domingo, 4 de octubre de 2009

El Gordo

El Gordo,

no manejaba una muy amplia gama de opciones ni espectativas cuando salió del cuarto cargando sus ombros hasta la puerta. Las cajas de pizza del sábado por la noche, dominando la escena aplastada, se mantenían aún como incienso de una sala desordenada o más bien aburrida, víctima de desidias instaladas sin pedir anuencia ni disculpa. La improbable pareja que allí había estado y un primo suyo, compañero ocacional de renuncios y miedos, no lograron sacarle más que algunos recuerdos parvos de una adolescencia con acné y sin amor. Tres o cuatro tibias “locuras” evocadas una vez más como quien urga en cajones vacíos ya revisados a cambio del incómodo silencio que deja el tiempo muerto, comenzaban a resultar repetidas y vergonzantes desde hacía ya un rato y otro tiempo sustituto empezaba, también, a envejecer y esclerosarse, olvidando, borroneando fechas y circunstancias. Aquellas ocasionales borracheras delataban sin resquemores un patrón de conducta todavía vigente y como casi únicos hechos memorables no marcaban ni final ni comienzo de nada: sólo pasos temerosos en torno a una incertidumbre que, por constante, no dejaba de ser molesta. Mónica, su ex–casi-única-novia (una joven robusta y tosca) seguía acompañando la mayoría de los pocos personajes que figuraban en sus sueños y pesadillas. A veces, aquella figura grande y esponjosa se dejaba caer sobre el pensamiento de Octavio como la triste cima de sus aspiraciones carnales. Náufragos entre la preparatoria y la universidad, se habían tomado de la mano para jalarse el uno al otro. Ella (como suele suceder) adelante, llevada por su carácter llano y cierta conjunción astral que como todo dejó de ser un día; toda mujer, hasta la más inverosímil, tiene su “cuarto de hora”, sus quince minutos de gloria, su quererse querer, un alto destino manifestado, la carne a punto. A veces (a veces), el tiempo se recuesta flojo al barandal, apoya el codo, suavemente, se sostiene la barbilla, sonriente, y ve que todo lo por delante es bueno (la piel tirante, el brillo en unos ojos de pestañas tensas y arqueadas, una bendita lordosis lumbar y su consiguiente ofrecimiento de sexo rosado con gotas de rocío y bienvenida a la vida por donde sea que esta quiera cruzarse); pero siempre (casi siempre) el tiempo también toma el control y vuelve a hacer zapping. Las estrellas son malas madres, capciosas, celosas.

Buey que ara no ve surco ni siembra. Tras de sí hubo germen, brote y espiga; hubo floración, pétalos del viento. Llovió y volvió a llover y a salir la luna vieja con las entonces desordenadas estrellas. El gordo ya no jaló estando bajo su propia responsabilidad y porque confundió la yunta con el trillo; dejó el arado donde aquello se detuvo, como si hubiera tañido la campana llamando a comer, sin tener siquiera hambre. No había aprendido a concentrar la atención en sus manos ni a ordenar las estrellas; el yugo le orientó la cara y por buey ni sintió los huevos, o no los recordó. Tampoco hubo plata para comprar un poco de rencor y justificar otro tanto de coraje.
Cuando se tiene la sensación de ser único, especial, se es capaz de muchas cosas; y cuando a esto se le combina una pésima autoestima el resultado puede ser trágico o simplemente no ser nada, lo que para un espíritu romántico es peor. Mamá vivía en su propia dimensión; papá estaba llevando a término el destino que a él se le había negado con Mónica, panorama que parecía haberle ayudado a superar aquella pérdida apenas llorada, como también colaboró su propia forma de comer: una vez servida, a la comida había que tragársela, rápido y toda porque los vientos cambiantes mutan especialmente las direcciones, los ojos y el talante de las madres que así como dan y por lo mismo también, repentinamente y sin mediar más que farfullos, quitan. Su hermana siempre le pareció adoptada, para suerte de ella.

-¿Quién es?
-¡La puta que te parió!
-Ya bajo.

El auto de Mario traía a seis pendejos sin bañar, con aliento a cerveza y café con leche, dispuestos a tomar un poco de sol y más cerveza luego de darse de patadas en una canchita de fútbol dura y sin pasto, aquella primaveral aunque fría mañana de Domingo.

-¡Dále gordo!
-Pará, pará, que no cierrrr…
-¡Vo’ gordo…la concha’etumadre…!
-¡Vaamoo!

El viaje era corto pero no dejaba de ser vejatorio. Cada vez era más claro que no resultaba necesario tampoco seguir perteneciendo a aquella cuadrilla de conocidos cada vez más distantes. Jugar a ser jóvenes adultos de treinta años teniendo precisamente treinta o algo así, participando de las actividades típicas de tales y adoptando los usos y costumbres correspondientes no era la idea de maduréz o adultéz que el Gordo se había hecho. No tenía al respecto idea alguna en realidad aunque sí algunas nociones de lo que no.

-¿A qué no sabés a quién me encontré anoche…?
-A la verga voladora
-No boludo, a la puta de tu hermana
-No le digas puta a la hermana del Mario que ni cobra: lo hace de buena leche…aunque la más chica ya tiene cara de…
- …al Humberto
-¡Uuuh! y qué, te lo cogiste?
-…No, porque traía almorranas, pero sí me dio una mamadita.
-¡Qué asqueroso de mierda!
-Che, gordo, y tu hermana?
-Yo qué se…
-…A esta hora ha de estarse tragando “la lechita”…
-¡Abajooo!

