domingo, 4 de octubre de 2009

Llegando

Llovió hasta que el río, desbordado, arrasó la casa de mi madre.
Con el sol, mi padre, levantó la que al nacer hice mía.
Dejaron de salirme hermanos, y, fuimos para otra.
Dejé de crecer, y hube de partir, a buscar una.
Se nace, se crece, en la casa nueva.
México no es un valle, es: un nido.

Llegué con el sol cubierto por una capa rojiza en suspensión densa y perezosa. Amanecía sobre un frío tieso, áspero y seco, el aire hediendo a rancio. Si la ciudad es habitualmente caótica los miles y cientos de miles de banderitas blanco-amarillas que había por todas partes para despedir al sumo pontífice no eran suficientes para homogeneizar todo aquel espacio. El caos se acentuaba en contraste a una somnolencia impuesta por veinte horas de vuelo y escalas. Y ya que estamos sumémosle otras dos en Periférico atascado de fieles e infieles hasta llegar al sur de la ciudad dónde nos esperaban para un desayuno tardío y rápido y otra vez en camino rumbo al norte atravesando toda la urbe porque había que empezar a trabajar. El sol estaba a la derecha, también a la izquierda, luego desaparecía justo encima del coche que, creo, más que avanzar parecía toser o tartamudear; no había sombra, sólo luz despareja y polvo rojo, no había hora, ni punto cardinal. Dos horas más tarde Cuauhtitlán Izcalli y más comer: “guarache de alambre” con “manzanita lift” sentados en banquitos de plástico cuarteados y rengos bajo un toldo de nylon amarillo sostenido por algún otro milagro de la virgen morena que nos observaba desde su nicho colgado en una columna del alambrado público guiñándonos sus perennes luces navideñas. Frente a una mesa de madera puesta como bandeja para la eucaristía de la garnacha, casi a la altura de los hombros, cubierta con otro nylon que pudo haber sido multicolor y ahora exhibía una edad desteñida y quebradiza, dábamos la espalda a los coches y camiones que no dejaban de empujar sus emisiones y el polvo ahora caliente del mediodía desde la carretera a un metro escaso, poblada de baches como celulitis y topes como várices anquilosadas perdiéndose en lo que debía ser ya el desierto. Al costado del puesto vaporoso de fritanga tres sujetos de vientres y mejillas turgentes, de pie, sosteniendo platitos de plástico en distintos colores con una mano mientras la otra empujaba la vianda con el dedo meñique en desacuerdo. Alrededor la vegetación rala como los bigotes de aquellos cuates y el caserío desperdigado en bloques de cemento y antenitas oxidadas de esperanza próspera pospuesta e interminable. Los cables de la luz y de quién sabe qué más peleaban entre sí desorientados por encima de cuanto hubiera en tierra. Diez pasos más allá el misterio itinerante de otro nylon siempre celeste metido en un canasto siempre de mimbre, siempre sobre una bicicleta con los mismos tacos de canasta aceitosos mostrados y apreciados como un recién nacido, mezcla de ternura y asco. Detrás, otro puesto en el que no se podía divisar al encargado tras los carteles con nombres y precios de tortas copeteados por la invariable y siempre sorprendente “cubana”. Al otro lado de la calle una mujer pétrea, un tamal envuelto en mandil y suéter de lana, nacida de la milpa y conservada en tepache, quitaba espinas a los nopales, la boca entreabierta, los ojos húmedos entornados y rojos sobre una respiración tesonera. Todas las transacciones eran realizadas sin cruzar la mirada, mecánicamente, con la siempre excepción del vendedor de la canasta, siempre excesivamente, sospechosamente servicial. Los pedidos llegaban a destiempo, incompletos, erráticos, el orden interpuesto y artero. La doña de los nopales verificaba que sus manos colgadas de los brazos cortos y arqueados siguieran siendo las suyas y haciendo lo que ya ni se les ordenaba, luego, levantaba su cara grande y tolteca por sobre el hombro arqueando las cejas, queriendo preguntar algo que declinaba entre lenguas aprendidas y debidas, volviendo a aquel estado suspendido e indescifrable. La cuchilla ancha y pesada del taquero golpeaba arrítmicamente por sesiones sobre el anillo de un leño grueso sostenida en un meneo en trance con movimientos laterales el baile de la vejiga llena de ganas de mear las chelas mañaneras.

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