domingo, 4 de octubre de 2009

La Espera

La Espera

Quisiera poder pasar por alto que es cierto, que todo es cierto y que además hace falta el pestillo y rechinan las bisagras. Los dos tercios superiores de la balaustrada, la sección más angosta del vestíbulo justo encima de la tarima es de un verde pistacho. El pasillo estrecho no tiene color definido desde aquí: se antoja rojo intenso, verde inglès, tal vez. No sé, no importa, está oscuro y yo no estoy impaciente. Tengo la camisa pegada a la espalda contra éste sofá de piel sintética beige y a los antebrazos remangados no los quiero ni mover por el asco que me da saber que están directamente pegoteados al plástico. Por lo demás ya se me ha pasado el desagrado del calor de allá afuera (aquí se está en neutral, la poca luz focalisada y el silencio, ayudan). ¿Cómo alguien puede vivir entre escaleras de mármol, barandales de latón y bronce, sin dejar de sentirse ajeno?; no está mal, no más es como un lugar que se aleja de su propio interior (¿a qué vienen estos disparates, éstas ideas barrocas?). El sol no atraviesa los vitrales, sólo los moja un poco; el sol no estuvo aquí, nunca. Y es cierto, sigue siendo cierto aunque me distraiga con éste ambiente de otro siglo, importado de un tercero, evocando otros anteriores. Ellos no tienen derecho, no tienen ningún derecho; puedo hacerme el civilizado, hasta pudiera sonreír, pero hoy no tengo ganas. Hoy tampoco tengo ganas. Sólo quiero que no existan; no los quiero ver: son feos y es la verdad, no hay nada de malo en lo sentido natural, a menos que optemos por una moral conveniente, son feos y no tienen ningún derecho, ¿qué no se ven al espejo? A mí que no me vengan con mamadas. No soporto la falta de criterio estético. Se puede ser feo, horrible, espantoso, pero se lo puede llevar (no corregir, llevar, portar) manejar, si se tiene un poco de criterio. Lo tedioso del caso es esa falta de criterio. Han de creer que estoy a gusto porque llevo ya un rato sin moverme: no tienen ni idea. Les dije que no, que no, que muchas gracias pero que no se me antoja (lo que sea) que me ofrecieron y que para ellos pareciera ser de rigor tener y ofrecer y off course aceptar. Pero no, dije que no aunque me insistieron y me pusieron cara rara. Están convencidos de que existen; ¿cómo es posible? No existen, no puede ser que existan; habría que reformatearlos. Y ese olor: tampoco hay criterio para eso. Cuando no hay, no hay. A ver: ¿por dónde empezar? ¿Es la casa, son los muebles, sus voces vulgares, el olor que viene de la cocina (eso creo), la materia despareja de sus cuerpos y accesorios, sus ojos hundidos o las sonrisas de dientes cortos y encías carnosas? Ya empezó a bajar el sol; llevo más de … Pensé que llevaba menos tiempo, pero sí, ya son como las … De sólo pensar en tener que despedirme me dan hasta ganas de seguir aquí sentado viendo como una y otra vez entra y sale la gordita (la única antipática para suerte de ambos); así me cae mejor, no molesta; además está toda vestida de negro y no ofende (de todas formas ni es rubia ni se esfuerza lo suficiente por serlo): es el principio de la gracia, la manifestación de la belleza “sin esfuerzo” (de ahí que la Pereza tenga su encanto). Me quedo con la gorda antipática; ella ya se dio cuenta, por eso ahora su antipatía es más manifiesta y por lo tanto menos graciosa, evidente, pretensiosa. Ya no estamos en la misma frecuencia, se rompió el hechizo, ya se murió el amor. Si no fuera cierto, pero lo es; ha pasado el tiempo y no ha dejado de ser cierto. El piso como tablero de ajedréz no deja de brincarme en las pupilas; todo se mueve molesto. Y hay que cargar con eso; a partir de ahora habrá que cargar con eso por lo menos mientras tenga cara de permanente, mientras esté fresco. Tener la oficina ahí debajo del hueco de la escalera, con esas luces de tubos y el sonido ácido de la impresora vieja y jodida es perfecto para éste lugar. ¿Quién les da las ideas? Los espejos están muy altos, demasiado altos; ¿se creerán tan altos? Está bien, hay que tener aspiraciones; yo por ejemplo, a partir de ahora, quiero tener tres orejas y seis dedos en el pie izquierdo. Sospecho que se intuyen a sí mismos peor de lo que estoy suponiendo; por eso los espejos están casi fuera de su alcance. Están como cuadros mal colgados, como si el techo penumbroso reflejado fuera su objeto decorativo; debo aceptar que no es lo peor, que más vale así. ¿Cómo será los Domingos, con todas estas fieras sueltas y sin la obligación de lucir sus empaques? Seguro es mejor, aunque no quisiera estar aquí un Domingo; no quisiera estar aquí nunca más, ni tampoco en Domingo. Bueno, al menos han tenido la decencia de no dejar pasar al perro, o rata semi-calva, o lo que sea eso, pero bien podrían hacerlo callar: a patadas, o matarlo y comérselo. Sería casi un acto de canibalismo, con todo respeto para el cuadrúpedo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario