domingo, 4 de octubre de 2009

Haiku

aquí, ahora
sentados, en mi centro,
girando juntos

aquí, ahora,
óvalo blanco de luz
lluvia hermosa

techos mojados
las calles también quieren
mostrarse frescas

agua, en ella
pasea el universo
bajo este puente

llueve vez tras vez
mientras bebo su ausencia
más llueve y llueve

labios de lluvia
como pétalos caen
lágrimas rojas

ya maté al león
tengo las manos sucias
arránquenmelas

dinos la verdad
oyes sus pasos venir?
Nos atraviesa

cuanta belleza
dibuja el sol y dora
sombras la tarde

el viento mece
en su aliento a la hierba
mientras la duerme

casa despierta
el sol ya dio su aliento
vístete, vamos

no se van, vuelan
mariposas de algodón
río como mar

Yermos páramos,
Viento terco, mar azul,
Pies de médanos.

que así los niños
se quedaran como es
cuando amanece

olor a azares
luna blanca, gris, azul,
pequeño pueblo

cuanta belleza
puede traer la noche
en sus sábanas

cuanta belleza
se bebe el horizonte
mientras bosteza

mientras observo
al viento que vacila
también te pienso

entre tu y yo
el espacio se duele
y se desarma

sin quien nada es
sin quien todo lastima
el mar regresa

arriba brilla
la luna de sus ojos
entre las nubes

quiero ser el león
a mí no me matarán
respiro fuego

quiero al pequeño
compañero de la luz
al libro rojo

cuanta belleza
tenue sonrisa fresca
canta la aurora

nadie por aquí
ha pasado en el tiempo
que pende quieto

abre los ojos
la ciudad crepitante
de luciérnagas

abre los ojos
la ciudad encendida
en luciérnagas

Nuevela

Nuevela

El esqueleto de pescado flota rastreando la señal en la cima de la pirámide transparente que forman cuatro alambres blandos frente a las nubes inmóviles de otra tarde pálida. La permanente luna llena, metálica, parabólica pintada de gris y atornillada a otro techo hace lo propio. Los viejos, silenciosos caños cobrizos, débiles y oxidados, asomados de a par se yerguen secos sobre el muro viejo. De lado a lado el reptar quebradizo de una grieta que enmarca la ventana cuadrada muestra por debajo de sí la paciencia lacrimosa y salada del clima impresa en tonos ceniza rosáceos o amarillos tenues sobre los poros acorchados del estuco arenisco. Sones lejanos, ululando el aire, sincopan al tintinear del foco que guiña su danza del labarropas tras el yute de una pantalla al interior de la pieza, a izquierda del vano. Seis rectángulos horizontales agrupados de a tres por cada hoja del metro de ventanal centrado, en vidrios moteados de agua y polvo, sanos y estoicos, repiten el formato de la lámpara: base de arcilla en tono hueso y forma de tabique, apoyada blandamente sobre una mesa larga, baja y delgada, de madera opaca y bordes desgastados por la caducidad de las fechas, dos tablas que sirvieron como tarima en alguna construcción o exhibieron por los tianguis lo innecesario barato. Tres manchas negras: una cafetera, la lata del té y el contraluz cansado y curvo en una foto sin marco completan la ocupación del rincón, verticales, dibujando la diagonal. Una lupa encima de la billetera flaca de piel oscura sobre un libro breve se ordenan recostados. Por delante del conjunto una taza blanca. La pared interior también lo es pero no tan; la luz cálida, mortecina, rasante y silenciosa, ausculta las pulsiones del yeso y los resanes en la pared dejando verter por dentro y fuera de la taza blanca una pátina aceitosa discreta, apenas húmeda.

Olía a café cuando entré agachando la cabeza al cruzar la puerta negra de metal y lo vi sentado en la cama, quieto, la espalda recta y las manos colgando entre los muslos. Recibí la mirada ausente y la sonrisa compasiva que se entrega al verdugo, a lo idiota, lo inútil, suficiente para detenerme hasta el silencio del saludo. Expiré mi calor nasal al inclinarme para dejar su encargo sobre la mesa. No pude resistir la tentación de girar la cabeza a mi derecha y mirar la escena que él parecía estar viendo:

El esqueleto mineral de un pescado flota rastreando la señal en la sima de la pirámide transparente que forman cuatro alambres blandos frente a las nubes inmóviles de otra tarde pálida. La permanente luna llena, metálica, parabólica pintada de gris y atornillada a otro techo hace lo propio. Los viejos, silenciosos caños cobrizos, débiles y herrumbrosos asomados de a pares se yerguen secos sobre el muro viejo. De lado a lado el reptar quebradizo de una grieta que enmarca la ventana cuadrada muestra por debajo de sí la paciencia lacrimosa y salada del clima impresa en tonos ceniza rosáceos o amarillos tenues sobre los poros acorchados del estuco arenisco. Sones lejanos, ululando el aire, sincopan al tintinear del foco que guiña su danza del labarropas tras el yute de una pantalla al interior de la pieza, a izquierda del vano. Seis rectángulos horizontales agrupados de a tres por cada hoja del metro de ventanal centrado, en vidrios moteados de agua y polvo, sanos y estoicos, repiten el formato de la lámpara: base de arcilla en tono hueso y forma de tabique, apoyada blandamente sobre una mesa larga, baja y delgada, de madera opaca y bordes desgastados por la caducidad de las fechas, dos tablas que sirvieron como tarima en alguna construcción o exhibieron por los tianguis lo innecesario barato. Tres manchas negras: una cafetera, la lata del té y el contraluz cansado y curvo en una foto sin marco completan la ocupación del rincón, verticales, dibujando la diagonal. Una lupa encima de la billetera flaca de piel oscura sobre un libro breve se ordenan recostados. Por delante del conjunto una taza blanca. La pared interior también lo es pero no tan; la luz cálida, mortecina, rasante, ausculta las pulsiones del yeso y los resanes en la pared dejando verter por dentro y fuera de la taza blanca una pátina aceitosa discreta, apenas húmeda.

Del piso subía una tenue y dulce fragancia a madera.

Mal Karma

Mal Karma

Llevo horas oyéndote decir mil pendejadas y repetirlas y repetirlas y yo viéndote harto y aburrido. No pienso seguir haciéndote el caldo gordo porque no nos hace ningún bien, ni a ti ni a mí. Diga lo que te diga no va a servir para un carajo porque no has estado haciendo otra cosa que repitirte la historia, tu historia; no tienes la mínima intención de contarme nada ni mucho menos de oír algo diferente a lo que ya crees y quieres, yo sólo funciono como testigo basurero de lo que ni siquiera sabes que estás sintiendo o pensando porque en la historia de tu ego no hay lugar para nadie más, ni siquiera para ti. Me cago en tu puto egocentrismo mal parido, en toda la podrida insanidad de tus relaciones desde tus abuelos hasta los hijos que jamás vas a tener, por egoísta y por marica. Métetelo en la puta cabeza: necesitas ayuda profesional, pero no de un sicólogo: de un sicario. Suicídate en defensa propia.

Entonces volví a buscar un cigarro después de cinco años sin fumar. Insoportable.

La Espera

La Espera

Quisiera poder pasar por alto que es cierto, que todo es cierto y que además hace falta el pestillo y rechinan las bisagras. Los dos tercios superiores de la balaustrada, la sección más angosta del vestíbulo justo encima de la tarima es de un verde pistacho. El pasillo estrecho no tiene color definido desde aquí: se antoja rojo intenso, verde inglès, tal vez. No sé, no importa, está oscuro y yo no estoy impaciente. Tengo la camisa pegada a la espalda contra éste sofá de piel sintética beige y a los antebrazos remangados no los quiero ni mover por el asco que me da saber que están directamente pegoteados al plástico. Por lo demás ya se me ha pasado el desagrado del calor de allá afuera (aquí se está en neutral, la poca luz focalisada y el silencio, ayudan). ¿Cómo alguien puede vivir entre escaleras de mármol, barandales de latón y bronce, sin dejar de sentirse ajeno?; no está mal, no más es como un lugar que se aleja de su propio interior (¿a qué vienen estos disparates, éstas ideas barrocas?). El sol no atraviesa los vitrales, sólo los moja un poco; el sol no estuvo aquí, nunca. Y es cierto, sigue siendo cierto aunque me distraiga con éste ambiente de otro siglo, importado de un tercero, evocando otros anteriores. Ellos no tienen derecho, no tienen ningún derecho; puedo hacerme el civilizado, hasta pudiera sonreír, pero hoy no tengo ganas. Hoy tampoco tengo ganas. Sólo quiero que no existan; no los quiero ver: son feos y es la verdad, no hay nada de malo en lo sentido natural, a menos que optemos por una moral conveniente, son feos y no tienen ningún derecho, ¿qué no se ven al espejo? A mí que no me vengan con mamadas. No soporto la falta de criterio estético. Se puede ser feo, horrible, espantoso, pero se lo puede llevar (no corregir, llevar, portar) manejar, si se tiene un poco de criterio. Lo tedioso del caso es esa falta de criterio. Han de creer que estoy a gusto porque llevo ya un rato sin moverme: no tienen ni idea. Les dije que no, que no, que muchas gracias pero que no se me antoja (lo que sea) que me ofrecieron y que para ellos pareciera ser de rigor tener y ofrecer y off course aceptar. Pero no, dije que no aunque me insistieron y me pusieron cara rara. Están convencidos de que existen; ¿cómo es posible? No existen, no puede ser que existan; habría que reformatearlos. Y ese olor: tampoco hay criterio para eso. Cuando no hay, no hay. A ver: ¿por dónde empezar? ¿Es la casa, son los muebles, sus voces vulgares, el olor que viene de la cocina (eso creo), la materia despareja de sus cuerpos y accesorios, sus ojos hundidos o las sonrisas de dientes cortos y encías carnosas? Ya empezó a bajar el sol; llevo más de … Pensé que llevaba menos tiempo, pero sí, ya son como las … De sólo pensar en tener que despedirme me dan hasta ganas de seguir aquí sentado viendo como una y otra vez entra y sale la gordita (la única antipática para suerte de ambos); así me cae mejor, no molesta; además está toda vestida de negro y no ofende (de todas formas ni es rubia ni se esfuerza lo suficiente por serlo): es el principio de la gracia, la manifestación de la belleza “sin esfuerzo” (de ahí que la Pereza tenga su encanto). Me quedo con la gorda antipática; ella ya se dio cuenta, por eso ahora su antipatía es más manifiesta y por lo tanto menos graciosa, evidente, pretensiosa. Ya no estamos en la misma frecuencia, se rompió el hechizo, ya se murió el amor. Si no fuera cierto, pero lo es; ha pasado el tiempo y no ha dejado de ser cierto. El piso como tablero de ajedréz no deja de brincarme en las pupilas; todo se mueve molesto. Y hay que cargar con eso; a partir de ahora habrá que cargar con eso por lo menos mientras tenga cara de permanente, mientras esté fresco. Tener la oficina ahí debajo del hueco de la escalera, con esas luces de tubos y el sonido ácido de la impresora vieja y jodida es perfecto para éste lugar. ¿Quién les da las ideas? Los espejos están muy altos, demasiado altos; ¿se creerán tan altos? Está bien, hay que tener aspiraciones; yo por ejemplo, a partir de ahora, quiero tener tres orejas y seis dedos en el pie izquierdo. Sospecho que se intuyen a sí mismos peor de lo que estoy suponiendo; por eso los espejos están casi fuera de su alcance. Están como cuadros mal colgados, como si el techo penumbroso reflejado fuera su objeto decorativo; debo aceptar que no es lo peor, que más vale así. ¿Cómo será los Domingos, con todas estas fieras sueltas y sin la obligación de lucir sus empaques? Seguro es mejor, aunque no quisiera estar aquí un Domingo; no quisiera estar aquí nunca más, ni tampoco en Domingo. Bueno, al menos han tenido la decencia de no dejar pasar al perro, o rata semi-calva, o lo que sea eso, pero bien podrían hacerlo callar: a patadas, o matarlo y comérselo. Sería casi un acto de canibalismo, con todo respeto para el cuadrúpedo.

