domingo, 4 de octubre de 2009

Ojos

Ojos

Entre Eva y sus propios ojos había un lapso, una coma, un aparte, espacio. Hay quienes ven desde el borde dejándose ver, los que salen hasta la acera ocupando, tomando el sitio, y aquellos que están a uno, dos o más pasos hacia adentro, ocultos o simplemente no-disponibles; quienes dejan abiertas meciéndose indolentes, respirando lánguidos ensueños, las cortinas. Hay ojos como ventanas, gentes como hay casas. Eva traía los ojos por fuera poniendo distancia desde sí, cortos. Difuminada tras las pupilas podía verme y al mismo tiempo ver a mi alrededor por si hubiera que escapar y yo casi no lo notaría. Pero si, porque me di cuenta que ante mi estaba su designada, que había que esperar una fracción más, que tenía los ojos cortos y por eso la nitidez habitualmente confundida y forzada hasta una profundidad que no es, o que al menos no tendría por qué ser, se empañaba. Por curiosidad tal vez se adelantó desde otro plano al que pertenecía y dominaba, otra capa de la que era dueña, o se estaba escondiendo un poco, la asusté, la aburrí y se metió hasta atrás de la niña de sus ojos. Así que hube de rastrearla; no estaba en sus superficies como nunca nadie que valga la pena sino hasta el momento de la entrega; pero se hace necesario juntar esas dos instancias, develar el teatro. Se dejaba, serían las drogas o simplemente se compartía por gusto, por la lánguida pereza. Intenté no aprovecharme de las contingencias (recurso poco digno) que para el caso eran un paquete de idioteces intrascendentes: su lugar de origen, el mío ya tan gastado y que me asquea, dónde o cuándo la había (nos habíamos) visto antes; sin embargo caí sin alternativa, fui el idiota de la sarta de obviedades que ni al caso. Era eso o el silencio; teóricamente no debería haber duda al respecto pero llegada la hora sólo es opción para los valientes que no era entonces ni soy. También sé que, a mi favor, lo dicho no tiene la menor importancia sino el modo de decir lo que sea o de no decir nada, de contonear el pavo, de mover las plumas; finalmente ellas jamás escuchan: ven, y Eva lo hacía con sus ojos cortos, con sus dientes, todos, con su vientre hermoso descubierto muy quitada de la pena para limpiar sus gafas con la blusa verde-insolente mientras yo flaqueaba. Y reía estúpido, la veía y me reía de puro feliz por no más verla y oírla un momento que del mismo modo expiraba. Entonces intentar absorber, oler y hasta ahí, porque tocar no; no se puede: a la mujer no hay que tocarla, no a la primera, esa es su instancia, de ellas es el espacio, la tierra y el cielo. Fin del primer tercio. Eufórico, falto de práctica, exceso de entusiasmo, malditas drogas. Fui por las banderillas corriendo el riesgo de no volvérmela a encontrar en los medios, de que hubiera sido picada en exceso. Me había formado la idea de haber puesto demasiada cercanía, de haberme vuelto viscoso; quise darle aire y tomar un poco. Capoteé aquí y allá porque es sabido que si te rodeas de moscas aparecerán las avispas. El lugar común reza: ni todo el amor ni todo el dinero. Ni tampoco hay que poner todos los huevos en la misma canasta, no sea cosa que aparezca un rompehuevos (porque nunca falta un rompehuevos). Entonces hay que tener huevos para unas cosas y para otras cosas, también, hay que tener huevos. Había ido hasta ahí, ascendido, traía el humor correcto, siempre mejorable (no poca cosa para mi caso), luchando por no entregarme a los pensamientos de siempre, las filosofías resentidas y escapistas. No tenía ninguna necesidad ni excusa a pesar de lo dicho y hecho hacía unos minutos. Volví a cruzármela y enderecé algo con un comentario menos apendejado, certero, un buen par bien colocado en la grupa y lo dejé todo a los vientos de aquel decimocuarto piso. Entre el respetable: Tania, estaba procurando ser atendida y olvidando (eso espero, aunque también sé que ellas pueden perdonar pero jamás olvidan) que no recordé haberla conocido hacía treinta días exactamente y María José, quien seguía encogiendo sus hombros y siendo la misma ex de siempre, vocacional de la quiebra y el resquebrajo. Bajé solo, decidido y me fui; no volveré a quedarme hasta el final de nada, no volveré a comer de las achuras de otra autopsia. Ya estuve en suficientes entierros. Lo que será, llegado su momento ahí estaría. Lo que fue seguirá allí o se habría ido. No ser capaz de plantear, desarrollar, seguir y defender una teoría (moral) o conducta es un evidente signo de falta de autoestima. Yo no debería pintar. Yo no debería. Yo no. No. Al final la ruptura, el renuncio, el temor por lo viejo conocido, el engarce con otra idea, con otro aire.
Nunca volteé. Tiempo después, bastante y suficiente, saqué cuentas que no volteé. No tiene la menor importancia salvo como acto burocrático, como síntoma de curación, de cauterización, cierto humor a madurez, a constancia de la historia posible dejando los otros ojos, los tristes y esa cabeza inclinada hacia un lado (tan Boticelli, tan Adobe girl), quitándose como presencia fantasmal de la espalda para volverse abstracta y borrosa donde ahora, resignada y finalmente, como animales de tiro, ya no optamos por dirigir la mirada sino hacia donde simple y llanamente vamos. Caminar la noche con el respirar apretado por el alcohol. La doble presencia, siendo aquel ocupante del mismo lugar que uno, desplegándose para mirar con fijeza a los rostros y las cosas, una, la otra para ir observándome despierto y despiadado a todo. La necesidad necia por el andar recto y la sordera abriéndose poco a poco al aire fresco madrugado tarde por la noche a pleno. Éste o aquél camino, tampoco importa y como nunca me pasa nada, qué más da.
- no tendrá una monedita que me regale?
- si, traigo, pero yo también la necesito.
Llegando estaba la turca, ya fea y tiesa, perdido el falso tono adolescente y atontada en un sentido más próximo a la lejanía que a la ausencia. Durante algún tiempo creí y sostuve que la cocaína afea con particular saña a las mujeres. Cierto; y parte además de una tristeza contraída sin nada en común al esnifar y a la insolencia. Perder los tacones, descender para destartalar todo el andamiaje, la pose, los rubores, los detalles, lo sutil, el tiempo invertido para recordar y jugar al juego a ser lo que se ha llegado, el cariño. No entiendo, quedo por fuera, prefiero quedarme afuera, descastado. Supongo que esto también pasará: porque hasta el amor también se acaba. La turca ya no se entregaba a lo que por momentos parecía el único sentido de su vida: su presunción (todos lo sabíamos), su lasitud de niña pueblerina trasplantada, tan incrédula cuanto pagada de si misma y en aquel estado no había más petulancia que el silencio, vacío de explicaciones por el desaliño que no adivino, sino sé, voluntario.

