domingo, 4 de octubre de 2009

El Viejo

El Viejo

Cuando hay tres es siempre dos y uno, y esa relación puede irse rotando, a veces. Va mucho en cada quién o quiénes; Marcelo no podía decidir alguna complicidad teniendo al Cucho y a Billy por delante; no poder decidir puede traer la felicidad también, resulta liberador; sabía desde antes de entrar con el Viejo que no tomaría decisión alguna y que además se saldría de sí para poder ser testigo del buscado encantamiento. Estaría pendiente de Billy (lo había invitado e insistido y se sentía responsable de que estuviera ahí y no rastreando la aureola fría del cielo al Este del cuarto creciente) y del Viejo, no más porque le gustaba cuidarlo (como le hubiese gustado cuidar al abuelo que ahora extrañaba empezando a entender por qué tánto y por qué ahora). El Cucho tendría en él al compinche de absurdos madrugones para esperar lo que el sol arreara bajo el agua hasta las rocas de la escollera: se entendían con sólo verse.

-¿ya vieron la luna?
-mañana va a haber pejerrey
-primavera rara…sin viento…
-a la hora del crepúsculo no hay viento (dijo el Viejo mientras abría la puerta), a esta hora sólo hay poder.

El Viejo tenía como veinte mil años pero repartidos en trescientas reencarnaciones, y se encontraba apenas entrando al final de una de ellas, lo que le otorgaba una apariencia septuagenaria de sorprendente vitalidad. Parecía haber adquirido ciertos hábitos laberínticos, babilónicos, mesopotámicos, de la existencia primordial, de la humanidad completa; el Hombre, ecce hommo. Dar con él implicaba ir en procesión al centro del caracol. No estaba lejos, estaba escondido donde siempre, ahí, cerca, al alcance. Se dice muy fácil, pero no se llegaba simplemente yendo; había que prepararse un poco, había que limpiarse, estar en disposición de abrirse, alerta, conciente, a pesar del viaje en el que se perdían las nociones y se ganaban acertijos, se sumaban sombras propias y sombras proyectadas. Su casa era limpia, grande, un poco hacia abajo y más aún para arriba. La habitaban el planeta y el siglo. Allí dormían el ayer y el ahora sobre una alfombra mágica, y Duda, la gatita siamesa sobre cuyo nombre no hubo, nunca, una deliberación definitiva, testigo viviente del tiempo circular, prueba de que todo en esta vida, hasta el propio nombre es polvo estelar errante y que sin embargo las coincidencias no existen; la máquina de escribir cósmica deja caer sus teclas imprimiendo signos en el testuz de las partículas, los seres y las cosas y la gran paciencia universal se entretiene formando palabras, diagramas, verbos, circuitos, oraciones, complejas estructuras semánticas y sintácticas en este gigantesco plato de sopa de letras. En cada paso, en cada movimiento así sea éste un simple pestañeo, está escrita la historia toda; podrían habernos enseñado o señalado cuándo sí abrir los ojos, cuándo vale la pena; a distinguir lo principal de lo superfluo, pero, ¿quiénes pudieran haberlo hecho quitados del prejuicio complaciente hacia el ego de una libertad que no termina nunca de saber a ciencia cierta qué es y cuál es su substancia?, ¿quién tuviera la quemante certeza para poder separar la paja del trigo, el Viejo tal vez? No, el Viejo no; él también había aprendido a temerle a aquella convicción que había mostrado Don Joaquín y que tan caro le costó y aún paga su memoria. Pero tiene que haber siempre un viejo sabio, un maestro; cosa entre hombres. La primer materia en la escuela debería ser Humildad, la segunda Autodidaxis, la tercera Deconstrucción, la cuarta vendrá después.

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