Back

Back

-¿Y a ti que es “lo que te interesa”?-
(Según parece la conversación en aquella larga mesa rodeada de intelectuales amigos y contertulios, plagada de pastelillos y café versaba sobre lo que a cada quien le parecía era o debía ser “lo interesante” o como se dice ahora: lo primero de la agenda y yo, como de costumbre ni me enteraba, entretenido o más bien distraído por imaginar lo posible natural en todo aquello, babeando por los manjares expuestos, que cuando se ha tenido hambre alguna vez ya nunca se quita).
-Mmm…tus nalgas-
La ya no tan joven pero sí magra escritora, entre sorprendida (sin dudas), o agradecida (desde el útero) y agraviada (por imperio de la ficción social –diría el banquero de Pessoa-) tomó una distancia y un tiempo para procesar aquello que en un principio no parecía albergar ninguna relación y que se encontraba muy lejos de las rutas de navegación, por donde solían surcar sus conversaciones y temáticas (incredulidad, hipocresía o cinismo mediante). Y éste advenedizo, éste “extranjero” en todos los sentidos del término, al que no se le podía confiar aún ningún punto de vista, ninguna aserción o sentencia por no haber dado todavía las suyas propias, venía sin decir agua va, a poner el alfil en la diagonal de la Reina arriesgando en el lance tanto como el macho de la viuda negra o lo que era aún peor creyendo en la disposición del material interesante en cuestión y por tanto en el deprecio e indignidad de su poseedora.
-¿No te parece que estás un poco desubicado?-
(Pensé en lo parco de su afirmación, agradecí –internamente también- su contención, en la cual entreví la evidente cercanía de la posibilidad y apelando a mi extraordinaria energía negativa matinal sabatina en la que ahora finalmente reposaba compuse):
-Si, lo estoy, de hecho más que estar ubicado ahora procuro ser verdadero porque no se me da lo gracioso ni lo maduro y aprovecho para hacer y decir lo que realmente es de “mi interés”. Perdón, pero no hay arrepentimiento -me la jugué-. Pude haber dicho cualquier otra cosa –proseguí- e irme de aquí a seguir imaginándomelas, me refiero efectivamente a, tus… ¿Y qué es lo interesante para ti?- (quise descansar del protagonismo –las artes dramáticas no son lo mío).
Tanto la franqueza como la verdad se han ganado el estatus de sirvientes teniendo que entrar por puertas traseras: por eso no estaba mal intentar “abordar” desde las nalgas, era lo cardinalmente lógico. Era, de hecho, lo pertinente. Se lo expliqué, o hice el intento. Pedí la opinión de la señora que se encontraba a su lado como se pide permiso a la criada para acceder a la dueña de casa pero, la risa nerviosa de la tal (como cual) creo, fue lo que empeoró otro poco las cosas. El interés, refiero a mi interés de aquel sábado por la mañana, era más bien curiosidad o debiera decir morbo (otra vez). Porque desde lejos se veía que las dichosas musculaturas únicamente presentes en nuestra especie, solían pasar muchas y aplastantes horas, desde quién sabe cuánto tiempo atrás (recurrente ubicación), soportando todo el peso de aquella larga y rubia humanidad, adquiriendo así una cuasi predecible forma y textura cuyo resane resultaría más bien improbable en el mejor de los casos cuanto no evidente y por lo mismo incómodo. La pregunta (mi pregunta) era (y es) de qué se puede estar preciando, vanagloriando, protegiendo, defendiendo o presumiendo una mujer que tiene las nalgas planas? O sea: cállate!, que no ves que tienes las nalgas planas? Y quienes ubican la feminidad en los senos sólo confirman su sujeción a un complejo de Edipo mal resuelto. Lo auténtico femenino, lo hembra, radica, reposa en las nalgas y punto. Dónde la masculinidad: no me interesa.

Ojos

Ojos

Entre Eva y sus propios ojos había un lapso, una coma, un aparte, espacio. Hay quienes ven desde el borde dejándose ver, los que salen hasta la acera ocupando, tomando el sitio, y aquellos que están a uno, dos o más pasos hacia adentro, ocultos o simplemente no-disponibles; quienes dejan abiertas meciéndose indolentes, respirando lánguidos ensueños, las cortinas. Hay ojos como ventanas, gentes como hay casas. Eva traía los ojos por fuera poniendo distancia desde sí, cortos. Difuminada tras las pupilas podía verme y al mismo tiempo ver a mi alrededor por si hubiera que escapar y yo casi no lo notaría. Pero si, porque me di cuenta que ante mi estaba su designada, que había que esperar una fracción más, que tenía los ojos cortos y por eso la nitidez habitualmente confundida y forzada hasta una profundidad que no es, o que al menos no tendría por qué ser, se empañaba. Por curiosidad tal vez se adelantó desde otro plano al que pertenecía y dominaba, otra capa de la que era dueña, o se estaba escondiendo un poco, la asusté, la aburrí y se metió hasta atrás de la niña de sus ojos. Así que hube de rastrearla; no estaba en sus superficies como nunca nadie que valga la pena sino hasta el momento de la entrega; pero se hace necesario juntar esas dos instancias, develar el teatro. Se dejaba, serían las drogas o simplemente se compartía por gusto, por la lánguida pereza. Intenté no aprovecharme de las contingencias (recurso poco digno) que para el caso eran un paquete de idioteces intrascendentes: su lugar de origen, el mío ya tan gastado y que me asquea, dónde o cuándo la había (nos habíamos) visto antes; sin embargo caí sin alternativa, fui el idiota de la sarta de obviedades que ni al caso. Era eso o el silencio; teóricamente no debería haber duda al respecto pero llegada la hora sólo es opción para los valientes que no era entonces ni soy. También sé que, a mi favor, lo dicho no tiene la menor importancia sino el modo de decir lo que sea o de no decir nada, de contonear el pavo, de mover las plumas; finalmente ellas jamás escuchan: ven, y Eva lo hacía con sus ojos cortos, con sus dientes, todos, con su vientre hermoso descubierto muy quitada de la pena para limpiar sus gafas con la blusa verde-insolente mientras yo flaqueaba. Y reía estúpido, la veía y me reía de puro feliz por no más verla y oírla un momento que del mismo modo expiraba. Entonces intentar absorber, oler y hasta ahí, porque tocar no; no se puede: a la mujer no hay que tocarla, no a la primera, esa es su instancia, de ellas es el espacio, la tierra y el cielo. Fin del primer tercio. Eufórico, falto de práctica, exceso de entusiasmo, malditas drogas. Fui por las banderillas corriendo el riesgo de no volvérmela a encontrar en los medios, de que hubiera sido picada en exceso. Me había formado la idea de haber puesto demasiada cercanía, de haberme vuelto viscoso; quise darle aire y tomar un poco. Capoteé aquí y allá porque es sabido que si te rodeas de moscas aparecerán las avispas. El lugar común reza: ni todo el amor ni todo el dinero. Ni tampoco hay que poner todos los huevos en la misma canasta, no sea cosa que aparezca un rompehuevos (porque nunca falta un rompehuevos). Entonces hay que tener huevos para unas cosas y para otras cosas, también, hay que tener huevos. Había ido hasta ahí, ascendido, traía el humor correcto, siempre mejorable (no poca cosa para mi caso), luchando por no entregarme a los pensamientos de siempre, las filosofías resentidas y escapistas. No tenía ninguna necesidad ni excusa a pesar de lo dicho y hecho hacía unos minutos. Volví a cruzármela y enderecé algo con un comentario menos apendejado, certero, un buen par bien colocado en la grupa y lo dejé todo a los vientos de aquel decimocuarto piso. Entre el respetable: Tania, estaba procurando ser atendida y olvidando (eso espero, aunque también sé que ellas pueden perdonar pero jamás olvidan) que no recordé haberla conocido hacía treinta días exactamente y María José, quien seguía encogiendo sus hombros y siendo la misma ex de siempre, vocacional de la quiebra y el resquebrajo. Bajé solo, decidido y me fui; no volveré a quedarme hasta el final de nada, no volveré a comer de las achuras de otra autopsia. Ya estuve en suficientes entierros. Lo que será, llegado su momento ahí estaría. Lo que fue seguirá allí o se habría ido. No ser capaz de plantear, desarrollar, seguir y defender una teoría (moral) o conducta es un evidente signo de falta de autoestima. Yo no debería pintar. Yo no debería. Yo no. No. Al final la ruptura, el renuncio, el temor por lo viejo conocido, el engarce con otra idea, con otro aire.
Nunca volteé. Tiempo después, bastante y suficiente, saqué cuentas que no volteé. No tiene la menor importancia salvo como acto burocrático, como síntoma de curación, de cauterización, cierto humor a madurez, a constancia de la historia posible dejando los otros ojos, los tristes y esa cabeza inclinada hacia un lado (tan Boticelli, tan Adobe girl), quitándose como presencia fantasmal de la espalda para volverse abstracta y borrosa donde ahora, resignada y finalmente, como animales de tiro, ya no optamos por dirigir la mirada sino hacia donde simple y llanamente vamos. Caminar la noche con el respirar apretado por el alcohol. La doble presencia, siendo aquel ocupante del mismo lugar que uno, desplegándose para mirar con fijeza a los rostros y las cosas, una, la otra para ir observándome despierto y despiadado a todo. La necesidad necia por el andar recto y la sordera abriéndose poco a poco al aire fresco madrugado tarde por la noche a pleno. Éste o aquél camino, tampoco importa y como nunca me pasa nada, qué más da.
- no tendrá una monedita que me regale?
- si, traigo, pero yo también la necesito.
Llegando estaba la turca, ya fea y tiesa, perdido el falso tono adolescente y atontada en un sentido más próximo a la lejanía que a la ausencia. Durante algún tiempo creí y sostuve que la cocaína afea con particular saña a las mujeres. Cierto; y parte además de una tristeza contraída sin nada en común al esnifar y a la insolencia. Perder los tacones, descender para destartalar todo el andamiaje, la pose, los rubores, los detalles, lo sutil, el tiempo invertido para recordar y jugar al juego a ser lo que se ha llegado, el cariño. No entiendo, quedo por fuera, prefiero quedarme afuera, descastado. Supongo que esto también pasará: porque hasta el amor también se acaba. La turca ya no se entregaba a lo que por momentos parecía el único sentido de su vida: su presunción (todos lo sabíamos), su lasitud de niña pueblerina trasplantada, tan incrédula cuanto pagada de si misma y en aquel estado no había más petulancia que el silencio, vacío de explicaciones por el desaliño que no adivino, sino sé, voluntario.

¿Los espejos?
Narciso pudo no haber estado enamorado de sí mismo (autoenamorado).
- Quisiera poder ver al que me habita!
¿En qué semejanza puedo reconocerlo?
- ¡Soy el hombre de la máscara de hierro!
(¿Mi gemelo será Di Caprio?)

Aquella noche yo la traía con los ojos. La turca por lo habitual tenía una espiral celeste en cada uno. Dónde ella empezaba no lo sé, dónde acababa no estaba en mi ruta. De hecho nunca me lo pregunté con seriedad ni mucho menos insistencia, sólo ahora, con una vez basta al morbo; menos aún en ese momento en que todas las superficies parecían pestañear reapareciendo donde antes no estaban sin poder asumir una posición o textura legible. Ahora los traía amarillos y rojos, guijarros saltones sobre la cara blanca sebosa moteada de un poco de acné y otro mucho de berrinches. Los cabellos opacos, erizados, desobedientes, pretendidamente estirados hacia atrás. Creí ver a la turca en el espejito que tenía delante, como en la acera, con la bolsa de plástico negra, esperando al camión que anuncia la campana y la cruda. Con un antebrazo quebrado hacia abajo en la muñeca juntaba las rodillas aumentando el calor y el sudor pegajoso de su entrepierna, curva la espalda vencida desde la aparición prematura de sus pechos grandes sin sostén y su otra mano mecánicamente repasando desde la sien hacia atrás el borde superior de la misma oreja con la que parecía pretender oír algo justo donde no quitaba la mirada a pesar de girar la cabeza para que su mano únicamente repitiera el movimiento del peinado sin despegar el codo encajado en su muslo como el cariño maternal lleno de amargura por una idea fija, o los ojos en la navidad o como yo lo entiendo: popote de la derrota, blanco, celeste en espiral, amarillo y rojo, sobre el reflejo comedido en responder u opinar sin que medie demanda. Sabía que podía dejarla así, sola, durante al menos una hora más sumergida en sus sentencias atragantadas. Se levantaría para ir al baño, la cara húmeda, tirante y pálida sobre los tacones blancos sucios, raspados y mal puestos, por fuera los talones áridos, rojos de cansancio, una vez jalados desde uno y otro lado hacia arriba unos jeans que no crecieron a la par de las caderas anchas, como último intento de coquetería automática de niña sobreviviente en ella todavía y que bebería agua de una copa con huellas dactilares y sonido a vidrio barato al tintineo de la bijouterie anillada en la misma mano con la que parecía estar haciendo un surco o pasando el carrete de una máquina de escribir repiqueteante en su cabeza al siguiente renglón también en blanco, que no vacío. Si no me quedé allá arriba, en el decimocuarto, con la primera, ni pedo como estaba lo haría en esa sala de techo demasiado alto y paredes pálidas de sombra y de viejas. Pero llegó el taxi y se llevó a la turca dejando al descubierto a Ignacio que había asistido como enfermero fiel a esa noche de argamasas.

