domingo, 4 de octubre de 2009

Mar y Cielo

Mar y Cielo

El tipo estaba en un buen momento y quizás eso precisamente era lo que le traía inquieto, confundiendo ansiedad con apetito el cual no satisfacía como parte de una dinámica franciscana mamada por generaciones. La venía librando sin saber muy bien cómo. Se vio de repente donde se había imaginado apenas y con cierto estupor, más allá de la especulación del sueño y la fantasía; creemos saber lo que nuestro corazón anhela pero eso no es verdad y verlo, ver lo que realmente deseamos con el corazón, verlo y aceptarlo es, quizá, lo más difícil de todo: ponernos de acuerdo con nosotros mismos; podemos pasar toda una vida bregando por alcanzar algo que creemos está en nuestro corazón cuando en realidad ahí hay un geroglífico, algo que primero es menester descubrir y aceptar; probablemente hubo alguna ilusión de la que hasta un poco de pena sintió pero a veces los sueños resultan ser el único material verdadero. No había tenido otros; no se nos impulsa a soñar sino a provocarnos una muy decente úlcera que pueda eventualmente compensar la felicidad de un posible logro, que atenúe el sentimiento de culpa por si llegamos a ser felices; y ahora, éste simplemente ocurría como la lotería que ganamos con un número al que no jugamos, con un número que no lleva la encomienda de nuestros afanes, que encontramos tirado en la calle: ¡ah, los merecimientos! La abuela vestida de negro, cabello blanco y zapatos de hace décadas, testigos mudos, fieles, muertos, de la última menstuación, atravesando la plaza con la espalda encorvada hacia varias dimensiones, yendo a cumplir con el interminable castigo divino de haber nacido y estar aún sobreviviendo a los mejores que siempre se van primero.

No tuvo tiempo para acomodar la baraja y menos para leerla. Como en una especie de brinco de plenitud quiso aprovechar ese impulso para volar más lejos creyendo poder cargar así con lo que él era aunque nunca hubiera abierto esa caja de Pandora. Aquel no parecía un buen sitio para mover la tapa, allí no había el estímulo. La ley de gravedad parece no operar con la misma lógica en el emisferio de abajo; irse es dejarse ir, dejarse caer hacia arriba tan solo, dejarse vencer a veces, ser aire esparcido de un estornudo cósmico. Por eso se van, por eso quien más, quien menos, todos vuelan. Ya en el aire empezaría a darse cuenta de que el paquete no era lo suficientemente solidario, que era como de papel y con el ímpetu se deshilarían algunas hebras. Todo el poder está en la fuerza que algunas delgadísimas hebras de historia logran ejercer y lo que pueden conseguir haciendo o deshaciendo. El fardo debió haber sido lanzado primero, hacia el cielo. Perseguir sueños es dejarse jalar por ellos. Y no al revés.

En primavera, cuando niños, hacían cometas (papalotes). En primavera hay más viento; hay la tirantez de los tallos que despuntan brotes, de los ojos evitando las esporas, del sol en la piel que reaparece, de la piel de las muchachas, del hilo de cometa. Pero aquel era sin embargo, un aire primero que se venía apocando y en su estertor se agitaba, tosía y gemía resistiéndose a morir. ¡Quién pudiera ver y leer ordenadas las hojas de ese libro abierto al viento que respira! Pero hay que estar solos para terminar de animarse a creer que todo respira; y después, quizás, volver a la cancha.

-¡Sos un comilón!
-…Pero no de vergas como vos…
-…Estaba sólo, boludo, SOLO…
- Conseguite una novia y no me rompás los güevos…

Billy había llegado ya casi terminado el partido con un par de chicas (el jamás jugaba al fútbol entonces lo de las muchachas resulta más que lógico) y con un par de porritos. Billy se reía, siempre, y estaba pendiente de las lunas llenas para salir a pintarlas y luego: regalarlas. Ese sujeto fue como una puerta; llegó, hizo clic con el Chelo, como luego allá, ocurriría con Rafael, pero también llegó un poco a destiempo. Y es que el Chelo estaba siempre bien ubicado, en teoría, pero también siempre un pasito adelantado o atrás. Para goleador le faltaba “eso” y por eso, prefería la posición de líbero, el que tiene perspectiva, el que se ubica donde nadie más ve que es necesario, que le gusta ir por todo el terreno; así poco a poco se aprende a ir tapando agujeros. Posición peligrosa si no se ve a tiempo el vicio de remendero que va cargando en cada parche que pone, con los dolores de los rotos y los descocidos. Posición heredera del testigo de lujo que es ser arquero, el último recurso, la última esperanza tras ser castigados por el error de no haber sido lo suficientemente buenos y esforzados, de haber permitido que el balón llegase hasta las puertas mismas de nuestra vulnerabilidad. El material quirúrgico no tiene otra opción de salida que del propio curandero; saber manejar ese intercambio no es tan fácil ni conveniente para ninguna de las partes.

