domingo, 4 de octubre de 2009

Llueve

Llueve,

hace frío, no hay deseo; mejor mañana. Pero las voces insolentes de allá afuera obligan. Es noche, tarde; en el murmullo hay algo marino; se aleja, sube, baja, vuelve. Llueve, hace un poco de frío, no hay deseo, mejor mañana, ahora no, mañana.
Gatti, Lotti o Mangini. El nombre era igual, así, italiano. Estaba buscando algo, quién sabe. Algo con la tierra, algo encomendado y que le había perdido a sus padres o abuelos, una fijesa, al pasado, siempre el pasado; del exilio (otra vez), o de la distancia que es casi lo mismo. Sentía una extrañeza de molde, una falta. La tierra, no había mar en la pesquiza, había tierra, quería que hubiera tierra. Soy del campo, sé de lo que hablo: he visto esos ojos. Afuera Enero chispeaba. Me buscaba, me encontraba muy rápido, muy fácil y no era eso, no era yo. Una brecha, dos generaciones, tal vez tres o más. Volteaba a ver por sobre su ombro, no había nadie, estábamos casi de frente, próximos; había humedad, se veía en su cara y en su pelo, yo las respiraba, las olía a ambas, a ella, a la humedad. Estaban frías, era noche, tarde, hacía frío. Las voces iban y venían, pero no era mar, era tierra, estábamos solos y las voces. Se levantó un poco de viento y las voces como los pájaros, revolotearon un poco. En su pelo erizado esta vez olí mi propia cara. Ahora sí era sal, el viento la trajo, trajo el mar en mi cara, pero no era eso. Yo no lo sé, la búsqueda era suya, qué podía yo saber? Sólo adivinaba para poder estar ahí, para decirme que entendía el silencio, que oía el rumor de sus gestos. Me sonrió algo tartamuda; el aire gomoso nos quitó del sitio o más bien desvaneció el entorno poniendo agua de borrasca por todas partes, la suspendió, rayó los vidrios. Fue el momento para corregir, aprovechó y se recompuso; sus ojos tintineaban, dejó de sonreír, hubo un escalofrío o dos, articuló sus dedos, los destrenzó. Tenía rojas las manos y me perdonaba. Me estaba dando lo que no tenía ni sentía porque también se puede. Sabía lo inútil que sería de otro modo. Estábamos solos, ella, la humedad, las voces, yo. Me fui cortando pero ella no quería porque de alguna forma que no supe la estaba acompañando. Me quería ahí. Me quiso, quizás me quiso (sé que me quiso). Más tiempo, ambos lo hubiéramos querido, también es cierto, pero tampoco era eso, era algo con la sincronía y era sin dudas una falta de entonces, de aquella vez. Lo que no traje, lo que no le ofrecí, lo que no quiso tomar. Un reproche de riesgo innecesario ponía en evidencia el miedo y metía al viento impúdico bajo sus faldas. Ahora nos rodeaba el viento, el agua minúscula y un suave murmullo. No dejaba de ser noche, tarde, lloviznar o hacer frío. Gesticuló, giró los ojos haciendo un arco hacia arriba, le dió un poco de vergüenza, volvió a hacer su revisión sobre el ombro; ahora podía volver sobre mi, ahora sería mi turno.

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