Cuando Cortés llegó, aquí había una gran cantidad de tribus (naciones, pueblos o culturas sería más adecuado, tal vez, pero tratándose de amerindios “tribu” viene mejor al cuento) Todas más o menos peleadas con todas. Hay quienes no gusten recordar que entre tantas atrocidades, la conquista ofició de aglutinante a fuerza, entre gentes odiantes y odiadas. Ni el pavor a los caballos, las lanzas que escupían fuego, las pestes ni la inquisición, ni nada de cuanto opere como factor exógeno pudo tanto, y puede, como los odios intestinos. La maldición de la Malinche, el complejo de inferioridad, si, si: mamadas.
-Yo no soy lo que tú y tu (no sé qué) porque yo…” y así y así…
- Así no creo que funcione la cosa, mi Nach( ).
No nos ensañemos con aquellos tlaxcaltecas, ni siquiera con ésta clase media.
(¿Si tanto le disgusta, por qué no se larga?- ya se deja oír)
Eso ya lo hice una vez y quizá lo vuelva a hacer, pero mientras tanto no se me viene dando la regalada gana y no encuentro razón alguna para que nadie me lo pida ni mucho menos pretenda exigírmelo arguyendo el “ser” por encima del “estar” en función de contingencias, de tiempo o de espacio. Es decir: soy chipriota porque mi madre me parió en Chipre. Si, O.K., pero, ¿y el amor? ¿cómo explicar el amor a la tierra y a la gente que la habita por el sólo hecho de haber sido parto en una y entre las otras? ¿No resulta, acaso, más fuerte, más real, más verdadero, aquello nacido (parido) en la decisión por elección? ¿Hemos de seguir creyendo en los atributos de la sangre? Pues si ha de ser así, déjenme decir que no nos viene conviniendo. Y que tales creeres nunca fueron bien paridos.

Con Nacho y ya sin la turca, tras abrir y cerrar la puerta y la despedida aséptica apareció también otro sonido, otro olor, otra temperatura y luz. Empujamos con vodka nuestra discreción y paciencia puestas a prueba y triunfantes, como se recibe al día. Oí sin oír más reclamos patrióticos o étnicos (me da igual) de absurdos, ridículos como la propia idea seguidos de algún análisis sociológico inadmisible con mis ojos entreabiertos y la lengua hinchándoseme entre el paladar y la garganta. Qué hacen los demás con el descarte, con lo que sobra, con el desperdicio, la basura, la mierda, sólo puede ser una preocupación gay. Y gay “hombre”, no lésbico. Después del placer está el olor a mierda o la gran posibilidad de por lo menos el olor. A todos nos agrada el olor de nuestras heces, pero sólo el de las nuestras, ni siquiera el de las del ser amado aunque fuese nuestro hijo. No me extraña que sea justo en éstas épocas que el problema de la basura se haya vuelto uno de los primeros de la agenda, pero hay que leer mejor. La estética y por tanto la ética de hoy es gay. Ni crítica ni queja: constatación: de la mierda. Lo que sea de cada quien. Ni yo ni nadie recogió esa porquería; ni siquiera Nacho que la arrastraba reclamando un estilo que sin algo de verdadera o correcta educación no es sino quimera. A cambio me acomodé en recordar que una o dos horas antes Paula había atinado con su estilo simple en una o dos frases ahora ya perdidas, un cumplido que me aligeraba y absolvía de soledades que yo no terminaba de entender ajenas por insistir en apropiarme de otras vidas sustitutas de la mía. Me definió de manera tan sencilla que tuve que abrazarlas, amalgamándonos. Las adopté, y es que no termino de aprender otra forma que no sea paternal. Vi su cara grande con ojos de muñeca rusa y su cabello hosco pelear y ganar el borde del barandal contra el que nos habíamos atrincherado para ser cariñosos como había olvidado que se podía. Volví a oírla decir su propio borde, martillar y empujar algo parecido al coraje, desdecir sus pensamientos recién nacidos, enfocarlos, llevar hacia adelante y hacia atrás el mentón, fruncir el ceño o abrir muy redondos los ojos chicos como botones, deteniendo palabras demasiado aguerridas a media boca. Queriendo finalmente, no darse cuenta, no enterarse de una posible reacción agria que pudiera recordarle que no era ella la única en una mente que acicateaba, a la que exigía, en ese momento del viento oreando el tendedero de mis pensamientos, como una débil ráfaga de aire apenado pasó sus ojos por los míos.
-Dice María José (que) si no la vas a saludar…
Seguí esa trayectoria, recogí su mirada alzándola y la ablandé.
-¿Sigues siendo su asistente “en la vida”, como lo fue Nach( )?
-…
-O.K., no te enojes-. Y acordándome de algún antihéroe newyorkino imposté:
-Pero cuando nos esté viendo, has que me trague esas palabras con un beso-.
-Aash! ¡Hijo de la chingada!
-La chingada puede esperar, no comas ansias, ahora sólo dame un beso.

La ducha sobre el alcohol ruso me recordó un compromiso de otro planeta al que sólo en el estado en que estaba hubiera podido asistir aprovechando (ahora sí) mi falta de equipaje y ese espíritu sexual que según la medida y el ritmo a veces libera la embriaguez. Bebí las aguas calientes, verdes y amargas que despiertan y predisponen desde el fondo de la boca, me disfracé como a veces también gusto, volví a oler el fresco y cargué con un suspiro liberado de expectativas atravesando el parque una vez más pero en dirección contraria.

Llegando

Llovió hasta que el río, desbordado, arrasó la casa de mi madre.
Con el sol, mi padre, levantó la que al nacer hice mía.
Dejaron de salirme hermanos, y, fuimos para otra.
Dejé de crecer, y hube de partir, a buscar una.
Se nace, se crece, en la casa nueva.
México no es un valle, es: un nido.

Llegué con el sol cubierto por una capa rojiza en suspensión densa y perezosa. Amanecía sobre un frío tieso, áspero y seco, el aire hediendo a rancio. Si la ciudad es habitualmente caótica los miles y cientos de miles de banderitas blanco-amarillas que había por todas partes para despedir al sumo pontífice no eran suficientes para homogeneizar todo aquel espacio. El caos se acentuaba en contraste a una somnolencia impuesta por veinte horas de vuelo y escalas. Y ya que estamos sumémosle otras dos en Periférico atascado de fieles e infieles hasta llegar al sur de la ciudad dónde nos esperaban para un desayuno tardío y rápido y otra vez en camino rumbo al norte atravesando toda la urbe porque había que empezar a trabajar. El sol estaba a la derecha, también a la izquierda, luego desaparecía justo encima del coche que, creo, más que avanzar parecía toser o tartamudear; no había sombra, sólo luz despareja y polvo rojo, no había hora, ni punto cardinal. Dos horas más tarde Cuauhtitlán Izcalli y más comer: “guarache de alambre” con “manzanita lift” sentados en banquitos de plástico cuarteados y rengos bajo un toldo de nylon amarillo sostenido por algún otro milagro de la virgen morena que nos observaba desde su nicho colgado en una columna del alambrado público guiñándonos sus perennes luces navideñas. Frente a una mesa de madera puesta como bandeja para la eucaristía de la garnacha, casi a la altura de los hombros, cubierta con otro nylon que pudo haber sido multicolor y ahora exhibía una edad desteñida y quebradiza, dábamos la espalda a los coches y camiones que no dejaban de empujar sus emisiones y el polvo ahora caliente del mediodía desde la carretera a un metro escaso, poblada de baches como celulitis y topes como várices anquilosadas perdiéndose en lo que debía ser ya el desierto. Al costado del puesto vaporoso de fritanga tres sujetos de vientres y mejillas turgentes, de pie, sosteniendo platitos de plástico en distintos colores con una mano mientras la otra empujaba la vianda con el dedo meñique en desacuerdo. Alrededor la vegetación rala como los bigotes de aquellos cuates y el caserío desperdigado en bloques de cemento y antenitas oxidadas de esperanza próspera pospuesta e interminable. Los cables de la luz y de quién sabe qué más peleaban entre sí desorientados por encima de cuanto hubiera en tierra. Diez pasos más allá el misterio itinerante de otro nylon siempre celeste metido en un canasto siempre de mimbre, siempre sobre una bicicleta con los mismos tacos de canasta aceitosos mostrados y apreciados como un recién nacido, mezcla de ternura y asco. Detrás, otro puesto en el que no se podía divisar al encargado tras los carteles con nombres y precios de tortas copeteados por la invariable y siempre sorprendente “cubana”. Al otro lado de la calle una mujer pétrea, un tamal envuelto en mandil y suéter de lana, nacida de la milpa y conservada en tepache, quitaba espinas a los nopales, la boca entreabierta, los ojos húmedos entornados y rojos sobre una respiración tesonera. Todas las transacciones eran realizadas sin cruzar la mirada, mecánicamente, con la siempre excepción del vendedor de la canasta, siempre excesivamente, sospechosamente servicial. Los pedidos llegaban a destiempo, incompletos, erráticos, el orden interpuesto y artero. La doña de los nopales verificaba que sus manos colgadas de los brazos cortos y arqueados siguieran siendo las suyas y haciendo lo que ya ni se les ordenaba, luego, levantaba su cara grande y tolteca por sobre el hombro arqueando las cejas, queriendo preguntar algo que declinaba entre lenguas aprendidas y debidas, volviendo a aquel estado suspendido e indescifrable. La cuchilla ancha y pesada del taquero golpeaba arrítmicamente por sesiones sobre el anillo de un leño grueso sostenida en un meneo en trance con movimientos laterales el baile de la vejiga llena de ganas de mear las chelas mañaneras.

Beatriz

Beatriz.

A Silvia la hubiese llamado prima, aunque era su sobrina (hija de su primahermana Alicia, treinta años mayor). Pero en realidad fue lo que debieron parecer: primas. Habían más primos y sobrinos en la misma circunstancia; los papeles se desplegaban a lo largo de todo un siglo, sellados o no en tal vez tres continentes, y ahora se entreveraban fácilmente en unas pocas parcelas y a nadie parecía importarle demasiado excepto a su hermano Marcelo, quien venía en el paquete familiar o más bien costal, igual de desfasado y mientras no diera muestras de autoridad o poder de la forma que fuere, nadie repararía en los peldaños genealógicos ni en su recelo.

Ella, Beatriz, muy blanca; cabello negro, ojos negros y grandes un poco asombrados, de mirada dura, eléctrica, reteniendo su amor y su miedo hacia adentro igual que su madre. Juan Carlos era un poco menor, también blanco, transparente, aunque rubio y muy delgado, tanto como si no hubiera ya nada que ocultar ni qué envolver excepto lo que parecía haber sido la razón de su brevedad y que llevaba como único aliento cargando en los huesos. Era, porque no tenía mucho que acababa de morir; acababa, porque agonizó casi la mitad de su vida, y murió, de cáncer o vaya uno a saber por qué, sin dejar más que recuerdos blandos y quebradizos, de espiga; yéndose sin sorprender, sin dejar casi rastros: los ojos aliviados, tristemente heroicos de sus padres y hermanas y un poco más de dureza en la mirada y en el vientre plano, tenso, en la viudez de ella; como si estuviese a punto de indagarse las manos que lentamente fue recogiendo de su abatimiento y cruzando sobre el único y solitario ombligo para sostenerse la una a la otra, tratando de encontrar algo más que recuerdos cortos, algo más perenne, de olor menos ascético, más doloroso, menos repugnante que el de los hospitales, resignante teatro de la historia, donde prácticamente había ocurrido todo: la vida corta, el amor primero, la agonía larga y la muerte lenta. Sobre la espalda de Beatriz, como peineta, un abanico de admoniciones agridulces acogidas en principio un poco escorada con suspiros contenidos; más tarde viéndose y mostrando las mismas palmas vacías sobre el regazo, los mismos estigmas de la abuela, madre orfebre de la resignación sobreviviente y un deseo hijo necio cada vez más impaciente porque la vieran a los ojos, por sembrar girasoles, porque le condonaran su soledad.

