domingo, 4 de octubre de 2009

Mica

Mica

Micaela tenía los ojos menguados de haber visto pasar lo que ya sabía y sin embargo. Ese era su molde, eso encontraba a cada vuelta de esquina, ese era su cobijo que exponía a lo que creía no estaba en ella sino afuera. Esperando que nos vengan a salvar, lo único que puede pasar, lo que reduce las probabilidades al singular, es que se nos pegue más de la misma peste de la que nos queremos deshacer. Si recoges al pajarito del ala rota y lo curas y lo cuidas no te olvides que lo que cuidas y curas ha sido hecho para aquello que da sentido a su ser. He visto pájaros sin cola vueltos perros rengos y viejos cobijarse en vacas sosas de mejillas sonrosadas y ubres calientes y afelpadas. He visto zoológicos del desatino y la desesperación. Todo el tiempo veo galgos perdiendo irremediablemente contra el tiempo. No hay ternura posible ni paz forzosa que desvíe un solo milímetro el sino autoimpuesto por conmiseración.

De cabellera rojiza y rizada, contrabandeada por madre desde alguna playa vikinga, pantalla a un rostro sereno y translúcido como de holograma, rasgos aéreos, suspendidos, independientes, nariz pequeña y graciosa que (mujer de principio a fin) sólo ella cuestionaba, sonrisa que le flotaba en toda la cara y el cuerpo; una sonrisa que había moldeado con sus propias manos al amparo de unos niños sin edad verdadera que le iban enseñando ahí mismo, en su propio taller, paciente y despreocupadamente, que lo maduro cae y lo caído ya no cuenta; mueca protectora contra aquel mismo tiempo que giraba repitiéndose y perdiendo trazas de sí mismo como si fueran astillas, como frutos de un árbol asolado por el torbellino en el que de repente se había convertido el último e interminable tramo de una vida empezada a sentir como no propia, que aún manejaban unos poco hábiles titiriteros más ocupados en recoger lo que se pudiera rescatar del suelo y bajar lo que aún se mantenía en pie que por los hilos enroscados en sus dedos o arrancados a sus olvidadas marionetas. Tal vez conserve el aura azulina y un tono beige de textura indecisa entre el afuera y adentro de la piel yodada. Había en aquella casa suya de mediados de siglo que abitaba, unas gatitas oportunas y adecuadas que perdonaban y justificaban su perpetuo monólogo interior dejado caer ya quitada de la pena y recogido siempre con buen sentido del humor, cariño loco o ternura descarnada (combinaciones abiertas que ella misma barajaba con indolencia) y que cada vez más iba tomando la forma de un diálogo. Gatitas a las que un perro triste ladra y ve, flotando, a la deriva en la orilla de un mar mañanero con viento norte. Ladridos como maullidos. Ella y Marcelo; ya no importa, siempre y cuando haya otra vida después de ésta y se crucen antes de ser cruzados, antes de que empiecen a formarse las nubes y borrascas, después de haber aprendido a librarse del lastre de no saber aceptar que las fracturas y los males ajenos no forman parte del paisaje propio y que, como me dijo Carlos Alberto, cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada. El momento de emprender el vuelo es aquel en el cual apenas se lo atisba, se lo intuye. La ropa ha de estar siempre limpia y ordenada y las maletas al alcance porque ya no hay tiempo. Cuando y hacia donde el corazón palpite es el momento y la dirección; no hay más. Martes de madrugada, el último tren corría.

Cada cosa o hecho, cada partícula: paltipa, en infinitas direcciones por lo que la realidad que esa cosa, que esa partícula desencadena deviene en una miríada de posibilidades inasibles, vaporosas, y cada una de todas esas posibilidades están latentes en ese ser mínimo, primario, para desarrollarse y expandirse o simplemente no hacerlo, pudiendo conservar esa especie de estado larvario indefinidamente, que expone lo inasequible tanto de su fin como de su principio, de su necesidad y futilidad simultáneas e inherentes.

Marcelo no supo el desenlace de la historia sino hasta que (como el Cucho) dio con tierra una vez más; esta vez con tierra extraña. Y no tiene la menor importancia si la tierra es propia, conocida o ajena. Polvo es polvo; una vez hallas aprendido a morderlo, a tomarle gusto, querrás ponérselo hasta en la sopa para asegurarte una derrota conocida y no aventurarte al pavor de que la vida contenga una pósima aún peor. Fueron los mismos ojos color miel, mismos rizos, aquel sabor a sangre liviana en labios de una sonrisa que fue poniéndose del otro lado hasta apagarse, los que una vez más llevarían a Marcelo sin una oreja y tras una vuelta de honor en silencio ni público, arrastrado al burladero después de una no muy buena estocada. Onetti dice algo acerca de las mujeres en El Pozo que no juzgaré aquí: que el espíritu de las muchachas muere más o menos a los 25 años, pero que muere siempre y terminan siendo todas iguales, con un sentido práctico hediondo, con sus necesidades materiales y un deseo ciego y oscuro de parir un hijo.” (sic)
-¿Por qué no haces otra cosa?-
La pregunta (evidentemente retórica) siempre viene de ese espíritu sobreviviente, siempre formulada, demandada y demandante por una mujer o por lo femenino (misoginia? mis huevos!). Y es que no hay dignidad alguna en la sobrevivencia. Pregúntenle a los caídos en los Andes. Hay muchos otros valores: heroísmo, determinación, hay hasta fe, pero dignidad?: la de los muertos. Sueño con que un día el Minotauro dé con el hilo, lo siga y llegando a las puertas del laberinto se encuentre con Ariadna y se la trague no más por despecho; ella ya no era una doncella. La sobrevivencia es hembra, a veces torero, el tiempo es siempre, siempre, lodo.

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