domingo, 4 de octubre de 2009

El Viaje

El Viaje

El viaje hasta …, desde donde provenían las pulsaciones, tenía que hacerse; se estaba convirtiendo en desayuno, en peaje diario, especie de adicción a urgar blanqueando los ojos, echando en un espasmo hacia atrás la cabeza para tragar la cápsula alucinante de lo antiguo arcano atascado incómodo bajo abandonadas lajas y troncos añejados en la humedad amoníaca germinada por las horas salvajes. Reconocer y juntar las evocaciones lazadas a lugares comunes y frases hechas, los pretéritos imperfectos culpables de presentes indefinidos augures de futuros tan condicionales; toda esa biósfera acurrucada sin un lugar o un nombre propios que sigue levantando el índice tiránico, ocupando y colonizando los espacios que la voluntad va dejando vacíos, haciéndose cargo lacónicamente de soplar la veleta hacia donde indique ese apéndice de la indeterminación y timonear desde su engañosa insignificancia rumbo al destino hecho nave. Ese polvo estelar no-errante, tan quedo y decidido, oculto de nuestros planes goliáticos, presente en todas las cosas, sin el que nada es nada, con lo que todo deja de parecer, para ser: lo mismo.

Un día, de repente, todo se vió más claro. La historia se desplegó a ras del piso; nada por encima, nada por debajo, pintura; las fichas del puzzle, aún cuando no puestas ni ensambladas unas con otras, aún en aparente desorden, quedaban presentes ante la claridad mansa que las sobrevolaba, los ojos abiertos y despejados, la frente lisa y plana. Y todo era igual, inmisericordemente igual.

Los molinos de esa Mancha habitante de todo lugar cuyo nombre pendule sobre lo que de agrio hay en la memoria podían verse aún, de pie, a uno y otro lado de la carretera tendida como la piel de un reptíl, seca y gris, que va abriendo el sendero entre plantíos primero y después de la primer curva que parece no llegar nunca, entre novillos, borregos y cardos atravesando todo el campo existente para acabar en el mar. Los gigantes, indolentes, frente al desandado éxodo de tantos Quijotes vencidos, con dirección sur, sentido que el elefante moribundo de la derrota suele tomar, movíanse lentamente en el mismo silencio y sitio con la mirada oculta bajo el ala del sombrero chino, perdida en indiferencia extendida, anillo blando, capa de rocío detenida por un soberbio horizonte tejido con hilos de plata y de oro, almidonado con refucilos y relámpagos de otra tormenta eléctrica, venerándolos como a viejos e ilustres galeotes de la hermosa planicie flotante sobre una tierra que se adivina negra, generosa, eternamente cubierta de sembradíos, invisible, mítica, abstracta; vertida hasta el inasequible borde, circunferencia demarcante de una celda abierta al cielo correteado por las despeinadas condensaciones de agua obstinada a no abandonar sin término una historia demorada en dilucidar algún sentido, espectador colado a una gala con vista preferencial desde el palco trasero y cómplice del telón. Grandes conos blancos, esponjosos, de yeso, algodón o cal, recortados, nítidos; paternales guardianes de extensiones verde profundo de cebada, alfalfa, trigo, girasol y sorgo, bajo nubes atentas e incapaces de aspirar siquiera a la idea de ser contendientes de tan canos matices, las aspas apenas visibles, siguiendo los designios por momentos audibles, música de las esferas para su escena danzante de teatro Nô.

El punto y seguido de aquel recorrido: el viejo puente, había aceptado no sin resignación impresa en la porosidad de sus piedras, compartir su perspectiva con las brillantes copas del monte de Alamos y Eucaliptus que ahora acompañaba vigilante la dignidad constantemente plateada, gloria metálica chorreada de las lunas de marzo sobre el río lento e inquebrantable. Las flores estoicas habían ganado por cansancio desde la entrada al pueblo el derecho a recibir e invitar. Las sombras del ornato público antes espectantes e ilusionadas desde el borde de las aceras, como niñas sin permiso de cruzar y que ahora se extendían sobre la calle ancha, alcanzaban, exibiendo, una madurez que finalmente las justificaba.