¿Los espejos?
Narciso pudo no haber estado enamorado de sí mismo (autoenamorado).
- Quisiera poder ver al que me habita!
¿En qué semejanza puedo reconocerlo?
- ¡Soy el hombre de la máscara de hierro!
(¿Mi gemelo será Di Caprio?)

Aquella noche yo la traía con los ojos. La turca por lo habitual tenía una espiral celeste en cada uno. Dónde ella empezaba no lo sé, dónde acababa no estaba en mi ruta. De hecho nunca me lo pregunté con seriedad ni mucho menos insistencia, sólo ahora, con una vez basta al morbo; menos aún en ese momento en que todas las superficies parecían pestañear reapareciendo donde antes no estaban sin poder asumir una posición o textura legible. Ahora los traía amarillos y rojos, guijarros saltones sobre la cara blanca sebosa moteada de un poco de acné y otro mucho de berrinches. Los cabellos opacos, erizados, desobedientes, pretendidamente estirados hacia atrás. Creí ver a la turca en el espejito que tenía delante, como en la acera, con la bolsa de plástico negra, esperando al camión que anuncia la campana y la cruda. Con un antebrazo quebrado hacia abajo en la muñeca juntaba las rodillas aumentando el calor y el sudor pegajoso de su entrepierna, curva la espalda vencida desde la aparición prematura de sus pechos grandes sin sostén y su otra mano mecánicamente repasando desde la sien hacia atrás el borde superior de la misma oreja con la que parecía pretender oír algo justo donde no quitaba la mirada a pesar de girar la cabeza para que su mano únicamente repitiera el movimiento del peinado sin despegar el codo encajado en su muslo como el cariño maternal lleno de amargura por una idea fija, o los ojos en la navidad o como yo lo entiendo: popote de la derrota, blanco, celeste en espiral, amarillo y rojo, sobre el reflejo comedido en responder u opinar sin que medie demanda. Sabía que podía dejarla así, sola, durante al menos una hora más sumergida en sus sentencias atragantadas. Se levantaría para ir al baño, la cara húmeda, tirante y pálida sobre los tacones blancos sucios, raspados y mal puestos, por fuera los talones áridos, rojos de cansancio, una vez jalados desde uno y otro lado hacia arriba unos jeans que no crecieron a la par de las caderas anchas, como último intento de coquetería automática de niña sobreviviente en ella todavía y que bebería agua de una copa con huellas dactilares y sonido a vidrio barato al tintineo de la bijouterie anillada en la misma mano con la que parecía estar haciendo un surco o pasando el carrete de una máquina de escribir repiqueteante en su cabeza al siguiente renglón también en blanco, que no vacío. Si no me quedé allá arriba, en el decimocuarto, con la primera, ni pedo como estaba lo haría en esa sala de techo demasiado alto y paredes pálidas de sombra y de viejas. Pero llegó el taxi y se llevó a la turca dejando al descubierto a Ignacio que había asistido como enfermero fiel a esa noche de argamasas.

Cuando Cortés llegó, aquí había una gran cantidad de tribus (naciones, pueblos o culturas sería más adecuado, tal vez, pero tratándose de amerindios “tribu” viene mejor al cuento) Todas más o menos peleadas con todas. Hay quienes no gusten recordar que entre tantas atrocidades, la conquista ofició de aglutinante a fuerza, entre gentes odiantes y odiadas. Ni el pavor a los caballos, las lanzas que escupían fuego, las pestes ni la inquisición, ni nada de cuanto opere como factor exógeno pudo tanto, y puede, como los odios intestinos. La maldición de la Malinche, el complejo de inferioridad, si, si: mamadas.
-Yo no soy lo que tú y tu (no sé qué) porque yo…” y así y así…
- Así no creo que funcione la cosa, mi Nach( ).
No nos ensañemos con aquellos tlaxcaltecas, ni siquiera con ésta clase media.
(¿Si tanto le disgusta, por qué no se larga?- ya se deja oír)
Eso ya lo hice una vez y quizá lo vuelva a hacer, pero mientras tanto no se me viene dando la regalada gana y no encuentro razón alguna para que nadie me lo pida ni mucho menos pretenda exigírmelo arguyendo el “ser” por encima del “estar” en función de contingencias, de tiempo o de espacio. Es decir: soy chipriota porque mi madre me parió en Chipre. Si, O.K., pero, ¿y el amor? ¿cómo explicar el amor a la tierra y a la gente que la habita por el sólo hecho de haber sido parto en una y entre las otras? ¿No resulta, acaso, más fuerte, más real, más verdadero, aquello nacido (parido) en la decisión por elección? ¿Hemos de seguir creyendo en los atributos de la sangre? Pues si ha de ser así, déjenme decir que no nos viene conviniendo. Y que tales creeres nunca fueron bien paridos.