Por Octubre volverían las fechas y el calor. Cuando pasaban el puente y dejaban atrás la carnicería y la escuela y se adentraban, cruzando la explanada, otra vez, en los recuerdos grises que despiertan al encuentro con el mar, los de la ambulancia o del bolso beige de flores rojas estampadas con las mudas para dos o tres días que nunca resultaban suficientes al cumplirse una semana y que recibían refuerzos invariablemente exagerados de mamá porque Juan Carlos nos mentía siempre por no quererse ya mover nunca; siempre así, hasta que ya nunca; el reloj de Juan Carlos ya no discriminaba entre espacios ni los contaba ni tenía manecillas. Después de la primer curva, poco a poco, unos animales aburridos empezaban a sustituir los plantíos preferidos de ella: girasoles; de avena, para Marcelo o de frutales de Alfredito; Francisco no veía a los costados, prefería fijar la continuidad en la carretera, papá las piedras solas, que fantaseaba meteóricas y mamá: llegar al mar. Pero los girasoles por la mañana, cuando apenas empezaba todo a abrirse resquebrajando el cascarón de los sueños, los girasoles estaban con la carretera; y ella con ellos y con los viejos molinos, con los frutales, los sembradíos y las nubes cerrando la cúpula que dejaban atrás. Ella no se iba, desde siempre y no por Juan Carlos, apenas si salió, no se quedó y nunca se fue, así hay que entenderlo. Cuando todo esto había que estarlo quieto para poder peinarlo con raya al costado y el orgullo y la ilusión embriagaban y jugaban a las escondidas tocándonos en un ombro, agachándose y esquivándonos por uno y otro lado; cuando comenzaba aturdiendo el chirrido más fuerte de la calesita de la aventura; en medio del plumerío alborotado, ella, que se había visto en la necesidad de dar sus coordenadas ante algún precoz y tímido reproche entonces intuido proveniente de otras tierras que no de las sugeridas en los colores esgrimidos, había escrito una carta. En el asiento veintiuno al que aferraba su naufragio de tres horas o camino a la represa en espera a aturdirse con el estruendo de las compuertas abiertas y el graznido de los patos negros, bajo la floración de los Aromos de Noviembre o sobre la humedad y los hongos entre los Pinos de Mayo, desde las gradas del Aeroclub o la terraza del Parador, sobre un inocente papel que luego fue barricada, dirigió a sí misma su propio testamento valiéndose de fragmentos escogidos como nombres para cada una de las grietas que iba acumulando en el alma, sin azar; haciendo uso de evidencias acerca de lo que venía siendo una historia leída con ojos inéditos, como si fueran imágenes prestadas para poder construir una trayectoria de boomerang procurando cubrirse bajo el fantasma imposible de la objetividad o ganarse el derecho al sosiego de la distancia:

“La estructura de la casa es mi estructura. Soy la casa; en el fondo, en el árbol, la de la plaza, la que sostiene al cielo, la que llueve en enero, la del sol en el patio, la primera, en medio del campo que atraviesa el río de verdad”

Girando el círculo de la horas eternas entre siempre y nunca; como los girasoles volteaba en dirección a ellos trepándose en el asiento trasero, empañando el vidrio; no sé qué se dirían, quién decía y quién oía ni cuándo cada quien; papá ya no insistía, incluso había dejado de chasquear la lengua porque así eran las cosas a la ida. Después, se escurría hasta hundirse en el asiento, siempre al centro, y se apagaba. Las vueltas, por lo general anochecidas y tardas no tenían amarillo, ni verde, ni azul; sólo el frío de los tubos metálicos descarapelados al pie de la cama alta tras la despedida y una ansiedad domesticada por llegar y meterse en la ducha; las manos ásperas de mamá peinando en susurros monótonos los cansancios futuros, las ranas del fondo, los grillos del aire o de la mente (nunca sabremos), las cabezas agachadas de los hombres colgando entre los ombros huesudos con las manos flojas en rezo cansado flanqueadas por las rodillas y la cara siempre erguida de Alfredito en gesto sincero y franco desde la única opción posible hasta entonces solo habitada por la indiferencia.

Marcelo, como parte del ritual, los ojos deambulantes en la semioscuridad artificial del pueblo, repasando los rastros del vuelo errático y silencioso de los pájaros dormilones que despiden la tarde y luego desaparecen o se transforman en murciélagos, esperaba su aroma para mezclarlo al de azahares de otra noche impávida, se sobaba las muñecas sin saber que estaba enseñando todas las cartas ni sospechando que ya se las habían tirado y leído desde hacía un buen tiempo; el resto del juego a continuación no significaba más que una pantomima, un trámite que para no herir susceptibilidades había que presenciar resignadamente, tan predecible y absurdo como las bodas por civil. La tarde se le había ido inmaterial viendo mezclarse arrítmicos los reflejos metálicos del agua con los de las cañas pescadoras domingueras a lo largo de la escollera; no era la primera vez que faltaba a la visita al sanatorio; todos creían saber y nadie dudaba en ignorar. Y aunque sí había una tal por cual, no era este el caso ni lo había sido la vez pasada; no hacía falta pretextar nada, ni la verdad ni una mentira, porque las formas siguen sujetas al fondo. Esta tarde no fue aquella de la caminata que lo llevó hasta el Hotel-Casino desde la Ramírez repasando todo el borde de la ciudad. Ya era medianoche cuando decidió ladear la mueca de asco que a pesar de los limoneros en flor y los jazmines, colgaba en su cara, y dirigirla hacia el mismo sitio desenfocado e inexistente a donde ella con el cabello mojado, los párpados rojos de llanto friccionado sólo y finalmente bajo la cortina de agua y la piel aún más blanca entre las toallas azules, veía sin mirar, sentados en el borde bajo, lajas pizarra del cantero del jardín frente a la plaza. Luego, se enderezó un poco, se puso aparentemente paralelo, se armó tomando aire, metiendo un puño en la otra palma acorazándose en la misma pregunta sorda que leía y repasaba, que habitaba en sus pies, oyendo el vasto silencio del coraje temblequeando en la mandíbula, interrumpido por una certeza que se crecía susurrando el miedo (“un maricón jodido, una mierda de marica”) odiando su cada vez más pequeñez que agiganta todo lo demás con las dilaciones, su poca altura y la circunstancia, la incapacidad para trasplantarla, para arrancarla de raíz como había hecho la vez primera que bebió de ésta tinta con las inocentes ortigas de la quinta hasta ver mezcladas la tierra y la sangre bajo las uñas; para lanzarla lejos, apartándola del sinsentido y pisotear los gusanos que ya veía aparecer, que siempre aparecen cuando y porque lo que hay se empieza a acabar, agarrar el pico y la pala y hendirlos en la ausencia de respuestas aunque no fueran las que esperara, algo, en su propia imposibilidad para entender un amor que no partió de lástima ni culpa alguna y apuñalar y espantar a la desdicha leprosa que los desmembraba torturándolos por no tener vocación de verdugo y les iba perdonando la cabeza permitiéndoles tener todo aquello a la vista. Iba aprendiendo de la resignación la crueldad para ir despellejando día a día el odio a sí mismo que va cubriendo indolente, bordeando con caricias babosas, la aceptación y la costumbre. Pasaba tercamente a no mortificarse por desear la muerte obvia y más probable montado en aquel moribundo destino, taloneándole las frágiles y enfermas costillas, torpe, olvidando detalles o más bien negándolos; sosteniendo en equilibrio circense la creencia de una posible vida sujeta al almanaque. Comenzar a abandonar la idea de la existencia de una posible inocencia notando los ojos más abiertos agazapados bajo el ceño cada vez más fruncido. En esas, entendió que aguardaba el último momento que su pensamiento tartamudeó impreciso e inoportuno pero cierto, definitivo; entreabrió la boca sabiendo que su aliento rumiado lo ubicaría finalmente perpendicular, jaló la cadena y esperó por el vendaval de buenas intenciones, de amor fraternal, razones pétreas, sabias conjeturas, de rabias contenidas y justificadas, toda una recua de mentiras y esquives para no enfrentar la intensidad que suponía, otra vez torpe, incestuosa, en un amor que no podía confesarse tampoco en su versión narcisista, e iniciar por este atajo otro tipo de vuelta, que restableciera la esperanza en el vientre de su hermana, que proyectara una descendencia portadora de aquella belleza serena, silenciosa y discreta, por todo eso más verdadera, perteneciente a los habitantes de la bruma y del bosque, a las orillas no frecuentadas de juncos altos, a los puentes de piedra, a los hongos del pinar y empezara a poner fin de un solo grito a todos los tormentos. Volvió a equivocarse, a pisar su propia trampa, no contó esta vez con otro detalle, que jamás debió aparecer y que no guarda relación alguna con la historia. Mientras maniobraba, siempre torpe, con su pesada cabeza hasta ponerla en posición y mantenía su atención en el impredecible tono del discurso que creía sería definitivo, se vió acompañado en el movimiento por el rostro de ella; y no fueron sus ojos cansados, dulces o amargos ni sus mejillas que conservaban la curva de la niñez mil veces sostenida en caricias, ni las manos parejas y sencillas o los pies descalzos, ni los dedos graciosos que movía descubriendo los tendones sobre el empeine. Lo que se le escapó, con lo que no había contado esta vez y que habría de llevarlo tan lejos más tarde, hasta el borde mismo del final perdido, estaba a su vez tan ajeno en su lenguaje, tan apartado de sus constructos mentales, indefinible e inclasificable como la humedad en el pelo recién lavado y pretendidamente vaciado del pesar último, reciente pero viejo y conocido, de aquella mujer borrosa. No había entrado jamás en discusión ni puesto en ponderación acerca de la vida y la muerte, de los compromisos y arrastres o la pertinencia de las decisiones del pasado, que una gota de agua llegaría en ese preciso momento desde la sien impenetrable hasta el borde de la ceja de Beatriz y que caería. Y ahí pudo haber terminado esa corta historia sin sentido aparente o real, pero no contó tampoco entonces con que sería precisamente él quien se quedaría junto a la pequeña gota pendiente del borde de la ceja mientras su hermana sostenía apenas el puente colgante que tenían tendido entre ambos. Aquella gota insolente pugnaría cuadro a cuadro en su desplazamiento y aunque pareció disolverse en la breve espesura del delicado borde, se rehizo, restaurando la esperanza en la suspensión de las edades y de las cosas buenas y perfectas, se reagrupó casi rozando las pestañas gruesas y luego se venció, se dejó caer al vacío, larga y lentamente, despeñándose contra la muñeca blanca y erizada que había empezado a sentir el aire de medianoche frente a la plaza y que por entonces ya recibía la atención de su par. Le llevó toda otra vida verbalizar lo que de esa manera supo sin dudas, habiendo encontrado la ventana que miraba al destino de su propio sitio, espacio que ya empezaba a resignar inexistente y mientras, entender que ambos amaban en líneas paralelas, hasta siempre, y cuando, fuera menester rasgarse y quitarse la piel por entregarla. Bastó una simple gota fría sobre otra piel que no la suya, portadora de la misma sangre, para querer arrancarse la garganta como a las ortigas.

El Viaje

El Viaje

El viaje hasta …, desde donde provenían las pulsaciones, tenía que hacerse; se estaba convirtiendo en desayuno, en peaje diario, especie de adicción a urgar blanqueando los ojos, echando en un espasmo hacia atrás la cabeza para tragar la cápsula alucinante de lo antiguo arcano atascado incómodo bajo abandonadas lajas y troncos añejados en la humedad amoníaca germinada por las horas salvajes. Reconocer y juntar las evocaciones lazadas a lugares comunes y frases hechas, los pretéritos imperfectos culpables de presentes indefinidos augures de futuros tan condicionales; toda esa biósfera acurrucada sin un lugar o un nombre propios que sigue levantando el índice tiránico, ocupando y colonizando los espacios que la voluntad va dejando vacíos, haciéndose cargo lacónicamente de soplar la veleta hacia donde indique ese apéndice de la indeterminación y timonear desde su engañosa insignificancia rumbo al destino hecho nave. Ese polvo estelar no-errante, tan quedo y decidido, oculto de nuestros planes goliáticos, presente en todas las cosas, sin el que nada es nada, con lo que todo deja de parecer, para ser: lo mismo.

Un día, de repente, todo se vió más claro. La historia se desplegó a ras del piso; nada por encima, nada por debajo, pintura; las fichas del puzzle, aún cuando no puestas ni ensambladas unas con otras, aún en aparente desorden, quedaban presentes ante la claridad mansa que las sobrevolaba, los ojos abiertos y despejados, la frente lisa y plana. Y todo era igual, inmisericordemente igual.

Los molinos de esa Mancha habitante de todo lugar cuyo nombre pendule sobre lo que de agrio hay en la memoria podían verse aún, de pie, a uno y otro lado de la carretera tendida como la piel de un reptíl, seca y gris, que va abriendo el sendero entre plantíos primero y después de la primer curva que parece no llegar nunca, entre novillos, borregos y cardos atravesando todo el campo existente para acabar en el mar. Los gigantes, indolentes, frente al desandado éxodo de tantos Quijotes vencidos, con dirección sur, sentido que el elefante moribundo de la derrota suele tomar, movíanse lentamente en el mismo silencio y sitio con la mirada oculta bajo el ala del sombrero chino, perdida en indiferencia extendida, anillo blando, capa de rocío detenida por un soberbio horizonte tejido con hilos de plata y de oro, almidonado con refucilos y relámpagos de otra tormenta eléctrica, venerándolos como a viejos e ilustres galeotes de la hermosa planicie flotante sobre una tierra que se adivina negra, generosa, eternamente cubierta de sembradíos, invisible, mítica, abstracta; vertida hasta el inasequible borde, circunferencia demarcante de una celda abierta al cielo correteado por las despeinadas condensaciones de agua obstinada a no abandonar sin término una historia demorada en dilucidar algún sentido, espectador colado a una gala con vista preferencial desde el palco trasero y cómplice del telón. Grandes conos blancos, esponjosos, de yeso, algodón o cal, recortados, nítidos; paternales guardianes de extensiones verde profundo de cebada, alfalfa, trigo, girasol y sorgo, bajo nubes atentas e incapaces de aspirar siquiera a la idea de ser contendientes de tan canos matices, las aspas apenas visibles, siguiendo los designios por momentos audibles, música de las esferas para su escena danzante de teatro Nô.

