura. Soy la casa; en el fondo, en el árbol, la de la plaza, la que sostiene al cielo, la que llueve en enero, la del sol en el patio, la primera, en medio del campo que atraviesa el río de verdad”

Girando el círculo de la horas eternas entre siempre y nunca; como los girasoles volteaba en dirección a ellos trepándose en el asiento trasero, empañando el vidrio; no sé qué se dirían, quién decía y quién oía ni cuándo cada quien; papá ya no insistía, incluso había dejado de chasquear la lengua porque así eran las cosas a la ida. Después, se escurría hasta hundirse en el asiento, siempre al centro, y se apagaba. Las vueltas, por lo general anochecidas y tardas no tenían amarillo, ni verde, ni azul; sólo el frío de los tubos metálicos descarapelados al pie de la cama alta tras la despedida y una ansiedad domesticada por llegar y meterse en la ducha; las manos ásperas de mamá peinando en susurros monótonos los cansancios futuros, las ranas del fondo, los grillos del aire o de la mente (nunca sabremos), las cabezas agachadas de los hombres colgando entre los ombros huesudos con las manos flojas en rezo cansado flanqueadas por las rodillas y la cara siempre erguida de Alfredito en gesto sincero y franco desde la única opción posible hasta entonces solo habitada por la indiferencia.