Con Nacho y ya sin la turca, tras abrir y cerrar la puerta y la despedida aséptica apareció también otro sonido, otro olor, otra temperatura y luz. Empujamos con vodka nuestra discreción y paciencia puestas a prueba y triunfantes, como se recibe al día. Oí sin oír más reclamos patrióticos o étnicos (me da igual) de absurdos, ridículos como la propia idea seguidos de algún análisis sociológico inadmisible con mis ojos entreabiertos y la lengua hinchándoseme entre el paladar y la garganta. Qué hacen los demás con el descarte, con lo que sobra, con el desperdicio, la basura, la mierda, sólo puede ser una preocupación gay. Y gay “hombre”, no lésbico. Después del placer está el olor a mierda o la gran posibilidad de por lo menos el olor. A todos nos agrada el olor de nuestras heces, pero sólo el de las nuestras, ni siquiera el de las del ser amado aunque fuese nuestro hijo. No me extraña que sea justo en éstas épocas que el problema de la basura se haya vuelto uno de los primeros de la agenda, pero hay que leer mejor. La estética y por tanto la ética de hoy es gay. Ni crítica ni queja: constatación: de la mierda. Lo que sea de cada quien. Ni yo ni nadie recogió esa porquería; ni siquiera Nacho que la arrastraba reclamando un estilo que sin algo de verdadera o correcta educación no es sino quimera. A cambio me acomodé en recordar que una o dos horas antes Paula había atinado con su estilo simple en una o dos frases ahora ya perdidas, un cumplido que me aligeraba y absolvía de soledades que yo no terminaba de entender ajenas por insistir en apropiarme de otras vidas sustitutas de la mía. Me definió de manera tan sencilla que tuve que abrazarlas, amalgamándonos. Las adopté, y es que no termino de aprender otra forma que no sea paternal. Vi su cara grande con ojos de muñeca rusa y su cabello hosco pelear y ganar el borde del barandal contra el que nos habíamos atrincherado para ser cariñosos como había olvidado que se podía. Volví a oírla decir su propio borde, martillar y empujar algo parecido al coraje, desdecir sus pensamientos recién nacidos, enfocarlos, llevar hacia adelante y hacia atrás el mentón, fruncir el ceño o abrir muy redondos los ojos chicos como botones, deteniendo palabras demasiado aguerridas a media boca. Queriendo finalmente, no darse cuenta, no enterarse de una posible reacción agria que pudiera recordarle que no era ella la única en una mente que acicateaba, a la que exigía, en ese momento del viento oreando el tendedero de mis pensamientos, como una débil ráfaga de aire apenado pasó sus ojos por los míos.
-Dice María José (que) si no la vas a saludar…
Seguí esa trayectoria, recogí su mirada alzándola y la ablandé.
-¿Sigues siendo su asistente “en la vida”, como lo fue Nach( )?
-…
-O.K., no te enojes-. Y acordándome de algún antihéroe newyorkino imposté:
-Pero cuando nos esté viendo, has que me trague esas palabras con un beso-.
-Aash! ¡Hijo de la chingada!
-La chingada puede esperar, no comas ansias, ahora sólo dame un beso.

La ducha sobre el alcohol ruso me recordó un compromiso de otro planeta al que sólo en el estado en que estaba hubiera podido asistir aprovechando (ahora sí) mi falta de equipaje y ese espíritu sexual que según la medida y el ritmo a veces libera la embriaguez. Bebí las aguas calientes, verdes y amargas que despiertan y predisponen desde el fondo de la boca, me disfracé como a veces también gusto, volví a oler el fresco y cargué con un suspiro liberado de expectativas atravesando el parque una vez más pero en dirección contraria.

No hay comentarios:

Publicar un comentario