El punto y seguido de aquel recorrido: el viejo puente, había aceptado no sin resignación impresa en la porosidad de sus piedras, compartir su perspectiva con las brillantes copas del monte de Alamos y Eucaliptus que ahora acompañaba vigilante la dignidad constantemente plateada, gloria metálica chorreada de las lunas de marzo sobre el río lento e inquebrantable. Las flores estoicas habían ganado por cansancio desde la entrada al pueblo el derecho a recibir e invitar. Las sombras del ornato público antes espectantes e ilusionadas desde el borde de las aceras, como niñas sin permiso de cruzar y que ahora se extendían sobre la calle ancha, alcanzaban, exibiendo, una madurez que finalmente las justificaba.

A medida que ellos, visitantes de otro tiempo y espacio, se filtraban por el pueblo inmersos en la prudencia del sigilo iba incrementándose una sensación de convalescencia, cierta desnudez, atenuada en parte por la inexactitud de la maqueta en la que se transforma inexorablemente el recuerdo y porque el barniz del tiempo ha sido restaurado y modificado sin nuestro consentimiento o reparo. La belleza está hecha de una serie de hipótesis, la fealdad es real, decía Proust. La belleza de las imágenes mora detrás de las cosas; la de las ideas delante. De suerte que la primera deja de maravillarnos cuando nos parece haberle dado alcance a las cosas al intervenir algún otro de nuestros sentidos, mientras que la segunda no se comprende sino hasta que ya la hemos rebasado. Pero existe también un punto muerto, un tiempo neutro, momento vacío paradójicamente preñado de alternativas que se encuentra entre la imagen apenas alcanzada y la idea aún no terminada de rebasar; el ojo del huracán. La conciencia, entonces, interrumpe ese instante arriesgando una maroma desde fuera, por la misma dirección a partir de la cual abordamos, utilizando nuestra mente ahora más abierta, vulnerable y blanda, como punto de apoyo para girar sobre sí misma y caer ya afuera, del otro lado, recogiéndonos mareados por la voltereta y el vértigo y no sabremos realmente cuál es el verdadero lugar de cada parte, de cada elemento componente de esa dimensión que así hemos atravesado sino hasta que nos hallamos formado una nueva idea que desplace a la anterior sumando otro eslabón a la interminable cadena de cristalizaciones mentales de la que está hecha nuestra ventana a la realidad, cuento fantástico, tapete volador sobre el que dormimos, con el que soñamos o quisiéramos de una vez por todas poder olvidar.

Meses atrás, años, planeó y decidió entrar y detenerse en la plaza del pueblo, que como todas las plazas de pueblo comparten el espacio con el banco, la escuela, la iglesia y también en este caso y no por ventura, con su casa natal. Había previsto además, se había dejado llevar, permitido, que el ensueño miserable de volver a aquella tierra de mujeres grandes y desparejas se le adelantara algunas páginas con todo y sensaciones, con toda la posible acidéz de estómago; que estando ahí sentiría el aire ardiéndole el pecho, atravesándolo, ablandando las resistencias construídas para la sobrevivencia sin todo aquello, sin lo que sabía que había desaparecido y sin embargo hurgaría en vano; que se había desplazado a rincones inaccesibles, a un olvido autoimpuesto durante un lapso que sentía como tanto tiempo, y ahora, en ese futuro absurdamente obediente, imposible, de dados escogidos y colocados, frente a esa última puerta al dolor más atróz, el del miedo a perder la razón, cuya esencia no es posible dar con el lenguaje sino solamente a través de su patetismo, él ahí detenido, los oídos sumbándole la indefinible pena del último límite, clavaría su mirada en las betas como carne vieja al sol, de las lozas de piedra arenisaca que aún cubrirán la plaza buscando desesperadamente alguna hormiga colorada, algunas flores de espumilla rosa esparcida y depositada en las grietas irregulares o tiritando su delgadéz al acaso del aire, dándose un respiro y valor para izarse encima de ellas, virginal, descalzo, implorándole a ese microcosmos de bordes ennegrecidos de miedo una lectura mapeada sin tener dudas respecto al orígen de la debilidad que sentiría en las rodillas. Las imágenes tantas veces repasadas en la memoria lánguida desvanecida y ablandada por un sol inclemente y exagerado habrían de luchar por acoplarse en este otro atlas cuajando la atmósfera de chicharras en un aire resistente, denso como el viejo viento sur de las tormentas. Ya no habría más misericordia, ya no se postergaría una vida más ondear el estandarte en la primera fila, allá, en la cima del tiempo alcanzada y luego cedida, sin decir palabra, sin escribir “por nada”, aunque no lo recordaran, aunque tuviera que entrar en justificaciones, argüír subnombres, plantar árboles genealógicos, aunque tuviera que voltearse sin mirar y señalar sin ver tras el busto del prócer sito en medio de los ceibos los llorados ladrillos pulidos de la casa que vió nacer la secuencia y la saga. Debería batallar arduamente para aceptar y perdonarse por haber sido capáz de separarse del presente de aquella escena rayana asido únicamente a un pasado lamido por la abrasiva memoria al que en algún momento de su inconciente infancia concedió su pertenencia para poder ahora permitirse su propia, voluntaria y momentánea devolución, sin pensar demasiado evitando no torcer ante el arrepentimiento, no vencerse frente a la inutilidad, a sus canas impresionistas, su flacura de derrota, su belleza estúpida hasta el hartazgo pintada de promesa y embarnecida absurdamente magra bajo otras sombras, menos oblicuas, que ni pisoteándolas con toda la rabia, ni escupiéndolas de toda bilis parecieran separarse ya un centímetro más de su causa, marcando el penoso alcance de sus metas prestadas, manoseadas y amarillentas de engaño, inconstancia y deslealtad a sí mismo.

En la radio del coche estaría terminando de cantar una mujer de quijada tensa y vocales trenzadas en lamento y queja sobre una lengua que un vuelo apenas liviano, aire del batir las alas una mariposa, pudiera hacer pandear entre las olas sellando su cadencia. Una voz lisa y queda se le empalmaría hacia el final en el repique árido de lo comprensible, hablando de Lisboa y los “fados”. Marinero que se fue y no vuelve, mi madre y este hijo tripulante del polvo de mil derrotas, ciego Odiseo sin valor ni tino; corazón blando y roto preso en el ombligo de la luna: “Has de saber que no hay rumbo posible tras dos mil y quinientas noches sin la cruz del sur, sin olor de aire de mar, mar mariposa quieta del verano, mar dulce sal océano antártico”.

Mica

Mica

Micaela tenía los ojos menguados de haber visto pasar lo que ya sabía y sin embargo. Ese era su molde, eso encontraba a cada vuelta de esquina, ese era su cobijo que exponía a lo que creía no estaba en ella sino afuera. Esperando que nos vengan a salvar, lo único que puede pasar, lo que reduce las probabilidades al singular, es que se nos pegue más de la misma peste de la que nos queremos deshacer. Si recoges al pajarito del ala rota y lo curas y lo cuidas no te olvides que lo que cuidas y curas ha sido hecho para aquello que da sentido a su ser. He visto pájaros sin cola vueltos perros rengos y viejos cobijarse en vacas sosas de mejillas sonrosadas y ubres calientes y afelpadas. He visto zoológicos del desatino y la desesperación. Todo el tiempo veo galgos perdiendo irremediablemente contra el tiempo. No hay ternura posible ni paz forzosa que desvíe un solo milímetro el sino autoimpuesto por conmiseración.

De cabellera rojiza y rizada, contrabandeada por madre desde alguna playa vikinga, pantalla a un rostro sereno y translúcido como de holograma, rasgos aéreos, suspendidos, independientes, nariz pequeña y graciosa que (mujer de principio a fin) sólo ella cuestionaba, sonrisa que le flotaba en toda la cara y el cuerpo; una sonrisa que había moldeado con sus propias manos al amparo de unos niños sin edad verdadera que le iban enseñando ahí mismo, en su propio taller, paciente y despreocupadamente, que lo maduro cae y lo caído ya no cuenta; mueca protectora contra aquel mismo tiempo que giraba repitiéndose y perdiendo trazas de sí mismo como si fueran astillas, como frutos de un árbol asolado por el torbellino en el que de repente se había convertido el último e interminable tramo de una vida empezada a sentir como no propia, que aún manejaban unos poco hábiles titiriteros más ocupados en recoger lo que se pudiera rescatar del suelo y bajar lo que aún se mantenía en pie que por los hilos enroscados en sus dedos o arrancados a sus olvidadas marionetas. Tal vez conserve el aura azulina y un tono beige de textura indecisa entre el afuera y adentro de la piel yodada. Había en aquella casa suya de mediados de siglo que abitaba, unas gatitas oportunas y adecuadas que perdonaban y justificaban su perpetuo monólogo interior dejado caer ya quitada de la pena y recogido siempre con buen sentido del humor, cariño loco o ternura descarnada (combinaciones abiertas que ella misma barajaba con indolencia) y que cada vez más iba tomando la forma de un diálogo. Gatitas a las que un perro triste ladra y ve, flotando, a la deriva en la orilla de un mar mañanero con viento norte. Ladridos como maullidos. Ella y Marcelo; ya no importa, siempre y cuando haya otra vida después de ésta y se crucen antes de ser cruzados, antes de que empiecen a formarse las nubes y borrascas, después de haber aprendido a librarse del lastre de no saber aceptar que las fracturas y los males ajenos no forman parte del paisaje propio y que, como me dijo Carlos Alberto, cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada. El momento de emprender el vuelo es aquel en el cual apenas se lo atisba, se lo intuye. La ropa ha de estar siempre limpia y ordenada y las maletas al alcance porque ya no hay tiempo. Cuando y hacia donde el corazón palpite es el momento y la dirección; no hay más. Martes de madrugada, el último tren corría.

Cada cosa o hecho, cada partícula: paltipa, en infinitas direcciones por lo que la realidad que esa cosa, que esa partícula desencadena deviene en una miríada de posibilidades inasibles, vaporosas, y cada una de todas esas posibilidades están latentes en ese ser mínimo, primario, para desarrollarse y expandirse o simplemente no hacerlo, pudiendo conservar esa especie de estado larvario indefinidamente, que expone lo inasequible tanto de su fin como de su principio, de su necesidad y futilidad simultáneas e inherentes.

Marcelo no supo el desenlace de la historia sino hasta que (como el Cucho) dio con tierra una vez más; esta vez con tierra extraña. Y no tiene la menor importancia si la tierra es propia, conocida o ajena. Polvo es polvo; una vez hallas aprendido a morderlo, a tomarle gusto, querrás ponérselo hasta en la sopa para asegurarte una derrota conocida y no aventurarte al pavor de que la vida contenga una pósima aún peor. Fueron los mismos ojos color miel, mismos rizos, aquel sabor a sangre liviana en labios de una sonrisa que fue poniéndose del otro lado hasta apagarse, los que una vez más llevarían a Marcelo sin una oreja y tras una vuelta de honor en silencio ni público, arrastrado al burladero después de una no muy buena estocada. Onetti dice algo acerca de las mujeres en El Pozo que no juzgaré aquí: que el espíritu de las muchachas muere más o menos a los 25 años, pero que muere siempre y terminan siendo todas iguales, con un sentido práctico hediondo, con sus necesidades materiales y un deseo ciego y oscuro de parir un hijo.” (sic)
-¿Por qué no haces otra cosa?-
La pregunta (evidentemente retórica) siempre viene de ese espíritu sobreviviente, siempre formulada, demandada y demandante por una mujer o por lo femenino (misoginia? mis huevos!). Y es que no hay dignidad alguna en la sobrevivencia. Pregúntenle a los caídos en los Andes. Hay muchos otros valores: heroísmo, determinación, hay hasta fe, pero dignidad?: la de los muertos. Sueño con que un día el Minotauro dé con el hilo, lo siga y llegando a las puertas del laberinto se encuentre con Ariadna y se la trague no más por despecho; ella ya no era una doncella. La sobrevivencia es hembra, a veces torero, el tiempo es siempre, siempre, lodo.