Si todos fumaran seguro el Chelo no, pero como había en la barra algunos que se creían herederos del prejuicio y la castración como atajo a la cabecera de la mesa ancestral, entonces el Chelo le entraba al viaje. Ese era un poco su espíritu, ese era un poco el espíritu de aquella gente: “dime en qué estás de acuerdo para que me oponga”. Resulta particularmente sintomático de falta de cohesión y sin embargo nos empeñamos en vocear el efecto bíblico del exilio conjunto y su unidad de criterio no viendo que cada quién huye de su propio demonio, a su modo y propio tiempo. Paradójicamente era el Chelo el más apegado a la tradición. Pero a la tradición del Hombre Abstracto (como diría Don Joaquín), con un sentido apego a los valores de los viejos hombres de a caballo, acostumbrados a ver la tropilla desde la grupa; acostumbrados al silencio y la soledad del espacio abierto, “suavemente ondulado”, acostumbrado a tener la espalda derecha. Uno de los últimos gauchos siderales; imposible ser entendido por aquella banda de perros callejeros tanto y más duros que él pero cuyos pies no sabían la constitución santa del barro. Por eso, también aquí hubo una escisión. La cosa ya se parecía más bien a un sonajero o a una piñata. No había maldad, había un poco de miedo y entonces es natural que el valor fluctúe. Cada quién llevaba un sonajero entre las orejas, algunos lo sacudían (aún eran unos niños) pero otros querían saber qué había dentro; esos eran otros nenes.

-¡Ruso, mirá, llegó “Bob”!
-Billy, boludo (quiso corregir el Chelo)
-…Marley, tarado! (dijo el Tena festejando su suspicacia y la oportunidad para el sarcasmo que asocia tradicionalmente lo anglófilo con sofisticación o delirios de grandeza)
-Sacate la corbata y andá a tomar la sopa que te está llamando tu mamá…pendejo.
-¡Qué muchacho tan rebelde!
-Serías un “perfecto idiota” pero: “nadie es perfecto”, Tena…¿cómo vas de la lobotomía?
- …

El Chelo y “El Tena” no se llevaban muy bien (queda claro). El Tena era emblemático: alto y de poco pelo; tenía una sonrisa perfectamente adecuada (no proporcional) al contenido de su cerebro. De hecho era un tipo translúcido. Apoyaba sus dientes frontales superiores (a uno de los cuales le faltaba un pequeño triángulo abajo, junto al otro) sobre el labio inferior mientras se le juntaba saliva en las comisuras, la cual sorbía haciendo ese clásico ruidito, como si siempre tuviera la nariz tapada (lo que solía suceder). Tenía una hermana mayor más o menos entrada en lípidos y una menor preciosa que lo terminaba de definir inconvenientemente para él y para todos como cuñado; su papá era idéntico. La ley del menor esfuerzo y la mayor corrupción posible eran sus metas las cuales solía no perseguir por falto de decisión y porque en realidad ni suyas eran. Cuando no sabía qué decir, tartamudeaba mostrando sus dientes, remojándolos con la punta de la lengua mientras pestañaba como muppet.

-Cómo vas?(Billy había vivido en Brasil y mantenía algunos modos aún)
-Hola
-Silvana,…Cecilia…
-Yo a vos no te conoz…?
-… de Humanidades
-Claaro…¿y cómo te va?
-Bien. Venimos del Mercado del Puerto.
-¡Qué espíritu!
-¿Y vos qué? (le dijo Billy al Chelo con la vista a la cancha)
-No, yo estoy mal de la cabeza.