A medida que ellos, visitantes de otro tiempo y espacio, se filtraban por el pueblo inmersos en la prudencia del sigilo iba incrementándose una sensación de convalescencia, cierta desnudez, atenuada en parte por la inexactitud de la maqueta en la que se transforma inexorablemente el recuerdo y porque el barniz del tiempo ha sido restaurado y modificado sin nuestro consentimiento o reparo. La belleza está hecha de una serie de hipótesis, la fealdad es real, decía Proust. La belleza de las imágenes mora detrás de las cosas; la de las ideas delante. De suerte que la primera deja de maravillarnos cuando nos parece haberle dado alcance a las cosas al intervenir algún otro de nuestros sentidos, mientras que la segunda no se comprende sino hasta que ya la hemos rebasado. Pero existe también un punto muerto, un tiempo neutro, momento vacío paradójicamente preñado de alternativas que se encuentra entre la imagen apenas alcanzada y la idea aún no terminada de rebasar; el ojo del huracán. La conciencia, entonces, interrumpe ese instante arriesgando una maroma desde fuera, por la misma dirección a partir de la cual abordamos, utilizando nuestra mente ahora más abierta, vulnerable y blanda, como punto de apoyo para girar sobre sí misma y caer ya afuera, del otro lado, recogiéndonos mareados por la voltereta y el vértigo y no sabremos realmente cuál es el verdadero lugar de cada parte, de cada elemento componente de esa dimensión que así hemos atravesado sino hasta que nos hallamos formado una nueva idea que desplace a la anterior sumando otro eslabón a la interminable cadena de cristalizaciones mentales de la que está hecha nuestra ventana a la realidad, cuento fantástico, tapete volador sobre el que dormimos, con el que soñamos o quisiéramos de una vez por todas poder olvidar.

Meses atrás, años, planeó y decidió entrar y detenerse en la plaza del pueblo, que como todas las plazas de pueblo comparten el espacio con el banco, la escuela, la iglesia y también en este caso y no por ventura, con su casa natal. Había previsto además, se había dejado llevar, permitido, que el ensueño miserable de volver a aquella tierra de mujeres grandes y desparejas se le adelantara algunas páginas con todo y sensaciones, con toda la posible acidéz de estómago; que estando ahí sentiría el aire ardiéndole el pecho, atravesándolo, ablandando las resistencias construídas para la sobrevivencia sin todo aquello, sin lo que sabía que había desaparecido y sin embargo hurgaría en vano; que se había desplazado a rincones inaccesibles, a un olvido autoimpuesto durante un lapso que sentía como tanto tiempo, y ahora, en ese futuro absurdamente obediente, imposible, de dados escogidos y colocados, frente a esa última puerta al dolor más atróz, el del miedo a perder la razón, cuya esencia no es posible dar con el lenguaje sino solamente a través de su patetismo, él ahí detenido, los oídos sumbándole la indefinible pena del último límite, clavaría su mirada en las betas como carne vieja al sol, de las lozas de piedra arenisaca que aún cubrirán la plaza buscando desesperadamente alguna hormiga colorada, algunas flores de espumilla rosa esparcida y depositada en las grietas irregulares o tiritando su delgadéz al acaso del aire, dándose un respiro y valor para izarse encima de ellas, virginal, descalzo, implorándole a ese microcosmos de bordes ennegrecidos de miedo una lectura mapeada sin tener dudas respecto al orígen de la debilidad que sentiría en las rodillas. Las imágenes tantas veces repasadas en la memoria lánguida desvanecida y ablandada por un sol inclemente y exagerado habrían de luchar por acoplarse en este otro atlas cuajando la atmósfera de chicharras en un aire resistente, denso como el viejo viento sur de las tormentas. Ya no habría más misericordia, ya no se postergaría una vida más ondear el estandarte en la primera fila, allá, en la cima del tiempo alcanzada y luego cedida, sin decir palabra, sin escribir “por nada”, aunque no lo recordaran, aunque tuviera que entrar en justificaciones, argüír subnombres, plantar árboles genealógicos, aunque tuviera que voltearse sin mirar y señalar sin ver tras el busto del prócer sito en medio de los ceibos los llorados ladrillos pulidos de la casa que vió nacer la secuencia y la saga. Debería batallar arduamente para aceptar y perdonarse por haber sido capáz de separarse del presente de aquella escena rayana asido únicamente a un pasado lamido por la abrasiva memoria al que en algún momento de su inconciente infancia concedió su pertenencia para poder ahora permitirse su propia, voluntaria y momentánea devolución, sin pensar demasiado evitando no torcer ante el arrepentimiento, no vencerse frente a la inutilidad, a sus canas impresionistas, su flacura de derrota, su belleza estúpida hasta el hartazgo pintada de promesa y embarnecida absurdamente magra bajo otras sombras, menos oblicuas, que ni pisoteándolas con toda la rabia, ni escupiéndolas de toda bilis parecieran separarse ya un centímetro más de su causa, marcando el penoso alcance de sus metas prestadas, manoseadas y amarillentas de engaño, inconstancia y deslealtad a sí mismo.

En la radio del coche estaría terminando de cantar una mujer de quijada tensa y vocales trenzadas en lamento y queja sobre una lengua que un vuelo apenas liviano, aire del batir las alas una mariposa, pudiera hacer pandear entre las olas sellando su cadencia. Una voz lisa y queda se le empalmaría hacia el final en el repique árido de lo comprensible, hablando de Lisboa y los “fados”. Marinero que se fue y no vuelve, mi madre y este hijo tripulante del polvo de mil derrotas, ciego Odiseo sin valor ni tino; corazón blando y roto preso en el ombligo de la luna: “Has de saber que no hay rumbo posible tras dos mil y quinientas noches sin la cruz del sur, sin olor de aire de mar, mar mariposa quieta del verano, mar dulce sal océano antártico”.

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