Llueve

Llueve,

hace frío, no hay deseo; mejor mañana. Pero las voces insolentes de allá afuera obligan. Es noche, tarde; en el murmullo hay algo marino; se aleja, sube, baja, vuelve. Llueve, hace un poco de frío, no hay deseo, mejor mañana, ahora no, mañana.
Gatti, Lotti o Mangini. El nombre era igual, así, italiano. Estaba buscando algo, quién sabe. Algo con la tierra, algo encomendado y que le había perdido a sus padres o abuelos, una fijesa, al pasado, siempre el pasado; del exilio (otra vez), o de la distancia que es casi lo mismo. Sentía una extrañeza de molde, una falta. La tierra, no había mar en la pesquiza, había tierra, quería que hubiera tierra. Soy del campo, sé de lo que hablo: he visto esos ojos. Afuera Enero chispeaba. Me buscaba, me encontraba muy rápido, muy fácil y no era eso, no era yo. Una brecha, dos generaciones, tal vez tres o más. Volteaba a ver por sobre su ombro, no había nadie, estábamos casi de frente, próximos; había humedad, se veía en su cara y en su pelo, yo las respiraba, las olía a ambas, a ella, a la humedad. Estaban frías, era noche, tarde, hacía frío. Las voces iban y venían, pero no era mar, era tierra, estábamos solos y las voces. Se levantó un poco de viento y las voces como los pájaros, revolotearon un poco. En su pelo erizado esta vez olí mi propia cara. Ahora sí era sal, el viento la trajo, trajo el mar en mi cara, pero no era eso. Yo no lo sé, la búsqueda era suya, qué podía yo saber? Sólo adivinaba para poder estar ahí, para decirme que entendía el silencio, que oía el rumor de sus gestos. Me sonrió algo tartamuda; el aire gomoso nos quitó del sitio o más bien desvaneció el entorno poniendo agua de borrasca por todas partes, la suspendió, rayó los vidrios. Fue el momento para corregir, aprovechó y se recompuso; sus ojos tintineaban, dejó de sonreír, hubo un escalofrío o dos, articuló sus dedos, los destrenzó. Tenía rojas las manos y me perdonaba. Me estaba dando lo que no tenía ni sentía porque también se puede. Sabía lo inútil que sería de otro modo. Estábamos solos, ella, la humedad, las voces, yo. Me fui cortando pero ella no quería porque de alguna forma que no supe la estaba acompañando. Me quería ahí. Me quiso, quizás me quiso (sé que me quiso). Más tiempo, ambos lo hubiéramos querido, también es cierto, pero tampoco era eso, era algo con la sincronía y era sin dudas una falta de entonces, de aquella vez. Lo que no traje, lo que no le ofrecí, lo que no quiso tomar. Un reproche de riesgo innecesario ponía en evidencia el miedo y metía al viento impúdico bajo sus faldas. Ahora nos rodeaba el viento, el agua minúscula y un suave murmullo. No dejaba de ser noche, tarde, lloviznar o hacer frío. Gesticuló, giró los ojos haciendo un arco hacia arriba, le dió un poco de vergüenza, volvió a hacer su revisión sobre el ombro; ahora podía volver sobre mi, ahora sería mi turno.

Un Domingo a finales de Julio

Un Domingo a finales de Julio,

Alfonso estaba parado, con sus brazos de manos largas y fibrosas colgando a los costados y aspecto de presa fácil para el viento, con su hierática pose, enfundado en una ridícula gabardina alemana color crema cuyas mangas no cubrían sus muñecas y atento sin embargo, como un cazador (que intentaba ser) al menor movimiento para captarlo y luego tan solo y sin más, dejarlo ir; su inteligencia era brillante pero no lo suficientemente fuerte o compacta. No es suficiente, no se vale por sí misma, la inteligencia es un ser desvalido, es menester amasarla para que leude y hornearla para que sirva para algo; hay también en la inteligencia un componente físico, algo muscular imprescindible sin el cual se vuelve asfixiante, constriñe, como una enredadera; Alfonso no estaba respirando bien, no fijaba su atención lo suficiente para poder dar el salto y hacer la captura. La novedad lo abrumaba y atraía con un frenesí que no parecía natural, que se salía del común entre aquellos ribereños; hay de direcciones a direcciones y algunas de estas no señalan tanto un destino como un orígen del cual se quiere escapar. Lo había tenido todo, sin embargo no le resultó cómodo y a la corta no le quedó nada. Relacionar aquel todo consigo mismo, el orígen de aquello con los suyos propios y con su entorno, le resultaba una empresa que prefería abordar desde el absurdo; la intuición le bullía tanto como su gran capacidad para meterse en problemas saliéndose del pasado al cual inexorablemente volvía, como Micaela, como todos, como huye la sombra cuando la perseguimos, como nos persigue pegándosenos a los meros talones cuando le huimos. No es lo mismo jugar rápido que jugar apurados ni es clara la diferencia. No reparaba demasiado en los detalles; amante futurista de la velocidad, la máquina, las sensaciones fuertes, los colores químicos, todo lo que no tuviera nada que ver con el momento ni el lugar; no pisaba su planeta. Aquella tierra, aquellas aguas, se volvían irascibles, retrógradas en sí mismas pero no guardaban memoria de ello; en cambio ardían de confusión y cólera cuando algo a lo que no le reconocían el trote galopaba sus lomos. Poncho pasó de muchacho divertido a borracho desprolijo cuando la tierra le incautó lo que él mismo quiso que le fuera privado porque como alma viva que estaba, exigía verse cara a cara con quien le habían dicho él no era. No exigió factura pero sí que se la pasaron.

Otra importante especialidad de aquella Casa es el éxito con el cual sus habitantes fabrican y colocan minas; la producción es también muy notable. Todos saben de no más dos o tres cosas sin las cuales no hay postre; concentran su afán en algo más que los reúna espalda con espalda; todos saben hacer y colocar minas aunque nadie recuerda ni cuántas ha hecho ni dónde las ha puesto y activado, así que andar en puntas de pie o no andar se ha vuelto también una autóctona costumbre, una coartada mil veces repetida, una verdad.

Conoció la playa de la ciudad donde vivía a la vuelta de Europa desde donde se volvió porque ya le empezaba a arder en la espalda alguna imprudencia de las que se instalan para no abandonar jamás el mojón de jorobado: había hecho un hijo; hay viajes sin retorno: uno es el del espíritu, el otro el de la carne. Uno empieza a extrañar hasta al enemigo más odiado –había mentido para justificarse por la vuelta-. El aire ventila la casa y la renueva haciéndole cambiar la página; demasiado aire, sin embargo, puede barrer hasta las huellas de la reminiscencia, de los surcos, de los rastros de la ida; comerse las migajas que orientan el retorno. ¿Por qué tenemos que ir tan lejos para estar acá? Cuando conviene hay que dejar las formas abiertas para que las cosas fluyan y cuando conviene también, hay que cerrarlas para que no sigan jalando. Por eso al volver, porque ya nada jamás es igual, giró su atención a donde nunca antes y encontró un marco adecuado al sosiego al que fue impelido. Unos queriendo entrar, otros salir.

Ya conocía a unos cuantos. Con Marcelo desde la preparatoria incluso habían intentado armar un perfil, una coreografía alterna y como siempre con el Chelo el momento no fue el oportuno. No lo era para nadie en realidad, no para las certezas, no a los diecisiete años, no para la mezcla de esperanzas y traiciones que se cocinaba en aquella olla a principio de los ochenta, con aviones Cazas desgarrando el cielo y Gurkas sanguinarios masacrando niños en una lejana isla abandonada por el león y la rosa, usada torpe y obviamente como madero de un naufragio agónico de los mismos que hicieron los agujeros por donde se colaba más y más el agua y la sangre que se les fue de las manos y que ahora retornaba a ellos cubriéndoles las botas y espesándose como siénagas. Eso fue apenas el principio de un final. Tiempo atrás se juntaron los músicos por la tonada; hoy nadie canta igual que ayer, repetía y se quejaba el Jaime.

El agua ya le empezaba a escurrir por el cuello, Alfonso se estaba mojando en las consabidas lluvias de otro temporal de invierno sin que le pareciera importar, como si reconociera en lo líquido también el sitio al que la lluvia y él pertenecían por ahora, como si ésta no fuese agua caída del cielo de la tierra sino únicamente de ese pedazo de techo de medianoche tormentosa bajo el que estaba parado con su ridícula gabardina color crema; un agua con un tono y un olor propios de ahí, con una temperatura sin estación y una suavidad que sólo es y de la que sólo goza su enamorado, lisura que quiere más quien más la ha querido y deseado, caprichosa forma de la nostalgia empecinada en mutar lo necesario hasta colarse tesonera y pertinaz, por los poros de la añoranza.

Mientras tanto el Gordo urgaba entre su sinfín de llaves para cerrar la puerta y salir a la lluvia ventosa aquella noche en que después de llegar de Europa finalmente Poncho se decidió a emparejarse con la esperanza puesta en gentes a las que deseaba descubrir como a El Dorado.

Fue en aquel abrazo que Marcelo tuvo la primer sensación de su propio destino; de ser un organismo de barro, de cara de tierra. Marcelo nunca terminó de entender por qué algunos lo buscaban como náufragos, por qué era a él precisamente, al que acudían en busca de aquella idea de orden en la casa, de aquella especie de serenidad que parecía bajarle desde la frente y que entregaba con unas manos que siempre vió como mayores, más viejas que al resto de su cuerpo, nacidas con una edad ignota, perennes, tan hábiles y firmes a la vez, manos que cuando niño le avergonzaban un poco y prefería mantener algo ocultas y que por estas fechas comenzaban a despuntar, a disputar su partido en un juego cuyas extrañas reglas y participantes empezaba ahora a aceptar encogiéndose de ombros; manos que habían sido objeto de descubrimiento y alago de unos ojos y una boca como los que hubiera querido poder querer y que sólo pudo recién sustituír por otros tristes, color miel y otra boca de niña sola, cuando pareció que los perdía para siempre. Aquel abrazo con Poncho fue también el hallazgo de la auténtica alegría aletargada, oculta en alguna caja nunca abierta hasta entonces desde la última mudanza hacía ya diez años y del valor genuino que sólo la amistad en su agónica esperanza de humanidad verdadera, recobrada como se recupera un tiempo perdido, puede y daba a la vez el banderazo final y de largada a dos etapas cuyas conclución y apertura respectivas parecían haberse estado postergando por un siempre mal tiempo.

Una tarde en que ya nadie se acordaba que el verano aún no había terminado de partir y en la que arremetió otra tormenta menos probable aunque impune, los entonces tres pubertos descargaron algo de su energía corriendo contra el viento y el agua, pateando hasta lo más alto una pelota por el gusto de verla irse con las inclemencias y constatar sus poderes a cara descubierta, metiéndose a un mar chocolate de olas erráticas y desparejas sintiendo la inmortalidad de la piel y cargándose de una felicidad que en algún momento debió retribuir el universo a la inconciencia y al goce.

Con un brío diferente a aquél salieron tres jóvenes esta vez a un agua melliza cargando ahora un alma ya transida que los trajo rápidamente de regreso a la guarida prefiriendo la aventura de un cuento, de una literatura, que a las inclemencias tan maternales de la naturaleza. La lluvia golpeaba en síncopa rompiendo su propio ritmo sobre los enormes vidrios de la sala en penumbras apenas iluminada por los focos borrosos de la calle batidos entre el agua y los árboles locos despeinados, y desde dentro por las brasas palpitando en la chimenea. Sobre la calle negra y brillante, tras las ráfagas del aire empapado, aparecía y se volvía a sumergir el lomo irisado de un cocodrilo. Ahora eran tres australopitecinos gimiendo un cansancio somnoliento en torno a la hoguera una vez puestos al día en las geografías, los tiempos y distancias de un viaje relatado que cada quien hizo a diferentes alturas del suelo equilibrándolo con tinto, queso, chorizo, pan de ajo y un poco más de tinto.

