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-¿Y a ti que es “lo que te interesa”?-
(Según parece la conversación en aquella larga mesa rodeada de intelectuales amigos y contertulios, plagada de pastelillos y café versaba sobre lo que a cada quien le parecía era o debía ser “lo interesante” o como se dice ahora: lo primero de la agenda y yo, como de costumbre ni me enteraba, entretenido o más bien distraído por imaginar lo posible natural en todo aquello, babeando por los manjares expuestos, que cuando se ha tenido hambre alguna vez ya nunca se quita).
-Mmm…tus nalgas-
La ya no tan joven pero sí magra escritora, entre sorprendida (sin dudas), o agradecida (desde el útero) y agraviada (por imperio de la ficción social –diría el banquero de Pessoa-) tomó una distancia y un tiempo para procesar aquello que en un principio no parecía albergar ninguna relación y que se encontraba muy lejos de las rutas de navegación, por donde solían surcar sus conversaciones y temáticas (incredulidad, hipocresía o cinismo mediante). Y éste advenedizo, éste “extranjero” en todos los sentidos del término, al que no se le podía confiar aún ningún punto de vista, ninguna aserción o sentencia por no haber dado todavía las suyas propias, venía sin decir agua va, a poner el alfil en la diagonal de la Reina arriesgando en el lance tanto como el macho de la viuda negra o lo que era aún peor creyendo en la disposición del material interesante en cuestión y por tanto en el deprecio e indignidad de su poseedora.
-¿No te parece que estás un poco desubicado?-
(Pensé en lo parco de su afirmación, agradecí –internamente también- su contención, en la cual entreví la evidente cercanía de la posibilidad y apelando a mi extraordinaria energía negativa matinal sabatina en la que ahora finalmente reposaba compuse):
-Si, lo estoy, de hecho más que estar ubicado ahora procuro ser verdadero porque no se me da lo gracioso ni lo maduro y aprovecho para hacer y decir lo que realmente es de “mi interés”. Perdón, pero no hay arrepentimiento -me la jugué-. Pude haber dicho cualquier otra cosa –proseguí- e irme de aquí a seguir imaginándomelas, me refiero efectivamente a, tus… ¿Y qué es lo interesante para ti?- (quise descansar del protagonismo –las artes dramáticas no son lo mío).
Tanto la franqueza como la verdad se han ganado el estatus de sirvientes teniendo que entrar por puertas traseras: por eso no estaba mal intentar “abordar” desde las nalgas, era lo cardinalmente lógico. Era, de hecho, lo pertinente. Se lo expliqué, o hice el intento. Pedí la opinión de la señora que se encontraba a su lado como se pide permiso a la criada para acceder a la dueña de casa pero, la risa nerviosa de la tal (como cual) creo, fue lo que empeoró otro poco las cosas. El interés, refiero a mi interés de aquel sábado por la mañana, era más bien curiosidad o debiera decir morbo (otra vez). Porque desde lejos se veía que las dichosas musculaturas únicamente presentes en nuestra especie, solían pasar muchas y aplastantes horas, desde quién sabe cuánto tiempo atrás (recurrente ubicación), soportando todo el peso de aquella larga y rubia humanidad, adquiriendo así una cuasi predecible forma y textura cuyo resane resultaría más bien improbable en el mejor de los casos cuanto no evidente y por lo mismo incómodo. La pregunta (mi pregunta) era (y es) de qué se puede estar preciando, vanagloriando, protegiendo, defendiendo o presumiendo una mujer que tiene las nalgas planas? O sea: cállate!, que no ves que tienes las nalgas planas? Y quienes ubican la feminidad en los senos sólo confirman su sujeción a un complejo de Edipo mal resuelto. Lo auténtico femenino, lo hembra, radica, reposa en las nalgas y punto. Dónde la masculinidad: no me interesa.
domingo, 4 de octubre de 2009
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