El primero en separarse fue Beto. Siempre estuvo en su propio rollo y aunque su casamiento temprano no fue tan predecible, no significó para los demás el cimbronazo que hubiese sido dable a esperar. Aquello no fue una historia de amor precisamente y si hubo alegría ésta tuvo por un lado la del objetivo alcanzado (el casamiento tiene siempre un algo como terminal, había dicho Poncho entre triste y asqueado volviendo de otro enlace) y entonces compartido por proximidad y por otro la de librarse de un espíritu cuyas ambiciones obstaban la poca idealidad que venía quedando. Beto se había sumado un tanto tarde a la banda y nunca terminó de consolidar su vínculo. Con el gordo, por ejemplo, casi no lo hubo. De Javier sí se esperaba; siempre tan metódico, centrado. Si no seguía tan unido a los demás era, entre otras cosas, porque “primereó” con gemelos pareciendo que manifestar tanta responsabilidad llama a aún más responsabilidades. Los demás estaban como se dice: en veremos. No se hablaba del tema, como si hubiese temor a detonar sentimientos vergonzantes o mentiras flagrantes. Ser maduros aún no cuadraba a la mayoría de aquellos hijos de avatares misteriosos y mudanzas repentinas. Al Gordo todavía le divertía esa fauna pero más le interesaba conservar el “status quo” cómodo, de gordo (que ya ni era) con sus códigos consabidos, lugares comunes, frases hechas y cada vez menos sobresaltos que le asegurara una buena digestión (pareciendo por momentos su único objetivo en la vida) malograda incluso antes de la separación de sus padres. La falta de creatividad general puede operar como paliativo de la propia y como espacio adecuado a quienes ya quieren ser anfitriones en Navidad o año nuevo pero sonríen distraídos y orgullosos por su habilidad para no pagar las cuentas. A veces percibía ciertos movimientos sintomáticos, pequeñas traiciones, como alarmas; alguna vez jugando futbol lo “fauleaban” evidentemente y sólo su voz protestaba; los contrarios parecían tener acuerdo con sus propios compañeros señalando aún desde la paranoia que en realidad ya no pertenecía al equipo o que tal vez nunca perteneció, ni había voluntad como para salir en su defensa, y el gordo no era un habilidoso al que hubiese que cuidar, precisamente. Hacía ya un tiempo que había adoptado la dilatoria actitud de no verse a sí mismo; la adolescencia promete cambios que la juventud se tarda en confirmar, cambios que quisieran ser más notables, más drásticos, y que confirmen espectativas siempre desmedidas de un corazón demasiado ausente y arrugado.

Con Marcelo era la historia. Horas juntos desde hacía casi la mitad de sus vidas, en un silencio que a los otros hubiese resultado incómodo por lo que llamaban paradógicamente, improductivo, por desaprovechado para hacer y decir lo de siempre tiñéndolo de falsa comicidad o ingenio. La realidad, la vida o lo que sea que todo esto sea se atomiza, se compartimenta poco a poco y se agrupa según las conciencias van sintiendo e igualando sus afinidades y sus afectos. No se le puede dar la espalda a lo que insiste en venir desde una dirección reconocible y menos al sonido de una voz que percute queriendo cambiar el ritmo, que pide posada; darle la espalda equivale a guardarlo amplificado sobre el paladar, a transformar la voz interior en grito y taparse los oídos no evita que entre sino más bien que salga, que escape.

Lo que vino sólo podía ser la soledad, inevitable, a la que torpemente nos resistimos hasta que la persistencia de su gesto nos pone rodilla en tierra, y paradógicamente desde entonces respiramos aliviados, concientes de habernos quitado un peso de encima, de ya no librar una batalla perdida de antemano. “El Chelo” también estaba de paso, como todos, aunque un poco distinto. Ni mejor ni peor, todo depende para qué. Distinto. Así lo vibraba el Gordo. El Chelo no era de ahí, era como intermitente. Puso de su parte, pero no encontró mucho más que a Octavio (así se llamaba el Gordo) quien no quería volver a jalar el arado de sí mismo en el que se había convertido. Así que otra vez empezaba a rondar entre aquella gente la azarosa idea que trajo a sus abuelos, que los sacó desde algún sitio impostado, que los arreó a jirones y en tropel: “ando con ganas de irme a la mierda…”. No fue el primero en concebir la idea de irse, pero Octavio sabía que el Chelo no se andaba con vueltas y que cuando decidía algo lo envolvía, lo cobijaba en su necedad, por lo que a pesar de haber discutido el punto, no había vuelta de hoja. No sería de paseo.

-No, a Europa no. Bastante jodido estoy acá como para ir a hacerla de “sudaca”.
-¿EEUU?
-¡Tas loco!
-¿Y María José?
-La flaca está más aburrida que yo…

Europa, Estados Unidos y pareciera que se acabó el mundo; el de las opciones por lo menos, el de los seres humanos, lo demás es paisaje. La arrogancia no fue vencida por la esfericidad del mundo; al contrario. La bofetada al ego hizo urgar en todos los bahúles del arsenal de los prejuicios y las excusas cada vez más ridículas. El resto del mundo es precisamente eso: un resto, lo que queda luego del desnate.

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