El Viejo II

El Viejo II

El Viejo, que había estado todo el día esperando para compartir el descubrimiento, como un niño excitado que hubiera descubierto un nido habitado, fue directo a sacar un libro grande y pesado de entre otros tantos que prometía colores e idiomas. Su sótano amplio estaba casi todo rodeado por una cantidad enorme de libros y piezas pequeñas, simples, cuadros, esculturas y maquetas de cartón, metal o barro de vigorosa belleza, Arte Grande (gustaba llamarlos). Cargó aquel libro hasta la mesa dejándolo bajo una luz que apenas competía con la que iluminaba cenitalmente al caballete que sostenía esbozos de una frase ahora apenas legible de lo que parecía ser y sería, como todo allí, otro retazo más de su vida. El Cucho, no pudiendo hacerse el desentendido sonreía nervioso; era su reacción ante lo que, a pesar de saber, sería algo inesperado, acostumbrado a trabajar con color, que al igual que los hechos se renueva en cada toque que lo produce, como al placer. Billy pingponeaba entre el libro y el Viejo con una contención que a Marcelo le divertía y tranquilizaba prefiriendo por su parte recibir lo que vendría a través de los gestos y reflejos físicos del Viejo porque las lecciones que ahora buscaba no estaban en lo que enseñara como maestro sino en lo que de sí mismo mostraba en esa elección abofeteando una vez y otra también la realidad que testaruda y obstinadamente nos solemos presentar como obvia y carente de sentidos ulteriores, tan agnósticos, tan laicos, tan putridamente secos. Imperturvable en su niñez invasora, el Viejo abrió el libro y comenzó a buscar, supuestamente, la página; siempre niño, se entretenía en cada una con asuntos e imágenes totalmente disímiles e inconexos, o dudaba si era más adelante, más atrás, o si era aquel el libro que quería mostrar o era otro. Billy sufría; el Cucho se carcajeaba por lo bajo moviendo las ombreras de su saco pie de pull y Marcelo se deleitaba fascinado por el despliegue de las muecas sutiles que cada página provocaba en el rostro de aquel hombre que musitaba a la vez que pasaba sus dedos seguros y secos sobre las hojas satinadas haciéndole evocar en un lugar de la dermis de Marcelo al cual ahora no tenía axceso y en el que estaba involuntariamente atesorando de forma vertiginosa los recuerdos que partirían por ahí escondidos y que asaltarían el sueño unos años más tarde, al médico de cabecera de su familia cuando niño: un hombrecito frágil, ya muy grande para seguir auscultando flemas de niños demasiado inquietos y sanos a los que mantenía dóciles con una tersura de trato y una suavidad de movimientos que apaciguaba a las bestias, haciendo que finalmente toda la familia se ocupara y preocupara más por su salud que por la del supuesto enfermo, treta con la que conseguía espantar los males de los cuerpos y de las almas.

Cuando la página por fin apareció era en blanco y negro; se trataba del retrato fotográfico de un, entonces, ya viejo pintor estadounidense o algo así al que el Viejo, en realidad se parecía pero no más por coetáneo; el retrato era sencillo y magnífico, una gran foto. Si el pintor era bueno, malo o regular, si estaba acertado y claro en su propuesta o si se trataba de un completo tarado no venía en absoluto a caso ninguno. Lo que tenían por delante era la figura de un hombre que exponía en su semblante un historial de lucha interna no ya con la pintura o lo que fuera que hiciere aquel individuo de aspecto frágil, sino más bien consigo mismo en un brutal esfuerzo por salirse de su atorada y aterida carcaza, de exponerse, inútilmente obediente ante un artefacto personificante de un tiempo ya fuera del tiempo por él reconocible. Podía leerse en aquel plano americano como si se tratara de un sismógrafo la suseción de vacilaciones, resoluciones, pérdidas, las vueltas, el coraje, la codicia, las neurosis. Dejaba imaginar el posible aroma a lavanda de la ropa, las contracciones de su cara al enfrentarla al sol o la cantidad de azúcar que le pondría a su café por la mañana. Hay, por ahí, muy buenos retratos. Este venía siendo uno de ellos. Pero la elección de éste por el Viejo no era lo que lo hacía mejor que todos ni que muchos otros, pero sí lo volvía carne viva, médula atesorada en una cajita de música sobre la cómoda del cuarto de unos padres que vivieron épocas de vacas gordas. Le quería hablar, a él mismo y a aquellos tres, del tipo de franqueza sencilla y dócil, aparentemente manejable, que tras venir aún sin forma ni sentido a la mente y cuando apenas ve luz por la garganta se vuelve una miasma espesa de vértigo y volúmen humedeciendo los ojos, como si se transformara en un camino polvoriento que no lleva la dirección y sentido correcto, senda abandonada, yacente quieta, atiborrada de maleza, piedras y curvas balbuseantes y que termina contra un alambrado tumbado y fofo jamás retado ni obligado a ejercer su rol absurdo.

El Viejo estaba empezando a aceptar esa etapa de la vida como lo que era: la última, aunque esto pudiera significar durar veinte, treinta o cien años más; pero sea como sea, primero hay que aceptarlo y una vez brincada la barda del valor, hay que admitir que una nueva etapa, aún en la vejez, implica cambios y tales cambios, aunque nada más sean probables, también involucran replanteos, rediseños; el Viejo estaba buscando modelos para sí mismo con los cuales compararse, con los cuales identificarse como hemos hecho y hacemos todos todo el tiempo cuando perdemos la referencia del espejo y bregamos por el auxilio de un pasamanos. Pensaba en la muerte, volteaba a verla por encima de su ombro izquierdo; enfrentaba el diálogo, pedía opinión al mejor consejero; y concluía que quería seguir vivo; sólo la idea de la muerte da al hombre el desapego suficiente para que no pueda negarse nada; quería verse a sí mismo sin importarle mostrarse tan vulnerable, desvalido. Patético es cagarse en los calzones y silvar distraídamente creyendo ocultar la incontinencia y pretendiendo que no hay diferencia entre el olor y el sonido. Enfrentar cada etapa de la vida con el corazón en la mano es síntoma de una vida que aún cargada de ingenuidad, vive en un alma que ha valido y vale la pena cada vez más pase el tiempo. Cerrando un poco forzadas las comillas de aquella turbulenta revista, susurró, desde la siempre disfónica dulzura de un pobre anhelo, como eligiendo una mascota:
-¡Mirá qué viejo hermoso!

El Viejo

El Viejo

Cuando hay tres es siempre dos y uno, y esa relación puede irse rotando, a veces. Va mucho en cada quién o quiénes; Marcelo no podía decidir alguna complicidad teniendo al Cucho y a Billy por delante; no poder decidir puede traer la felicidad también, resulta liberador; sabía desde antes de entrar con el Viejo que no tomaría decisión alguna y que además se saldría de sí para poder ser testigo del buscado encantamiento. Estaría pendiente de Billy (lo había invitado e insistido y se sentía responsable de que estuviera ahí y no rastreando la aureola fría del cielo al Este del cuarto creciente) y del Viejo, no más porque le gustaba cuidarlo (como le hubiese gustado cuidar al abuelo que ahora extrañaba empezando a entender por qué tánto y por qué ahora). El Cucho tendría en él al compinche de absurdos madrugones para esperar lo que el sol arreara bajo el agua hasta las rocas de la escollera: se entendían con sólo verse.

-¿ya vieron la luna?
-mañana va a haber pejerrey
-primavera rara…sin viento…
-a la hora del crepúsculo no hay viento (dijo el Viejo mientras abría la puerta), a esta hora sólo hay poder.

El Viejo tenía como veinte mil años pero repartidos en trescientas reencarnaciones, y se encontraba apenas entrando al final de una de ellas, lo que le otorgaba una apariencia septuagenaria de sorprendente vitalidad. Parecía haber adquirido ciertos hábitos laberínticos, babilónicos, mesopotámicos, de la existencia primordial, de la humanidad completa; el Hombre, ecce hommo. Dar con él implicaba ir en procesión al centro del caracol. No estaba lejos, estaba escondido donde siempre, ahí, cerca, al alcance. Se dice muy fácil, pero no se llegaba simplemente yendo; había que prepararse un poco, había que limpiarse, estar en disposición de abrirse, alerta, conciente, a pesar del viaje en el que se perdían las nociones y se ganaban acertijos, se sumaban sombras propias y sombras proyectadas. Su casa era limpia, grande, un poco hacia abajo y más aún para arriba. La habitaban el planeta y el siglo. Allí dormían el ayer y el ahora sobre una alfombra mágica, y Duda, la gatita siamesa sobre cuyo nombre no hubo, nunca, una deliberación definitiva, testigo viviente del tiempo circular, prueba de que todo en esta vida, hasta el propio nombre es polvo estelar errante y que sin embargo las coincidencias no existen; la máquina de escribir cósmica deja caer sus teclas imprimiendo signos en el testuz de las partículas, los seres y las cosas y la gran paciencia universal se entretiene formando palabras, diagramas, verbos, circuitos, oraciones, complejas estructuras semánticas y sintácticas en este gigantesco plato de sopa de letras. En cada paso, en cada movimiento así sea éste un simple pestañeo, está escrita la historia toda; podrían habernos enseñado o señalado cuándo sí abrir los ojos, cuándo vale la pena; a distinguir lo principal de lo superfluo, pero, ¿quiénes pudieran haberlo hecho quitados del prejuicio complaciente hacia el ego de una libertad que no termina nunca de saber a ciencia cierta qué es y cuál es su substancia?, ¿quién tuviera la quemante certeza para poder separar la paja del trigo, el Viejo tal vez? No, el Viejo no; él también había aprendido a temerle a aquella convicción que había mostrado Don Joaquín y que tan caro le costó y aún paga su memoria. Pero tiene que haber siempre un viejo sabio, un maestro; cosa entre hombres. La primer materia en la escuela debería ser Humildad, la segunda Autodidaxis, la tercera Deconstrucción, la cuarta vendrá después.

Geografía e Historia

Geografía e Historia

El Cucho tampoco jugaba al fútbol. Su “historial clínico” era algo complejo y recurrente a la vez. Le habían hecho sonar el fuelle en las primeras de cambio y no se terminaba de decidir por la cauterización o la exposición de los raspones. Parecía estarse enderezando, mostrando cierto linaje y constitución. Descubrió, como se descubre siempre, a través de la carne y la osamenta, que el golpe es también la manera que usamos para dar con tierra al caernos del catre y para comenzar, ahora sí, con la historia. Algo tan simple, como todo lo que es simple, no resulta real o creíble; la conclusión se vuelve tan obvia que reta a la inteligencia. También tenía otros hábitos y una testarudez gallega necesaria cuando el corcho no quiere abandonar el pico; así que el Cucho descorchaba, se bañaba varias veces al día, vestía elegante, siempre rasurado, no usaba el transporte colectivo y pescaba. Quien haya ido a pescar, quien haya sido convidado a revivir el antiguo vínculo con el arcano origen, quizá pudo advertir la gran lejanía que el pescador en realidad mantiene con los peces y con todo alrededor suyo en esa especie de trance al que penetra al proyectarse en el sitio y, en cambio, la proximidad casi obsesa, fetichista, respecto a la siempre mágica caja de objetos y herramientas implicados. Poner la carnada en el anzuelo y encender un lirio pudieran ser dos y una misma operación cargadas de sentidos análogos; ver las nubes, leerlas, leer el viento, oler la brisa, advertir las corrientes y los sutiles cambios en el color del agua, recordar la hora y altura de plea y bajamar equivale a saberse las oraciones, a esa forma de comunión con el pasado. Si hubo pique o no lo hubo no se relaciona con la olla para la comida sino con la sapiencia proveniente del corazón mismo de ese pasado para ser uno con la naturaleza, con el rito, con ese borde del universo humano que el cazador de peces palpa y hurga con sus sentidos, predice y verifica con sus líneas, la orilla; ir hasta la orilla es una forma de llegar, de alcanzar el centro. Seguimos pintando en la caverna y eso no tiene relación con el bisonte, como pescar no la tiene con el pez; no se trata de firmar un cheque; el Banco no me dice lo que soy sino cuanto me queda. En la inagotable paciencia del pescador, lo que queda claro es que la lucha no es con el tiempo ni con la cantidad. Contra la pared rocosa, de cara al mar, esperamos la reverberación del eco con la esperanza vana y el corazón inocente de que en sus ancas emprenda el retorno nuestro verdadero nombre.

Del otro lado, la otra orilla. Entre ambas un río enorme, ancho; en lo ancho no hay lo profundo; hay lo desparramado, lo que no cataloga sino arrasa, barre y empapa. Con todo, dos orillas y agua es suficiente para crear un mundo, con ombligo, víceras, enfermedades congénitas y subconciente propios. Un organismo vivo que lucha por decidir si existe o no existe una línea, una decisión, y mientras tanto se especula en su existencia, otros ya se adelantan a señalar el origen de esa geometría. Unos que de aquí, otros que de allí y nunca falta el justo medio que sitúa la razón y el nacimiento en otra parte, fuera de un contacto posible, en un lugar que nos vuelve aún más sapos sin pozo; juicio que al ser pronunciado electrifica el aire y los cabellos de quienes hacen balance con sus vidas, de los que necesitan ubicar el puerto para recordar cuál era el color del bote del que se bajó su abuelo o por lo menos qué bandera tiene el barco en el que la historia ha de seguir. Ese umbral tiene la manía de traer bajo el brazo, entreverados en versos mal habidos, colores deslavados con formas primas de bordes trazados a pulso, se viste con la sonrisa de la más impecable belleza con la que monta una bruma de fascinación en la que todos caen y lloran y ya no hay faro alguno que guíe el rumbo a la otra orilla ni la vista al de al lado y bien poco importa porque ha hendido la trapera puñalada en la espalda del sentido y se escapa en la carcajada de puños apretados montando un alazán, noble potrillo, que justo en la raya afloja al llegar.