Marcelo, como parte del ritual, los ojos deambulantes en la semioscuridad artificial del pueblo, repasando los rastros del vuelo errático y silencioso de los pájaros dormilones que despiden la tarde y luego desaparecen o se transforman en murciélagos, esperaba su aroma para mezclarlo al de azahares de otra noche impávida, se sobaba las muñecas sin saber que estaba enseñando todas las cartas ni sospechando que ya se las habían tirado y leído desde hacía un buen tiempo; el resto del juego a continuación no significaba más que una pantomima, un trámite que para no herir susceptibilidades había que presenciar resignadamente, tan predecible y absurdo como las bodas por civil. La tarde se le había ido inmaterial viendo mezclarse arrítmicos los reflejos metálicos del agua con los de las cañas pescadoras domingueras a lo largo de la escollera; no era la primera vez que faltaba a la visita al sanatorio; todos creían saber y nadie dudaba en ignorar. Y aunque sí había una tal por cual, no era este el caso ni lo había sido la vez pasada; no hacía falta pretextar nada, ni la verdad ni una mentira, porque las formas siguen sujetas al fondo. Esta tarde no fue aquella de la caminata que lo llevó hasta el Hotel-Casino desde la Ramírez repasando todo el borde de la ciudad. Ya era medianoche cuando decidió ladear la mueca de asco que a pesar de los limoneros en flor y los jazmines, colgaba en su cara, y dirigirla hacia el mismo sitio desenfocado e inexistente a donde ella con el cabello mojado, los párpados rojos de llanto friccionado sólo y finalmente bajo la cortina de agua y la piel aún más blanca entre las toallas azules, veía sin mirar, sentados en el borde bajo, lajas pizarra del cantero del jardín frente a la plaza. Luego, se enderezó un poco, se puso aparentemente paralelo, se armó tomando aire, metiendo un puño en la otra palma acorazándose en la misma pregunta sorda que leía y repasaba, que habitaba en sus pies, oyendo el vasto silencio del coraje temblequeando en la mandíbula, interrumpido por una certeza que se crecía susurrando el miedo (“un maricón jodido, una mierda de marica”) odiando su cada vez más pequeñez que agiganta todo lo demás con las dilaciones, su poca altura y la circunstancia, la incapacidad para trasplantarla, para arrancarla de raíz como había hecho la vez primera que bebió de ésta tinta con las inocentes ortigas de la quinta hasta ver mezcladas la tierra y la sangre bajo las uñas; para lanzarla lejos, apartándola del sinsentido y pisotear los gusanos que ya veía aparecer, que siempre aparecen cuando y porque lo que hay se empieza a acabar, agarrar el pico y la pala y hendirlos en la ausencia de respuestas aunque no fueran las que esperara, algo, en su propia imposibilidad para entender un amor que no partió de lástima ni culpa alguna y apuñalar y espantar a la desdicha leprosa que los desmembraba torturándolos por no tener vocación de verdugo y les iba perdonando la cabeza permitiéndoles tener todo aquello a la vista. Iba aprendiendo de la resignación la crueldad para ir despellejando día a día el odio a sí mismo que va cubriendo indolente, bordeando con caricias babosas, la aceptación y la costumbre. Pasaba tercamente a no mortificarse por desear la muerte obvia y más probable montado en aquel moribundo destino, taloneándole las frágiles y enfermas costillas, torpe, olvidando detalles o más bien negándolos; sosteniendo en equilibrio circense la creencia de una posible vida sujeta al almanaque. Comenzar a abandonar la idea de la existencia de una posible inocencia notando los ojos más abiertos agazapados bajo el ceño cada vez más fruncido. En esas, entendió que aguardaba el último momento que su pensamiento tartamudeó impreciso e inoportuno pero cierto, definitivo; entreabrió la boca sabiendo que su aliento rumiado lo ubicaría finalmente perpendicular, jaló la cadena y esperó por el vendaval de buenas intenciones, de amor fraternal, razones pétreas, sabias conjeturas, de rabias contenidas y justificadas, toda una recua de mentiras y esquives para no enfrentar la intensidad que suponía, otra vez torpe, incestuosa, en un amor que no podía confesarse tampoco en su versión narcisista, e iniciar por este atajo otro tipo de vuelta, que restableciera la esperanza en el vientre de su hermana, que proyectara una descendencia portadora de aquella belleza serena, silenciosa y discreta, por todo eso más verdadera, perteneciente a los habitantes de la bruma y del bosque, a las orillas no frecuentadas de juncos altos, a los puentes de piedra, a los hongos del pinar y empezara a poner fin de un solo grito a todos los tormentos. Volvió a equivocarse, a pisar su propia trampa, no contó esta vez con otro detalle, que jamás debió aparecer y que no guarda relación alguna con la historia. Mientras maniobraba, siempre torpe, con su pesada cabeza hasta ponerla en posición y mantenía su atención en el impredecible tono del discurso que creía sería definitivo, se vió acompañado en el movimiento por el rostro de ella; y no fueron sus ojos cansados, dulces o amargos ni sus mejillas que conservaban la curva de la niñez mil veces sostenida en caricias, ni las manos parejas y sencillas o los pies descalzos, ni los dedos graciosos que movía descubriendo los tendones sobre el empeine. Lo que se le escapó, con lo que no había contado esta vez y que habría de llevarlo tan lejos más tarde, hasta el borde mismo del final perdido, estaba a su vez tan ajeno en su lenguaje, tan apartado de sus constructos mentales, indefinible e inclasificable como la humedad en el pelo recién lavado y pretendidamente vaciado del pesar último, reciente pero viejo y conocido, de aquella mujer borrosa. No había entrado jamás en discusión ni puesto en ponderación acerca de la vida y la muerte, de los compromisos y arrastres o la pertinencia de las decisiones del pasado, que una gota de agua llegaría en ese preciso momento desde la sien impenetrable hasta el borde de la ceja de Beatriz y que caería. Y ahí pudo haber terminado esa corta historia sin sentido aparente o real, pero no contó tampoco entonces con que sería precisamente él quien se quedaría junto a la pequeña gota pendiente del borde de la ceja mientras su hermana sostenía apenas el puente colgante que tenían tendido entre ambos. Aquella gota insolente pugnaría cuadro a cuadro en su desplazamiento y aunque pareció disolverse en la breve espesura del delicado borde, se rehizo, restaurando la esperanza en la suspensión de las edades y de las cosas buenas y perfectas, se reagrupó casi rozando las pestañas gruesas y luego se venció, se dejó caer al vacío, larga y lentamente, despeñándose contra la muñeca blanca y erizada que había empezado a sentir el aire de medianoche frente a la plaza y que por entonces ya recibía la atención de su par. Le llevó toda otra vida verbalizar lo que de esa manera supo sin dudas, habiendo encontrado la ventana que miraba al destino de su propio sitio, espacio que ya empezaba a resignar inexistente y mientras, entender que ambos amaban en líneas paralelas, hasta siempre, y cuando, fuera menester rasgarse y quitarse la piel por entregarla. Bastó una simple gota fría sobre otra piel que no la suya, portadora de la misma sangre, para querer arrancarse la garganta como a las ortigas.

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