El Chelo y Billy no podían evitar reírse mucho el uno del otro. Desde siempre habían tenido que decirse lo que pensaban y sentían sin ambages; no podía ser de otra manera. Fue un mutuo descubrimiento el sitio donde finalmente eso que siempre habían anhelado estaba frente a cada uno, el lugar donde aquello era posible, desde donde juzgar con el mismo punto de vista algunos de sus propios y comunes defectos. Y la alegría de hacerlo, de poder por fin hacerlo era lo confortante. Por eso no alardeaban y ahí también veían su crecimiento, porque habían empezado a adquirir la sana costumbre de estar consigo mismos: Billy ya habían visto al mar cambiar de cielo y Marcelo quién sabe por qué había aprendido a estar solo o a uír de los demás. Estas cosas no ocurren porque sí, aisladas; una vez dadas, el contagio es inevitable. Sarna con gusto no pica, aunque siempre haya quienes tengan otros gustos.

Por aquellos lares la tierra no tiembla, pero a veces se cimbra. Cada tanto, el gran ojo del huracán desciende y se posa, como un gran pájaro, entonces todas las demás aves se callan y desaparecen; los pastos se agrisan y también detienen su murmullo; el aire, el sonido, la luz, todo excepto el olor a agua dulce parece detenerse y ser aspirado, contenido, sostenido y finalmente liberado al tronar el verbo; sobre la grave voz las primeras gotas como piedras y arrecia la lluvia, el viento y la surestada. Y aparecen vapuleados pingüinos en la playa, la arena dura y salada golpea y duele en la cara, suben y bajan las colinas, los ríos cambian de curso, arde el fuego de un inocente averno, las mujeres visten de negro y fríen maná como si aquello no fuese a acabar por semanas, meses o vidas enteras, los hombres empuñan los violines y cual si quisieran leer las locas notas de un imposible pentagrama que se mostrara en las nubes vertiginosas y desapareciera tras los montes de eucaliptus, otean las caballadas que corren al chasquido de la luz divina e implacable…

-¿Fuiste a ver al “Viejo”?
-Estaba esperando para ir con El Cucho…deberías venir, Billy…
- …Ni se acuerda de mi…
-No digas boludeces, a él le encanta tener un buen auditorio.- (El Chelo verificó “la mercadería” que acompañaba a Billy), -traételas- Le dijo, con toda la intención de que notaran el tono aprobatorio tras la primera cata.
- …
-Dále, dejáte de joder.

Prendieron el primero y acordaron darse el segundo mientras esperasen al Cucho en el Parque al caer la tarde frente a casa del Viejo. Si los días fueran siempre como las tardes cuando caen o como los Sábados cuando amanece. El amanecer es como esa pausa casi imperceptible entre la inspiración y la exhalación y contiene un grado de ser aún mayor que la noche que lo precede y el día que le sigue; es de un estado y un tiempo universal. Si me pidieran contener un tiempo, señalar el momento con el que identificar a la creación elijo el amanecer, tan breve. Cuando amanece el ruido sigue dormido y la luz apenas crepita, fresca, todavía; las calles son anchas como el río, los semáforos juegan despreocupados y beber algo caliente se antoja como un sello, el aire huele a pan tostado y café. Amor por la ciudad vacía y temprana, sin dueño ni intruso. Si hiciéramos el trato de no hacer ruido, ni humo, ni prisas, quizá aceptaría a la gente. Pero hay olores y sonidos que me dicen que no estoy donde debo, que ya voy tarde, que ellos, la gente y yo abitamos realidades paralelas, especies diferentes. En el campo, cuando había feria de ganado, la felicidad era otra, pero era también; era una felicidad niño casi a ras de suelo. Sentía y siento el ansia del mundo real por ser tratado suavemente, como lo hace la luz que amanece. Las cosas necesitan su tiempo propio, su espacio, tanto como las piedras del campo quieren que los niños las tomen y las lancen, el pasto necesita ver otras caras, sentir otros sonidos. A veces sueño que entro a las casas vacías. No tener justificaciones, no dar explicaciones, no desear, pasar, estar, detenerme un instante y seguir. Preferencia por lo vacío en sí o más bien un anhelo de extrañeza. Algo similar ocurre cuando uno vuelve a hacer el recorrido de siempre pero viendo hacia el otro lado, hacia atrás. ¿Cómo pretender que haya continuidad cuando el corazón sueña con mundos nuevos? ¿Cómo dar con mundos nuevos cuando aún a éste le tememos? La construcción del día igual al de ayer espanta, azora y a la larga entristece, quizás como la muerte, tal vez de eso se trate. Se reconoce uno construyendo la querencia y el hábito, recorriendo el mismo circuito mental, las mismas cansadas neuronas trasegando las mismas cubetas llenas o vacías de lo mismo; no estamos aquí para eso ni para tener espectativas: estamos apenas de paso absurdamente en dirección hacia el lugar del cual venimos.

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