Mar y Cielo

Mar y Cielo

El tipo estaba en un buen momento y quizás eso precisamente era lo que le traía inquieto, confundiendo ansiedad con apetito el cual no satisfacía como parte de una dinámica franciscana mamada por generaciones. La venía librando sin saber muy bien cómo. Se vio de repente donde se había imaginado apenas y con cierto estupor, más allá de la especulación del sueño y la fantasía; creemos saber lo que nuestro corazón anhela pero eso no es verdad y verlo, ver lo que realmente deseamos con el corazón, verlo y aceptarlo es, quizá, lo más difícil de todo: ponernos de acuerdo con nosotros mismos; podemos pasar toda una vida bregando por alcanzar algo que creemos está en nuestro corazón cuando en realidad ahí hay un geroglífico, algo que primero es menester descubrir y aceptar; probablemente hubo alguna ilusión de la que hasta un poco de pena sintió pero a veces los sueños resultan ser el único material verdadero. No había tenido otros; no se nos impulsa a soñar sino a provocarnos una muy decente úlcera que pueda eventualmente compensar la felicidad de un posible logro, que atenúe el sentimiento de culpa por si llegamos a ser felices; y ahora, éste simplemente ocurría como la lotería que ganamos con un número al que no jugamos, con un número que no lleva la encomienda de nuestros afanes, que encontramos tirado en la calle: ¡ah, los merecimientos! La abuela vestida de negro, cabello blanco y zapatos de hace décadas, testigos mudos, fieles, muertos, de la última menstuación, atravesando la plaza con la espalda encorvada hacia varias dimensiones, yendo a cumplir con el interminable castigo divino de haber nacido y estar aún sobreviviendo a los mejores que siempre se van primero.

No tuvo tiempo para acomodar la baraja y menos para leerla. Como en una especie de brinco de plenitud quiso aprovechar ese impulso para volar más lejos creyendo poder cargar así con lo que él era aunque nunca hubiera abierto esa caja de Pandora. Aquel no parecía un buen sitio para mover la tapa, allí no había el estímulo. La ley de gravedad parece no operar con la misma lógica en el emisferio de abajo; irse es dejarse ir, dejarse caer hacia arriba tan solo, dejarse vencer a veces, ser aire esparcido de un estornudo cósmico. Por eso se van, por eso quien más, quien menos, todos vuelan. Ya en el aire empezaría a darse cuenta de que el paquete no era lo suficientemente solidario, que era como de papel y con el ímpetu se deshilarían algunas hebras. Todo el poder está en la fuerza que algunas delgadísimas hebras de historia logran ejercer y lo que pueden conseguir haciendo o deshaciendo. El fardo debió haber sido lanzado primero, hacia el cielo. Perseguir sueños es dejarse jalar por ellos. Y no al revés.

En primavera, cuando niños, hacían cometas (papalotes). En primavera hay más viento; hay la tirantez de los tallos que despuntan brotes, de los ojos evitando las esporas, del sol en la piel que reaparece, de la piel de las muchachas, del hilo de cometa. Pero aquel era sin embargo, un aire primero que se venía apocando y en su estertor se agitaba, tosía y gemía resistiéndose a morir. ¡Quién pudiera ver y leer ordenadas las hojas de ese libro abierto al viento que respira! Pero hay que estar solos para terminar de animarse a creer que todo respira; y después, quizás, volver a la cancha.

-¡Sos un comilón!
-…Pero no de vergas como vos…
-…Estaba sólo, boludo, SOLO…
- Conseguite una novia y no me rompás los güevos…

Billy había llegado ya casi terminado el partido con un par de chicas (el jamás jugaba al fútbol entonces lo de las muchachas resulta más que lógico) y con un par de porritos. Billy se reía, siempre, y estaba pendiente de las lunas llenas para salir a pintarlas y luego: regalarlas. Ese sujeto fue como una puerta; llegó, hizo clic con el Chelo, como luego allá, ocurriría con Rafael, pero también llegó un poco a destiempo. Y es que el Chelo estaba siempre bien ubicado, en teoría, pero también siempre un pasito adelantado o atrás. Para goleador le faltaba “eso” y por eso, prefería la posición de líbero, el que tiene perspectiva, el que se ubica donde nadie más ve que es necesario, que le gusta ir por todo el terreno; así poco a poco se aprende a ir tapando agujeros. Posición peligrosa si no se ve a tiempo el vicio de remendero que va cargando en cada parche que pone, con los dolores de los rotos y los descocidos. Posición heredera del testigo de lujo que es ser arquero, el último recurso, la última esperanza tras ser castigados por el error de no haber sido lo suficientemente buenos y esforzados, de haber permitido que el balón llegase hasta las puertas mismas de nuestra vulnerabilidad. El material quirúrgico no tiene otra opción de salida que del propio curandero; saber manejar ese intercambio no es tan fácil ni conveniente para ninguna de las partes.

Si todos fumaran seguro el Chelo no, pero como había en la barra algunos que se creían herederos del prejuicio y la castración como atajo a la cabecera de la mesa ancestral, entonces el Chelo le entraba al viaje. Ese era un poco su espíritu, ese era un poco el espíritu de aquella gente: “dime en qué estás de acuerdo para que me oponga”. Resulta particularmente sintomático de falta de cohesión y sin embargo nos empeñamos en vocear el efecto bíblico del exilio conjunto y su unidad de criterio no viendo que cada quién huye de su propio demonio, a su modo y propio tiempo. Paradójicamente era el Chelo el más apegado a la tradición. Pero a la tradición del Hombre Abstracto (como diría Don Joaquín), con un sentido apego a los valores de los viejos hombres de a caballo, acostumbrados a ver la tropilla desde la grupa; acostumbrados al silencio y la soledad del espacio abierto, “suavemente ondulado”, acostumbrado a tener la espalda derecha. Uno de los últimos gauchos siderales; imposible ser entendido por aquella banda de perros callejeros tanto y más duros que él pero cuyos pies no sabían la constitución santa del barro. Por eso, también aquí hubo una escisión. La cosa ya se parecía más bien a un sonajero o a una piñata. No había maldad, había un poco de miedo y entonces es natural que el valor fluctúe. Cada quién llevaba un sonajero entre las orejas, algunos lo sacudían (aún eran unos niños) pero otros querían saber qué había dentro; esos eran otros nenes.

-¡Ruso, mirá, llegó “Bob”!
-Billy, boludo (quiso corregir el Chelo)
-…Marley, tarado! (dijo el Tena festejando su suspicacia y la oportunidad para el sarcasmo que asocia tradicionalmente lo anglófilo con sofisticación o delirios de grandeza)
-Sacate la corbata y andá a tomar la sopa que te está llamando tu mamá…pendejo.
-¡Qué muchacho tan rebelde!
-Serías un “perfecto idiota” pero: “nadie es perfecto”, Tena…¿cómo vas de la lobotomía?
- …

El Chelo y “El Tena” no se llevaban muy bien (queda claro). El Tena era emblemático: alto y de poco pelo; tenía una sonrisa perfectamente adecuada (no proporcional) al contenido de su cerebro. De hecho era un tipo translúcido. Apoyaba sus dientes frontales superiores (a uno de los cuales le faltaba un pequeño triángulo abajo, junto al otro) sobre el labio inferior mientras se le juntaba saliva en las comisuras, la cual sorbía haciendo ese clásico ruidito, como si siempre tuviera la nariz tapada (lo que solía suceder). Tenía una hermana mayor más o menos entrada en lípidos y una menor preciosa que lo terminaba de definir inconvenientemente para él y para todos como cuñado; su papá era idéntico. La ley del menor esfuerzo y la mayor corrupción posible eran sus metas las cuales solía no perseguir por falto de decisión y porque en realidad ni suyas eran. Cuando no sabía qué decir, tartamudeaba mostrando sus dientes, remojándolos con la punta de la lengua mientras pestañaba como muppet.

-Cómo vas?(Billy había vivido en Brasil y mantenía algunos modos aún)
-Hola
-Silvana,…Cecilia…
-Yo a vos no te conoz…?
-… de Humanidades
-Claaro…¿y cómo te va?
-Bien. Venimos del Mercado del Puerto.
-¡Qué espíritu!
-¿Y vos qué? (le dijo Billy al Chelo con la vista a la cancha)
-No, yo estoy mal de la cabeza.

El Chelo y Billy no podían evitar reírse mucho el uno del otro. Desde siempre habían tenido que decirse lo que pensaban y sentían sin ambages; no podía ser de otra manera. Fue un mutuo descubrimiento el sitio donde finalmente eso que siempre habían anhelado estaba frente a cada uno, el lugar donde aquello era posible, desde donde juzgar con el mismo punto de vista algunos de sus propios y comunes defectos. Y la alegría de hacerlo, de poder por fin hacerlo era lo confortante. Por eso no alardeaban y ahí también veían su crecimiento, porque habían empezado a adquirir la sana costumbre de estar consigo mismos: Billy ya habían visto al mar cambiar de cielo y Marcelo quién sabe por qué había aprendido a estar solo o a uír de los demás. Estas cosas no ocurren porque sí, aisladas; una vez dadas, el contagio es inevitable. Sarna con gusto no pica, aunque siempre haya quienes tengan otros gustos.

Por aquellos lares la tierra no tiembla, pero a veces se cimbra. Cada tanto, el gran ojo del huracán desciende y se posa, como un gran pájaro, entonces todas las demás aves se callan y desaparecen; los pastos se agrisan y también detienen su murmullo; el aire, el sonido, la luz, todo excepto el olor a agua dulce parece detenerse y ser aspirado, contenido, sostenido y finalmente liberado al tronar el verbo; sobre la grave voz las primeras gotas como piedras y arrecia la lluvia, el viento y la surestada. Y aparecen vapuleados pingüinos en la playa, la arena dura y salada golpea y duele en la cara, suben y bajan las colinas, los ríos cambian de curso, arde el fuego de un inocente averno, las mujeres visten de negro y fríen maná como si aquello no fuese a acabar por semanas, meses o vidas enteras, los hombres empuñan los violines y cual si quisieran leer las locas notas de un imposible pentagrama que se mostrara en las nubes vertiginosas y desapareciera tras los montes de eucaliptus, otean las caballadas que corren al chasquido de la luz divina e implacable…

-¿Fuiste a ver al “Viejo”?
-Estaba esperando para ir con El Cucho…deberías venir, Billy…
- …Ni se acuerda de mi…
-No digas boludeces, a él le encanta tener un buen auditorio.- (El Chelo verificó “la mercadería” que acompañaba a Billy), -traételas- Le dijo, con toda la intención de que notaran el tono aprobatorio tras la primera cata.
- …
-Dále, dejáte de joder.

Prendieron el primero y acordaron darse el segundo mientras esperasen al Cucho en el Parque al caer la tarde frente a casa del Viejo. Si los días fueran siempre como las tardes cuando caen o como los Sábados cuando amanece. El amanecer es como esa pausa casi imperceptible entre la inspiración y la exhalación y contiene un grado de ser aún mayor que la noche que lo precede y el día que le sigue; es de un estado y un tiempo universal. Si me pidieran contener un tiempo, señalar el momento con el que identificar a la creación elijo el amanecer, tan breve. Cuando amanece el ruido sigue dormido y la luz apenas crepita, fresca, todavía; las calles son anchas como el río, los semáforos juegan despreocupados y beber algo caliente se antoja como un sello, el aire huele a pan tostado y café. Amor por la ciudad vacía y temprana, sin dueño ni intruso. Si hiciéramos el trato de no hacer ruido, ni humo, ni prisas, quizá aceptaría a la gente. Pero hay olores y sonidos que me dicen que no estoy donde debo, que ya voy tarde, que ellos, la gente y yo abitamos realidades paralelas, especies diferentes. En el campo, cuando había feria de ganado, la felicidad era otra, pero era también; era una felicidad niño casi a ras de suelo. Sentía y siento el ansia del mundo real por ser tratado suavemente, como lo hace la luz que amanece. Las cosas necesitan su tiempo propio, su espacio, tanto como las piedras del campo quieren que los niños las tomen y las lancen, el pasto necesita ver otras caras, sentir otros sonidos. A veces sueño que entro a las casas vacías. No tener justificaciones, no dar explicaciones, no desear, pasar, estar, detenerme un instante y seguir. Preferencia por lo vacío en sí o más bien un anhelo de extrañeza. Algo similar ocurre cuando uno vuelve a hacer el recorrido de siempre pero viendo hacia el otro lado, hacia atrás. ¿Cómo pretender que haya continuidad cuando el corazón sueña con mundos nuevos? ¿Cómo dar con mundos nuevos cuando aún a éste le tememos? La construcción del día igual al de ayer espanta, azora y a la larga entristece, quizás como la muerte, tal vez de eso se trate. Se reconoce uno construyendo la querencia y el hábito, recorriendo el mismo circuito mental, las mismas cansadas neuronas trasegando las mismas cubetas llenas o vacías de lo mismo; no estamos aquí para eso ni para tener espectativas: estamos apenas de paso absurdamente en dirección hacia el lugar del cual venimos.